The Fake (Yeon Sang-ho)

En 2010 se nos descubrió de forma casi inesperada con uno de esos debuts que valen su peso en oro, una The King Of Pigs en la que Yeon Sang-ho ya mostraba un cine de fuerte personalidad que encontraba en la animación el parapeto idóneo para dejar por el camino reflexiones verdaderamente interesantes y que, sobre todo, situándose en un terreno no precisamente novedoso para el espectador (el del «bullying»), se desmarcaba de los ejercicios habituales en torno a una temática que siempre ha sido acogida desde una vertiente más social cuando el doble filo que posee otorga el espacio necesario para arrojar más conclusiones, como hizo Yeon Sang-ho.

Con The Fake el cineasta coreano sigue el camino trazado por su ópera prima en ese sentido, y es que el tema central, la superficie de una cuestión que tanto ha dado que hablar como el fanatismo religioso, sirve de base para establecer varias vías alrededor de una materia que Yeon Sang-ho no simplifica en ningún momento. Basta, por ejemplo, con contemplar su galería de personajes para entender que a través de ellos está reflejando distintas perspectivas en torno a esa devoción que retrata, sin recurrir a lo obvio, con un temple que pocos llegarían a atisbar ante temáticas tan polémicas o complejas como la que nos ocupa.

A través de los ojos de esos personajes es como nos introduce precisamente The Fake en el epicentro de un relato oscuro, prácticamente negro, sabiendo cargar en ellos el peso de una historia que sabe como extenderse más allá de esos caracteres e, incluso, como realizar una mixtura genérica que funciona realmente bien. En sus primeros minutos, Sang-ho nos emplaza en uno de los templos de Dios en el que no pocos feligreses se dan cita para obedecer a una fe ciega, y poco más necesita para introducir a un joven pastor cuyo convencimiento le ha llevado a erguirse como un símbolo en ese pequeño santuario y al líder del mismo, un presuntuoso tipo con más aspecto de empresario que otra cosa pero con la seguridad necesaria como para conducir a ese pastor hacia donde desea. Acto seguido, un padre irascible y grosero regresará a su hogar para ser el desencadenante de la acción y transformar una simple noche de copas en un bar en una cruzada interminable contra su agresor en el baño de ese local.

Más allá de la figura de ese padre, que solo da un giro en los últimos compases del film, Sang-ho sabe manejar a la perfección lo roles de sus protagonistas para dejar lo que parecía predeterminado —principalmente, la conducta del pastor y su visión sobre esa fe y el “cargo” que ostenta— en nada, buscando nuevas aristas que constituyan una visión mucho más amplia en la que, aunque se intente eximir al personaje a través de un flashback, no hay precisamente medias tintas, algo que termina corroborando la escena en que los policías buscan a su jefe y líder del templo que regenta. El indicativo último de ese cambio será la visión del pastor postrado en el suelo como si de un feligrés más se tratara, como invocando una fe que en realidad no ha perdido pero ha terminado viendo como se le escapaba de las manos.

Mientras el coreano redefine o aporta nuevas pinceladas a algunos de esos personajes centrales, sabe seguir modelando el film con algunos secundarios —la mujer de uno de los amigos de ese padre, el discapacitado mental y su abuela…— que añaden, si cabe, más vertientes a una obra donde, además, los juegos genéricos que traza el director apuestan por un tercer acto que, como si de un «tour de force» se tratase, recurre al thriller para rematar uno de esos títulos que sabe doblar cada esquina añadiendo nuevos matices y logrando que los giros de guión no terminen siendo innecesarios o fruto de un mero capricho.

Si algo hubiese que achacar a esta The Fake, y aunque la animación de Sang-ho ha demostrado alcanzar un plus de refinamiento que quizá no tenía The King of Pigs, sería el hecho de servirse de situaciones tan extremas como las que en ocasiones plantea, pero en realidad ello no es más que una línea continuista en el estilo del director, que alude de nuevo a esa violencia —incluso descarnada— para presentar universos en los que precisamente ese factor termina llevando a sus protagonistas a circunstancias insospechadas que en el fondo no hacen más que reafirmar una idea que bien podría devenir en un cine muy a tener en cuenta los próximos años.

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