White God (Kornél Mundruczo)

White God

Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre, pero ¿es esa relación recíproca? ¿Es el hombre el mejor amigo del perro? ¿O acaso es otra de las múltiples relaciones de dominio que el ser humano mantiene con la naturaleza? En White God, Kornél Mundruczo es una de las muchas preguntas que intenta plantear. Lili tiene 13 años y va a pasar unos días a casa de su padre, acompañada, eso sí, de su fiel amigo y protector Hagen, un perro sin raza, de los que en Hungría hay que pagar para poder tener en casa. Ante la negativa del padre y la presión de la administración, Hagen acaba abandonado en la calle. Es entonces cuando conocemos al verdadero protagonista de la película, un ser peludo que olisquea todo y camina a cuatro patas. Pero lo que empieza como un cuento de hadas, desemboca en una historia macabra y bizarra. White God puede recordar en su inicio a esos cuentos infantiles con un toque de crueldad, o a esas películas “Disney style” muy noventeras, como De vuelta a casa, un viaje increíble (Duwayne Dunham, 1993), en la que las desgracias de tres simpáticas mascotas se convertían en el hilo conductor. Aquí pasa algo parecido, pero totalmente diferente.

White God

En una ciudad desierta, casi inhabitada, una niña pedalea con unos zapatos poco apropiados para una bicicleta. El silencio reina en las calles, y únicamente la cadena de su bicicleta acompaña a la imagen. En medio de las calles, coches abiertos y abandonados, tiendas abiertas sin nadie que las vigile, periódicos y restos de papeles surcan el viento. Cuando Lili pasa el primer cruce, el miedo se apodera de ella. Al girar la vista, una jauría de perros cruza la esquina y comienza a perseguirla. Así es como Mundruczo nos introduce su última película, la merecida ganadora de la sección Un certain regard del Festival de Cannes 2014, una gran sorpresa para la mayoría, ya que Jauja, de Lisandro Alonso, se había postulado como la gran favorita. El húngaro juega al engaño, a meter un gol por la escuadra con un efecto parábola, o más bien de metáfora. A pesar de colocar a los perros en un plano principal, el objeto primero de estudio en White God sigue siendo el hombre, de ahí que su título no sea White Dog (como muchos confundían), y empieza su primer juego, un palíndromo de 3 letras que mezcla la realidad fáctica con la representativa, entrando en una de las mayores metáforas de la cinta. Hagen, visualmente, es el perro protagonista de White God, pero representa a cualquier minoría étnica, racial o de cualquier índole. Hay quien ve incluso una metáfora con la identidad misma del hombre, una identidad que abarca cualquier aspecto del mismo: el espiritual, el sexual, incluso a la identidad de género. Mundruczo juega también con un espejo en el que intenta reflejarnos, un reflejo crítico, de ahí que haga referencia a ese “Dios blanco”, al hombre auto-encumbrado en su creída superioridad de identidad y género. Es por ello que Hagen representa esa pequeña parte de la sociedad que estalla, que busca un cambio inmediato y un mejor estilo de vida, alejado de esas perreras (físicas y metafóricas) que a muchos les son impuestas.

White God

Pero el juego central que mantiene el húngaro es con el espectador, un juego prácticamente mental en el que es muy fácil entrar, pero muy difícil salir. La realidad es que una vez dentro, no querrás salir. White God es, por eso, la perfecta metáfora de la vida misma: todo pinta muy bonito hasta que la realidad nos da de frente, una realidad que sorprenderá a muchos. La revolución canina que protagoniza Hagen contagia esa sorpresa al espectador, sorpresa y revolución de las que participamos y nos alegramos. Ya se sabe que la venganza es un plato que se sirve frío, y tal como lo presenta Mundruczo a la mesa, se disfruta todavía más.

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