Touch Me Not – No me toques (Adina Pintilie)

Palpar con la mirada

Nada mejor que empezar con una buena declaración de intenciones. Por esa misma razón, Touch Me Not, el primer largometraje de la rumana Adina Pintilie, se abre a tumba abierta: el de un ‹travelling› en primerísimo primer plano que recorre la epidermis, los genitales (masculinos) y, sobre todo, las manos de alguien de quien se nos niega el rostro. Que el movimiento de la cámara se detenga en las manos no es casual. Y menos aún que el siguiente plano (fijo) sea el de una cámara que casi violenta al espectador interpelándolo de forma directa. Todo el eje discursivo del film de Adina Pintilie, la misma que se descubre tras (y ante) esa cámara que filma, parece encontrarse concentrado en estas primeras imágenes con las que abre su ópera prima. En ellas parece haber un intento de atentar contra la intimidad: la de un cuerpo desnudo que casi se convierte en un paisaje abstracto que se mueve, respira y, a veces, parece mutar de forma orgánica en otros cuerpos. En realidad, Touch Me Not, va precisamente sobre eso, sobre penetrar en la intimidad para violentar una mirada (la nuestra como espectadores) acomodada en ciertos clichés y tópicos acerca del deseo, el cuerpo y las relaciones afectivas de la carne, torpedeando la línea de flotación sobre cierto pensamiento preconcebido.

Esas primeras imágenes con las que abre la película son, en realidad, un anhelo. Se trata de la materialización fílmica del deseo de una persona que desea un cuerpo, valga la redundancia. Pero ese deseo permanece recluido en los ojos y la mirada. Para Laura (Laura Benson) y Tomas (Tómas Lemarquis), los personajes que nos guían a través de este ejercicio sobre los más íntimos rincones del alma humana, las manos son un muro erigido como una última frontera todavía inexplorada. Las manos con las que finaliza ese ‹travelling› inicial son, por lo tanto, la limitación de un deseo físico nunca materializado, cuyo proceso sináptico entre cerebro, ojos y manos es interrumpido en algún punto de ese último viaje. Touch Me Not, desde su propia génesis ejemplificada en el propio título del film, propone la invasión del espacio íntimo para provocar la airada reacción del otro, no solo para reestablecer las conexiones cerebro-ojo-mano de los personajes principales (y, con ello, la aceptación del deseo sobre el cuerpo), sino también para sacudir, constantemente, la zona de confort del propio espectador con el fin de reedificar ciertos tótems de pensamiento. Laura y Tomas son almas y cuerpos profundamente reprimidos. Para Tomas, penetrar la intimidad y tocar el rostro del otro con las propias manos es, inicialmente, un acto profundamente incómodo mientras que, para Laura, su cuerpo es violentado cada vez que unas manos ajenas se posan sobre él. Y, ante el contacto, siempre hay una reacción física. Quizás por eso mismo, la película de Pintilie, casi parece funcionar como una terapia de choque en la que la cámara siempre permanece en el ojo del huracán.

En cierto sentido, la mirada de Laura y Tomas, a medio camino entre el anhelo y la represión, es también la mirada del cine. Porque el cine, de algún modo, al igual que el personaje de Laura o Tomas, puede proponer infinidad de miradas, pero no traspasar la frontera de lo físico. Sin embargo, no por ello el cine carece de estrategias con la que sortear estas limitaciones pues el ojo, la mirada y, en definitiva, el cine, son también formas con las que llegar a desarbolar y alcanzar lo íntimo mediante otro tipo de mecanismos basados en el propio lenguaje cinematográfico. En un momento de la película, mientras Laura observa desde un cristal (el cristal y el espejo como desdoblamiento de ese otro yo que permanece oculto), un grupo de discapacitados físicos que participan en una terapia grupal son animados a cerrar los ojos y palpar con las manos el rostro de aquel que tienen delante. Los dedos de las manos como pequeños ojos que escudriñan y penetran en cada pequeño rincón del rostro del otro, tal y como sugiere el profesor de ese grupo de cuerpos retorcidos e imperfectos a los que la sociedad a relegado a un tercer plano y que, sin embargo, son capaces de experimentar su intimidad y dar rienda suelta al deseo de una forma totalmente liberadora. Se trata, precisamente del camino inverso desde el que parten tanto Laura como Tomas y, a su vez, el destino último que poder alcanzar.

Aunque encorsetada en ocasiones por el propio dispositivo de puesta en escena y por la gravedad de su tono, la interesante e irregular propuesta de Adina Pintilie plantea este viaje hacia la liberación del cuerpo al deseo y a la experimentación de lo íntimo, despojado de tabúes, confrontando lo real con la ficción a través de un casting de actores profesionales con otros que no lo son. Se trata, por lo tanto, del enésimo desafío a nuestra mirada mientras la música se abre a paso a través de la imagen, al mismo tiempo que los muros interiores de los personajes se desmoronan. Por ello, pese a todo, el destino final no es más que algo tan coherente con lo expuesto que un cuerpo desnudo y desatado, imperfectamente bello y frágil, bailando en el centro del plano. Sin duda alguna, otra buena declaración de intenciones.