The Children of the Dead (Kelly Copper, Pavol Liska)

Die Kinder der Toten, tal y como reza su título original, es una de las propuestas de género más singulares de las últimas temporadas. Dirigen la pareja de cineastas Kelly Copper y Pavol Liska, en una ópera prima que basada en la novela Children of the Dead de la austriaca Elfriede Jelinek (de cuya obra literaria, también conoció adaptación en La Pianista de Michael Haneke) y tiene tras de sí un interesante recorrido por festivales. Acerca de su referente literario, y que ya da a conocer las curiosas excentricidades de la naturalidad de la película, hay una anécdota interesante: Copper y Liska utilizaron para su filmación 666 rollos de película en Súper 8, mismo número de páginas que componen la novela. Una historia de muertos vivientes en clave de comedia que se separa de los habituales caminos del subgénero naciendo como una propuesta que recupera las aristas del expresionismo alemán, del que extrae su condición de película muda, el poderío de la imagen en un contexto abstracto, recuperando unos fundamentos para el terror perdidos en los lejanos tiempos de principios del Siglo XX. Aún así, Die Kinder der Toten ejecuta en base a esto no sólo una divertida historia de inmersión en la Austria rural, sino que en sus formas se adhieren, en consonancia a un tono naif, premeditado y articulado, una especie de filtro personal a su atrevida disposición narrativa; si bien, recuperando clásicos de tiempos pretéritos que rápidamente se nos vendrán a la cabeza, la película carece de diálogo, su reconfiguración de estilo incorpora una serie de efectos de sonido que añaden aún más estilo a su poder la imagen basado en granuloso Súper 8, objetivo que pelea en conjunto con su banda sonora y una serie de subtítulos explicativos perfectamente autoconscientes con la naturaleza del producto.

La temática que aborda el film es una exploración hilarante a través de un pequeño grupo de personajes ubicados en esa Austria rural desconocida, con inmersión algunos de sus lugares cotidianos (sus primeros minutos, en un bar, punto de encuentro del “distinguido” grupo de habitantes ya es determinante para ello), para que poco después una pequeña reunión de pueblerinos sufran un fatal accidente de tráfico con las más siniestras consecuencias para uno de los personajes. Es a partir de aquí donde el film revienta su epicentro tonal: una celebración de la muerte en una escena donde hasta veremos a los bomberos bailar con sus mangueras, para luego observar como los muertos salen de sus tumbas, dando pie de paso a una subtrama con nazis dementes y a la mirada hacia al pasado con los recovecos más oscuros de un reverso profundo socio-político de Austria. Si bien pudiera ser la principal peculiaridad que convierte la obra en una difícil puerta de entrada para las audiencias más despistadas, la hilaridad que nos acompaña en este viaje pasa a ser un motor narrativo que además de hacernos recordar las texturas de uno de los campos de origen del terror, convierten al film en una propuesta descerebrada que de un plumazo se expande; lo hace con algunas interesantes coyunturas, como esa descontextualización del cine de zombies que se aleja de ciertos compromiso de género para recuperar y satirizar sobre el pretérito poso de un pasado fascista en algunas de las regiones más recónditas de la Austria rural. La estructura habitual de una película de zombies al servicio del disparate, la comedia surrealista y mucha mala baba, que plantea una abstracta y paródica reconfiguración del subgénero; habrá un apocalipsis zombie, como bien sería de esperar, utilizado como énfasis de su lectura hacia el pasado un preocupante poso de realidad contemporánea.

Die Kinder der Toten no es una película para el gran público debido a las características narrativas de las que hace gala (con todas las consecuencias), su ritmo extenuado, sin olvidar la ya a priori difícil aceptación que pudiera suscitar una obra tan punk, que no quita que en sus pretensiones se convierta en uno de los productos más descarados que se han acercado al cine de género en los últimos años. Formas atrevidas y un fondo de exploración histórica que se conjugan con soltura y una mordacidad sin contemplaciones, donde se puede recibir la honestidad artística de su dupla de creadores, a los que desde luego habrá que seguir la pista.

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