
A lo largo de toda su carrera, el cineasta danés Nicolas Winding Refn ha cultivado una esfera temática consistente, en la que predominan el crimen y la violencia extrema como motor narrativo. Sin embargo, en su presentación se pueden diferenciar dos ramas, una más cruda y directa, como se observa en la trilogía Pusher, y otra que da más importancia a una atmósfera críptica y una suerte de lírica contemplativa de los ambientes urbanos nocturnos, que ha definido sus obras posteriores y que podría considerarse que da inicio en su tercer largometraje, una obra claramente inspirada por el cine de David Lynch, quien se convertiría en uno de sus referentes principales.
Fear X, que trata de los intentos de un vigilante de centro comercial por hallar y dar caza a la persona que asesinó a su esposa, es una película que parece estar siempre anticipando y prometiendo una resolución violenta, en cuanto se dé la oportunidad de consumar esta venganza. Durante el metraje vemos cómo la investigación avanza y el cerco se va estrechando, con una lentitud metódica que parece inexorable hacia dicho estallido. Sin embargo, Refn narra el proceso de forma ambigua y críptica, intercalando secuencias de sueños y disociaciones de su protagonista y haciéndole perder progresivamente el contacto con la realidad. De manera paulatina, la historia deja de ser un thriller enfocado en la venganza y se convierte en un estudio de un personaje profundamente traumatizado por la pérdida de un ser querido, que busca una respuesta pero no sabe qué hacer con ella porque, desde que la tragedia le golpeó, ha dejado metafóricamente de existir. El desarrollo es lento y errático, y en vez de conducir a la resolución del misterio y a algún tipo de catarsis o liberación violenta del proceso, a medida que avanza la cinta este final parece cada vez menos plausible.

No es de extrañar, dado este tratamiento inusual de su trama, que la película fuera un fracaso comercial rotundo; uno que casi entierra, apenas en sus primeros pasos, la carrera como director de Refn. Sin embargo, con el tiempo se ha convertido en un pilar fundamental para entender su evolución temática y estilística, y, pese a que tiene sus singularidades y en cierto modo es una obra única en su filmografía, no sería exagerado afirmar que no se puede comprender a Refn sin pasar por aquí. Tal vez por ello, el tiempo le ha sido favorable y ha sido rescatada en parte del ostracismo; aunque sigue sin ser de sus obras más conocidas, de manera algo injusta en mi opinión, dada la nada desdeñable calidad y solidez de lo que se puede considerar una primera incursión explícita en la narrativa y ambientación de estilo “lynchiano”, sustentada en una interpretación tan contenida como eficaz de John Turturro.
Refn siempre me ha resultado algo irregular como director, capaz de un gran cine y siempre interesante, pero que en ocasiones no evoca con la fuerza que debería o de plano no funciona en sus ambientaciones y en sus retratos de personajes y de sus contextos violentos. Por ello, este largometraje me ha sorprendido muy gratamente, esperando una obra menor, tal vez experimental, pero definitivamente menos pulida que sus obras posteriores. No se puede negar esto último, pero el valor cinematográfico de esta película, así como la capacidad de manejar con la debida paciencia los tonos emocionales y el retrato psicológico complejo de su protagonista, trascienden por mucho la falta de experiencia de su autor. El resultado es sorprendentemente absorbente y, a medida que se desarrolla y el juego narrativo va quedando más claro, se revela como un guion muy bien planificado y una construcción de atmósfera que, comparada con películas posteriores del director, probablemente se sienta todavía algo modesta, pero que en su relativa sencillez es eficaz y convincente.

Me ha gustado, en definitiva, mucho Fear X. Es comprensible que haya quedado en un segundo plano, tanto por su desastroso recorrido comercial como porque, como muchas obras tempranas de directores reconocidos, las comparaciones no le favorecen; ya que, aunque no carece necesariamente de cualidades, sí palidece en cuanto al valor icónico y la trascendencia cultural que han alcanzado sus películas posteriores, más allá de que dichas obras se puedan considerar mejores o peores. Hoy en día, a esta notable cinta le queda una consideración de culto todavía sin formar del todo, que en mi opinión no hace justicia a su calidad; pero, al menos, permite rescatarla del olvido, reevaluarla, contextualizarla y, con el tiempo, darle la consideración que le corresponde, como una experiencia cinematográfica muy grata por sí misma y como un paso necesario para llegar a las coordenadas estilísticas en las que se encuentra el cine de Nicolas Winding Refn en la actualidad.






