Martes, después de Navidad (Radu Muntean)

Una de las principales características que presenta la obra del cineasta Radu Muntean radica en el distanciamiento progresivo de su planteamiento con respecto al del trabajo de la mayoría de sus compatriotas, representantes junto al propio Muntean del nuevo cine rumano. Así, articula un discurso alejado del drama social que retrata el impacto del comunismo en la cotidianidad rumana durante el régimen autoritario de Ceausescu, adoptando un enfoque intimista que recoge las vicisitudes de la vida rumana moderna, abrazada a un capitalismo joven que da cierta libertad a su población para permitirse algún que otro capricho, aunque este sea carnal. Esta progresión queda definida en sus tres últimas obras, El papel será azul (más emparentado aquí con realizadores como Mungiu), en la que un soldado del régimen decide unirse al movimiento revolucionario contra el dictador, pasando por Boogie, que retrata la duda de un rumano en plena crisis de los 30, para desembocar en Martes, después de Navidad, la obra que nos ocupa.

Comienza con un largo plano secuencia que recoge las caricias y mimos que se propina una pareja en la cama. Prácticamente estática, la cámara sólo se mueve ligeramente para mantener en cuadro los juegos de sus personajes. La deriva de una ligera conversación entre enamorados permite discernir los entresijos de la relación: Paul, casado con Adriana y con una hija de 8 años, mantiene una relación con Raluca, más joven que su mujer y dentista de la niña. Establecido el triángulo emocional, la película abandona el drama romántico al uso para establecer un pequeño drama moral a modo de pieza de cámara, que bien podría recordarnos a los cuentos de Rohmer, desvelando las dudas y contradicciones de todos los implicados, sin llegar a posicionarse a favor de ninguno. La progresiva tensión que se gesta en su matrimonio desemboca en un punto de no retorno, en el que es necesario tomar una decisión que sólo conllevará dolor.

La autoría de Muntean, aunque aparentemente en segundo plano, queda reflejada en largas secuencias ancladas a una rigurosidad formal cuyas principales características son el minimalismo presentado a la hora de abordar las escenas costumbristas y la economía de planos, con una fuerte dependencia del trabajo actoral. Esta austeridad en la planificación unida a la ausencia de banda sonora o cualquier elemento que enfatice el impacto o la densidad emocional, sitúa al director como un silencioso espectador de los resquicios más profundos de sus personajes, hecho que podría resultar incómodo de no ser por la falta de artificiosidad y el profundo respeto que muestra hacia ellos.

El universo fílmico que compone la obra está formado por un conjunto de escenas cotidianas que delinean las relaciones personales de los personajes, girando alrededor de tres escenas de capital importancia para la trama y el sentido de la obra en general. La primera, catalizadora del trauma emocional, se presenta con la visita de la niña al dentista con su padre, a la que se une la madre por casualidad. La amante, consciente, presenta una fría profesionalidad cuyos gestos no consiguen detener la hemorragia interna ante un espectador cómplice de su dolor. La segunda será la confesión. Construida con dos únicos planos de seis y once minutos y presentada de una manera seca e inesperada (recordemos la falta de banda sonora y asepsia general), conduce al personaje de Adriana por un torbellino de sentimientos que van desde la fría indiferencia hasta la rabia más visceral, pasando por un estado de envidia y crueldad que propiciará uno de los momentos más incómodos de la película. Escena crucial en el film sustentada en la sublime interpretación de Mirela Oprisor, que se vería recompensada con el premio a mejor actriz en el festival de Gijón y en el de Mar del Plata, ambos ex aequo con Maria Popistasu por su papel de Raluca.

Y llega el día de Navidad y la entrega de regalos, ritual y pantomima en representación de los últimos momentos que compartirán Paul y Adriana, que acaban de fijar la fecha del divorcio para el martes, después de Navidad. La última treta que construirán, esta vez a espaldas de los padres de Paul y su hija. Sigilosamente, colocan los regalos bajo el árbol mientras la niña escucha villancicos. Finalmente, Adriana desliza un último regalo a Paul, intuyendo su presencia y sin necesidad de mirarle, antes de que la niña aparezca. Este instante fugaz, última muestra del profundo conocimiento mutuo de la pareja, deja un poso de desolación en el espectador difícil de olvidar.

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