The Guest (Adam Wingard)

The Guest

Abrimos con dos botas militares corriendo en medio de la nada. Concreción espacial, concepto, definición. Desnudez que sirve para crear un Omniverse contextual. Ritmo, personalidad y misterio quedan deplegados encima del tablero. A partir de aquí solo se necesita una cosa: un zoom directo a la cara de Dan Stevens. A una sonrisa encantadora, y una sombra de peligrosidad en los ojos. Un plano y ya estamos Haunted.

Adam Wingard dirige un artefacto que se sustenta en el artificio, en la luminiscencia de lo fluorescente, en la cinta de colores para el pelo y el «synth» bailablemente machacón. Y todo para crear un Kansas City shuffle colectivo donde nos hacen mirar hacia un lado para no darnos cuenta de lo que paso. Como el viejo truco de The Magician de feria. Nada que ver pues con las sobreexplicaciones egotrípicas de un Nolan de la vida. No, esto es más un juego de ligones en la Hourglass de un bar de carretera.

La intención sin duda de esta Masquerade es la de crear un producto donde la empatía sea el gancho de captura para el espectador. Una proyección constante hacia el futuro, una demanda del what’s next que te impulse a seguir mirando. Sí, esto es una película de género, una «slow action movie», pero que en el fondo sigue recuperando temas del máximo interés para Wingard.

The Guest

Porque The Guest, despojado de los tiros, de las muertes, es una vez más una muestra de preocupación “wingardiana” por el intrusismo. Por como las estructuras aparantemente sólidas pueden ser demolidas, conmocionadas por la irrupción de lo inesperado, lo terrorífico con aire de ingenua familiriadad. Si en Tú eres el siguiente estábamos ante una Vengeance metacinematográfica orquestada desde el interior aquí se opera en sentido contrario; el invasor se perfila como protector, dispuesto a ejecutar cualquier Sacrifice en virtud de su misión.

¿The Guest como parábola mesiánica? No exactamente. Más bién una rendición ante un cierto tipo de cine que Wingard admira y que mezcla en una coctelera multireferencial no desprovista de cierto subtexto, aunque igual sería mejor hablar de pie de página, político social. En el fondo esta es una película no desprovista de un aura de romanticismo cautivador, capaz de soltar sin sonrojarse cañonazos de humo en entornos de cartón piedra solo para subrayar lo que es obvio. Anthonio suena y caen ríos de sangre. Antitésis que funciona como los trazos que Wingard dibuja a base de alternar brochazo y pincelada. Es el carisma, baby. Es la “molonidad”. Es la prédica en el desierto del Sahara que anuncia la buena nueva. La llegada del cine de autor que no lo es, de un post post-postmodernismo tan estilizado e irónico que a veces bordea la parodia de lo clásico. Lo instantáneo y lo permanente. La seducción en bucle.

Anexo

The Guest

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