Street Trash (J. Michael Muro)

Sucia, violenta, puñetera, vitriólica, excesiva, ácida, procaz, delirante y un largo etcétera de adjetivos similares podríamos adjudicarle a esta pieza desmañada pero poderosa de cine genuinamente ‹trash› (¡cómo no!), cortesía del ignoto J. Michael Muro, hoy operador de cámara en infinidad de producciones hollywoodienses. Lo cual resulta curioso y podría tener una triste lectura: la libertad incómoda y feroz de su debut sólo puede existir como nota a pie de página, como residuo insular y accidental en los márgenes de una industria dominada por el cálculo, la complacencia y el pensamiento único. Si quieres subsistir, pásate al lado oscuro que representa el Hollywood más adocenado, aunque sea en funciones de recadero o mero artesano. Street Trash (1987), por otra parte, sólo podía ser fruto de los ochenta, con su sana tendencia a remedar el incorrectísimo cine de género de la década previa —Supervixens (1975), I drink your blood (1970), I spit on your grave (1978), Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976), La carrera de la muerte del año 2000 (1975)) y llevarlo a terrenos de similar incorrección política y mayor ironía y bastedad formal (Brain Damage (1988), Curso 1984 (1982) o la salvaje The Exterminator (1980)—. O sea, una ocurrencia demencial que describía un cierto estado de las cosas en el cine de aquellos años, al menos en su vertiente más independiente, barata y alternativa.

Su existencia se debe, entre otras cosas, a la imaginación de un tal Roy Frumkes, que resulta ser aquel zombie que recibía un tartazo en la genial Dawn of the dead (1978). De un tipo así uno puede esperar cualquier cosa, por ejemplo esta historia de bandas de pordioseros armando jaleo en los barrios más marginales de Nueva York. Su guión propone una narrativa anárquica e imprevisible que amplifica el espíritu punk de la propuesta, mientras jalona el relato de apuntes satíricos malvados y de una infinidad de detalles absurdos y crueles francamente deliciosos. Por ejemplo, aquel momento maravilloso en el que la mirada de la cabeza recién cercenada de uno de los personajes, en su último instante de vida, se detiene en la entrepierna de una joven que salta justo por encima, brindándole una bonita imagen que llevarse a la tumba. Hay más, claro: la primera huida del mendigo barbudo, la necrofilia del obeso mórbido, la escena de la polla voladora (un poco pasada de rosca, la verdad), las charlas del botones y el mafioso italiano, incluso la violación colectiva de la joven en el vertedero que podría remitirnos vagamente al Buñuel de Viridiana (1961).

A este sentimiento de incomodidad y extrañeza se le une otro elemento clave en el desarrollo argumental de la película, y que bien pudiera hermanar al film de Muro con la magnífica y desencantada Repo Man (1984): esa bebida alcohólica de corrosivos resultados que va pasando de mano en mano durante todo el metraje, creando momentos de suspense netamente hitchcockianos en un contexto de pura y dura serie B zarrapastrosa. Dicho raro e inexplicado apunte de ci-fi absurda añade capas de interés a un conjunto empeñado saludablemente en incordiar al personal, especialmente gracias a unos “dalinianos” efectos especiales (cortesía de Jennifer Aspinall) capaces de levantar un gore multicolor que contrasta con la roña física y moral que define a los personajes que por allí pululan. En fin, la juerga padre.

Evidentemente, no es la película más distinguida que uno pueda echarse a la cara: hay arritmias, confusión, chistes desafortunados y otros muchos elementos que no hubiera estado de más corregir, pero su personalidad también viene determinada por todo esto; su fondo sucio y altamente sugestivo sintoniza con esa forma cruda y nada complaciente con la que se nos presenta. En otras palabras, esta película nunca podría haber sido más “limpia”, más profesional, menos rara. Su poder nace de su misma imperfección, del descuido agresivo pero no siempre real (Muro, en determinados momentos, hace gala de una solidez y creatividad verdaderamente encomiables) con que está concebida y realizada. Y esto, queridos amigos, no es que sea bastante, es que es mucho. Porque al menos nos está garantizando una experiencia tan extraña como personal. O dicho de otro modo: una experiencia que muchos detestarán, pero que muy pocos podrán olvidar. Bendita virtud la de no dejar a nadie indiferente.

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