Una historia de venganza (Elliott Lester)

Responsabilidad: culpa y duelo. De la crónica negra acerca de un (fatídico) accidente surgen los mimbres del nuevo trabajo de Elliott Lester, que si con Blitz mostraba un particular interés al indagar en la moral de sus personajes, en su nuevo trabajo, Una historia de venganza (pírrica traducción del título original, Aftermath —o Secuelas, que sería su traducción literal—), incurre de nuevo en esa faceta que quizá queda desplazada para la ocasión por los cimientos de uno de esos dramas interesados en un tejido que bordea lo psicológico —llegando a la degradación física a través de la descomposición anímica—, pero que modela sus posibilidades mediante una aproximación cuyo foco está puesto sobre una integridad que parece traspasar la pantalla. Pudiendo colindar un territorio más genérico —tanto por ese componente psicológico como por ciertos apuntes del mismo relato—, Lester escoge así un camino más complejo, intrincado, a través del cual no sólo abordar con un cierto respeto —que no reparo— un tema de lo más espinoso, también desarrollar ciertas capacidades implícitas en una crónica que ya de por sí otorga los alicientes necesarios como para no tener que recurrir a sendas adyacentes.

Lester, elabora en ese sentido un ejercicio que se siente sólido y tenaz: desde su doble perspectiva maneja el «impasse» dramático a la par que logra con el proceso narrativo establecido una cinta equilibrada a través del pulso mostrado por el cineasta británico y, especialmente, por la mesura de dos inerpretaciones que entienden a la perfección el texto en el que desea moverse el film —en especial, la de un Scoot McNairy que demuestra seguir siendo un actor a (re)descubrir—. No obstante, quizá en esa firmeza con la que Aftermath es desarrollada encuentra Lester un arma de doble filo: por un lado, alejándose de aquello que pudiera haber resultado más convencional —y a lo que se ciñe finalmente, aunque explorando con coherencia algunas de las conclusiones expuestas—, pero por el otro acudiendo a un terreno en el que, si bien no se siente incómodo en ningún momento, demuestra carecer de soluciones para llevar al espectador exactamente donde requerirían los atributos del drama en sí.

Absorbido por ese final donde ejecuta una vez más sus deducciones, Lester quizá olvida que el género abordado hasta entonces requiere un nervio mayor, y que más allá de las vicisitudes de su discurso —la condena impuesta por la sociedad, tanto a través de los medios como del propio individuo, el feroz corporativismo que termina señalando al sujeto en lugar de al propio organismo, la búsqueda de expiación como solución (o no) final…—, se encuentra en una parcela donde el componente emocional requiere un esfuerzo que el autor de Blitz termina por no realizar, apoyando así sus luces en un sombrío espacio que no dan lugar a redención alguna.

Con ello, Aftermath termina resolviéndose como una película capaz de transformar en cierto modo esa crónica —y aquello que, en consecuencia, pudiera no encontrar vínculo en alguien ajeno, como sucede con alguna que otra secuencia que Lester tiene el arrojo de filmar— en algo palpable, y de desarrollar en torno a ella un alegato de sobras potente —aunque pierda fuerza en sus minutos finales— como para prestarle un mínimo de atención y no ignorar un título que al fin y al cabo, con un tono que termina degradándose del mismo modo que sus personajes, y ciertas pretensiones un tanto fallidas, establece temas suficientemente notorios como para otorgarle, al menos, el beneficio de la duda.

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