La (r)evolución de la nueva carne
Es inevitable enfrentarse a una propuesta como Sanguine sin que a uno le venga a la mente el concepto de la nueva carne y su, por así decirlo, creador David Cronenberg. Sin embargo, y a medida que el film avanza, uno se percata de que quizás la ópera prima de Marion Le Corroller está más cerca temáticamente de Brandon Cronenberg que del padre. Y no tanto por la puesta en escena, sino por la manera en que proyecta su temática. Si Cronenberg padre proyectaba hacia un futuro cercano como advertencia, Le Corroller —como Cronenberg hijo— la sitúa en el ahora. No como aviso, sino como una verdad irrefutable y dolorosa.

El nacimiento del “Homo productivus”
En este caso, estaríamos asistiendo al nacimiento de una nueva especie humana, por así decirlo. Algo que podríamos denominar “Homo productivus”. Un nuevo ser desprovisto justamente de esa presunta humanidad que supone cada evolución; un nuevo ser, pues, cuya meta es el éxito personal a través de los objetivos laborales, sacrificando cualquier otra consideración relacional o sentimental. Este es el ‹leitmotiv› de la obra, el subtexto y el eje donde gira todo. Un tema tan evidente durante el metraje que, por un lado, se agradece en cuanto a su frontalidad, pero que, por otro, impide análisis más reflexivos por lo obvio de su exposición.
Y es que es inevitable seguir una obra como Sanguine —ágil, bien narrada y dinámica en su desarrollo— pensando en las posibles variantes al respecto. Así, su puesta en escena no acaba de decidirse por la frialdad aséptica de ciertos espacios hospitalarios, sino que los combina con una iluminación que pretende, y consigue a veces, ser más atmosférica que contrastada con el gore mostrado. Uno no puede dejar de imaginar qué locuras visuales hubiera podido realizar un Gaspar Noé, por ejemplo, mientras que, en el fondo, vemos que en realidad todo es bastante deudor de la Julia Ducournau de Crudo. Película que, sin duda, Le Corroller toma como ejemplo para su desarrollo, pero a la que no llega en potencia ni arrojo visual.

Un discurso directo, pero sobreexpuesto
Por otro lado, está el asunto de su temática. Una idea que, como comentábamos, queda meridianamente clara, pero por una sobreexposición de subrayados bastante evidente. De la misma manera que le falta al film un punto de locura, le sobra obviedad y dictamen a su discurso. Estamos lejos, pues, de una construcción argumental basada en lo sutil o el misterio. Cierto es que en ningún caso se trata de un juego mal realizado de esconder y enseñar —cosa que se agradece—, sino que va directa al grano. Quizás demasiado.
Pero justamente por ello nos queda la pregunta en el aire: ¿cuál es la intención verdadera del film? ¿Ser una denuncia del mundo laboral actual o ser una simple pieza de género con excusa social de por medio? En ambos casos, la respuesta es parcialmente insatisfactoria. Como pieza de género, es sin duda un buen entretenimiento lastrado por los habituales defectos en un debut. Como pieza de denuncia, le falta profundidad y materia reflexiva que la sustente de manera más sólida. Sea como fuere, Sanguine puede apreciarse como un film directo que, sin inventar la rueda, no engaña, al menos en cuanto a su presentación de producto.







