Walkabout (Nicolas Roeg)

En 1971, el cine australiano marcaría lo que para cualquier otra cinematografía podría haberse considerado, con mucho honor, como el fin de la Historia. En un solo año, puso en la Competición por la Palma de Oro de Cannes Despertar en el infierno, de Ted Kotcheff, y Walkabout, de Nicolas Roeg, dos obras mayúsculas de base literaria pero de ejecución puramente fílmica, que con toda justicia están viviendo actualmente un potente proceso de revalorización, y que ayudarían a mitificar el ya de por sí mitificado ‹Outback aussie›.

De la ciudad al campo, eso sí, en uno de los continentes donde hombre y naturaleza parecen más condenados a luchar a muerte. Si la novela original de James Vance Marshall trazaba una bella parábola sobre la convivencia de ambos bandos (llamémosles así), Nicolas Roeg ofrece una visión mucho más pesimista de dicho pacto, agravado éste por los conflictos históricamente mal resueltos (si se permite el eufemismo) entre la comunidad blanca y el pueblo aborigen. Cogiendo como punto de partida el viaje iniciático que este segundo colectivo usaba a modo de ancestral rito de entrada en la edad adulta, Walkabout encuentra su título y su razón de ser. Cuando nos hemos querido dar cuenta, se ha producido una ruptura traumática entre jóvenes y mayores, dejando a los primeros a solas ante un mundo potencialmente maravilloso, pero a primera vista aterradoramente hostil.

La película, téngase esto en cuenta, llega más de una década después de la publicación del material literario de base. A principios de los 70, en plena resaca después de los tsunamis de Woodstock y Charles Manson, el optimismo exultante de la —fallida— revolución hippie se ha convertido en una mezcla explosiva de cinismo y desencanto generalizado, un ambiente en el que Roeg (cineasta que en más de una ocasión declaró que solo creía en la sinceridad de la violencia y de la muerte) se sentía como pez en el agua. O para emplear la jerga al uso, como aborigen en el desierto australiano.

Con Walkabout, la promesa de Nicolas Roeg en Performance se convertiría en talento más que confirmado, preparándonos así para el que sería uno de los grandes hitos del cine de terror de los setenta: Amenaza en la sombra, perfecta evolución genérica de los principios éticos y estéticos tan bien plasmados en la cinta que ahora nos ocupa. Este director de nacionalidad británica, además, irónicamente sería uno de los encargados de definir de paso buena parte de la identidad del cine australiano de dicha década, uno de los mayores booms de creatividad focalizada de la era moderna.

Ahí donde la novela original de James Vance Marshall tira de la palabra descriptiva del narrador omnisciente, Roeg se apoya en una sensorialidad que solo puede proporcionar el séptimo arte. Sirva de ejemplo la portentosa apertura del film: lección magistral de cómo condensar temáticas y tonos (pongamos las tensiones irreconciliables entre la tradición y el avance monstruoso del progreso) sin usar una sola línea de diálogo. El plano general frontal de una pared montañosa empalma con un muro de ladrillos. Una voz en off nos pide que apostemos, y entonces un sobrecogedor travelling lateral nos descubre el entorno más salvaje de todos: una urbe habitada por una horda de seres totalmente subyugados por un orden artificial, y por ello aberrante. Ahí, un padre mira a sus dos hijos con una expresión peligrosamente cercana al asco. Éstos, le devuelven la mirada con instintiva desconfianza. «Hagan sus apuestas», sí.

Desde el primer fotograma, nos ahogamos bajo una cascada de imágenes y sonidos brillantemente conjurados y conjugados. De repente, el lugar donde se baña Jenny Agutter parece estar lleno de una sustancia mucho más densa que el agua, los reflejos del sol nos ciegan por doquier y los fenómenos de la naturaleza caen rendidos al dominio de Roeg, cuya mirada sobre el mundo que nos rodea contagia una fascinación siempre a medio camino entre la admiración y el desencanto más profundo. Una obra de una belleza todavía a día de hoy impresionante, que para nada nos impide apreciar la amargura vertida hacia un mundo en plena pérdida de su condición de “civilizado”.

Escrito por Víctor Esquirol

@VctorEsquirol

(El Séptimo Arte)

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