Lo mejor de 2025 por… la redacción de Cine maldito

Vamos a empezar el 2026 viajando por el cine. Lo hacemos con directores que se atreven a observar la memoria, el paso del tiempo, el amor y la muerte en una significativa lista donde repasar las (para nosotros, humildes opinadores) mejores películas estrenadas en cines españoles durante 2025. Os dejamos con nuestra cuenta atrás:

 

10 — La luz que imaginamos (Payal Kapadia)

Hay creaciones cinematográficas que se erigen en líricas declaraciones de amor a la vida, en profundos testimonios de naturalismo extremo sobre la inclemente lucha cotidiana por la supervivencia. Entre la explosión sensorial, colorista y semidocumental de una Mumbai contemporánea tan fascinante como terrorífica, la mirada imponente de la directora india Payal Kapadia nos sumerge en la historia de tres mujeres pertenecientes a tres generaciones, cuidadoras, que masacradas por un sistema social despiadado, son capaces de forjar una alianza milagrosa. Esa luz imaginada de esperanza, que desde los gestos delicados, los silencios resignados y las miradas infinitas, alumbra un camino compartido hacia el amor deseado y la libertad emancipadora, para componer un pequeño milagro artístico y humanista, una de las mejores películas del año. [María Verchili Marti]

 

9 — Un simple accidente (Jafar Panahi)

En ninguna película de este año se entrelazan de manera tan indistinguible contexto y resultado, condiciones de producción y puesta en escena, como en la ganadora de la Palma de Oro de Cannes, Un simple accidente. La última cinta del director iraní Jafar Panahi se rueda de manera clandestina apenas un año después de su salida de la cárcel y solo puede existir como cine de guerrilla: cámara en mano, iluminación natural, localizaciones restringidas a menudo al interior de una furgoneta o al aislamiento del desierto. En estos intersticios de la posibilidad cinematográfica Panahi construye un relato, precisamente, sobre la posibilidad de acción bajo un régimen autoritario. Los personajes debaten y se debaten sobre la venganza contra un hombre que podría ser, o no, su torturador; su viaje no les ofrecerá respuestas sencillas ni nos permitirá acomodarnos sobre una lectura moral unívoca. Con un tono equilibrado con maestría entre lo trágico y lo cómico, Un simple accidente es cine político en su mejor versión, y nos regala, además, el plano final más memorable de 2025. [Sara Gancedo]

 

8 — La vida de Chuck (Mike Flanagan)

2025 podría ser fácilmente calificado como el año Stephen King en lo cinematográfico. Una casi trilogía conformada por La larga marcha, The Running Man y La vida de Chuck. Tres películas no solo destacables en lo cinematográfico como adecuadas en los tiempos que corren. La vida de Chuck funciona de alguna manera como contrapunto optimista a las dos anteriores distopías desesperanzadoras.

El film de Mike Flanagan, con su mensaje, su paleta de colores y su desarrollo invita a una esperanza que puede ser naif, de acuerdo, pero que a través de su estructura inversa pone de manifiesto que incluso lo que parece el fin de todo, un apocalipsis universal, puede no ser más que una puerta a la celebración de la vida.

Sí, La vida de Chuck no es otra cosa que un cuento, y como tal incurre en ciertos convencionalismos de concesión agradable al espectador. Pero justamente por su condición sabe cómo manejar en equilibrio perfecto tanto su mensaje como el misterio que rodea a su historia. Es al ABC de la narrativa desgranada en un concepto inusual que engancha desde el minuto uno. No apta para cínicos de la tristeza existencial. [Àlex P. Lascort]

 

7 — Kontinental’25 (Radu Jude)

Radu Jude cosecha, mediante sus crudas y punzantes ficciones, un genuino ‹cinéma politique› que le sirve para articular un espinoso retrato de la autoconcepción nacional rumana como estado ex-soviético que afronta, como buenamente puede, la resaca de la era Ceaușescu y los contradictorios retos de los tiempos modernos —añadidos a las geopolíticas particularidades turbulentas de su país—. En Kontinental ‘25, el alegato del cineasta se reproduce también en lo metafílmico, pues, como quizás ya sabrán, fue rodada con bajo presupuesto y con un teléfono móvil, condensando una atmósfera que envuelve con cariño a sus personajes, concediendo a sus lastimosas historias no solo un espacio para proyectarse, sino una razón de ser. A su vez, plasma esa constante e infructuosa búsqueda existencial que aúna la coherencia ética, la armonía vital y la necesidad de validación —personal y profesional—, concentrando los pilares de una filmografía sulfúrica, lúcida y sumamente crítica. Aquí conviven dinosaurios ornamentales abandonados, okupas desesperados y el recelo de los últimos húngaros, patriotas y nostálgicos, conciudadanos extraños en una Transilvania permanentemente embrujada. La protagonista se enfangará en terreno pantanoso, infestado de una moralidad heredada, y se verá envuelta en las garras de nuestra cotidianidad: las esperanzas rotas por las promesas incumplidas, la especulación de la vivienda y la precariedad generacional. A través de esta idea de lo liminal y transfronterizo, Jude también configura un estudio de la culpa y la expiación en un contexto económico depredador y claustrofóbico. Kontinental ‘25 bien podría sucederse como la quintaesencia de esta materia oscura anticapitalista y exorcizante (con permiso de Dracula, también de 2025): la ponderación de la obra de uno de los autores europeos más estimulantes de las últimas décadas. Trăiască România! [Agus Izquierdo]

 

6 — En la corriente (Hong Sang-soo)

La preparación de una escena breve —concretamente, un ‹sketch›— es la premisa que acciona el relato. Desde ahí, parece más natural capturar otros pedazos de vida, presentes y pasados. Todo confluye y, como si de un corriente se tratara, las secuencias de En la corriente se desarrollan con una fluidez embriagadora. Suponen auténticos milagros fílmicos porque nos permiten “presenciar el presente” de las imágenes, sentir la materialización de una realidad frente a la cámara. Pero si logra trascender es porque, tras esa supuesta transparencia y continuidad, la película de Hong Sang-soo termina hilvanándose, de nuevo, a través de omisiones. Maestro de la dosificación, el surcoreano completa la película desde la elipsis, el fuera de campo o el cuerpo a oscuras. Y teje otra obra capitulada que, en este caso, transita por fragmentos de luna y senderos a la orilla de un río para dirigir su mirada, una vez más, a la siempre inescrutable Kim Min-hee. [Pol Romero]

 

5 — Grand Tour (Miguel Gomes)

Miguel Gomes escribe historia del cine. Su último trabajo, un hermoso recorrido por distintos paisajes y regiones asiáticas es también un romance no consagrado y que nunca alcanza un clímax. Una mujer busca a su prometido (Gomes le dedica una hora a cada personaje), quien ha huido en circunstancias que nunca se aclaran del todo. En mitad de su viaje aparecerá un pretendiente seductor y adinerado que hará trastabillar sus planes. A través de estos indicios, Gomes convierte Grand Tour en un delicado documental etnográfico y en un precioso retrato de costumbres.

El cineasta reclama la necesidad de abrirse a lo diferente, a lo otro, y también de renunciar a los prejuicios. Busca una vocación artesanal en la imagen y se acerca a los cuerpos sin imponerles demasiadas directrices preestablecidas. El resultado es maravillosamente abierto, pues Gomes es consciente que en el rastreo de los indicios una imagen llega demasiado pronto, mientras que en las ruinas, una imagen llega demasiado tarde. Con Gomes vuelven a asomarse, feliz y melancólicamente, las sombras del silente, la luz parpadeante de la pantalla del primer cine, las sombras que son el embrión de este arte. [Arnau Martín]

 

4 — Tardes de soledad (Albert Serra)

A raíz del estreno en Francia de Perro blanco, Serge Daney escribió que «el estudio del racismo no es racista, así como el conocimiento del azúcar no es azucarado. Y, sin embargo, siempre se sospechó que Fuller estaba “contaminado” por su tema predilecto: la estupidez del delirio racista». Algo parecido a lo que denunciaba Daney sucede ahora con la obra de Albert Serra: aunque muchos han querido ver en las imágenes de Tardes de soledad una exaltación de la tauromaquia, de la violencia contra los animales y de la sangre, la realidad de la película es muy diferente. La cámara se sitúa detrás del marco de una puerta, permanece estática dentro de una furgoneta o captura la engolada y pomposa pose del torero, pero siempre busca el contraplano del toro para desmontar a través de la fisicidad de sus heridas, expresiones y movimientos la retórica mística de una práctica lamentable. Como escribí el año pasado en otro lugar, «el primer plano del rostro de un toro al que se le escapa una lágrima justo antes de ser asesinado […] no es sólo el momento más demoledor de la película, sino también la cristalización de los ecos de una tradición cinematográfica […] que explora las raíces de la crueldad unidireccional que ha definido la relación —nunca democrática— entre el ser humano y los animales». [Rubén Téllez Brotons]

 

3 — Memorias de un caracol (Adam Elliot)

Tras quince años desde Mary and Max y casi diez desde su último proyecto conocido, Adam Elliot regresa y uno siente como si nunca se hubiera ido. Su segundo largometraje traza una continuidad estética y narrativa perfectas, y supone un reencuentro con la empatía incondicional por aquello que no es convencionalmente bello ni armónico, pero que se expresa con una sinceridad que desarma. Memorias de un caracol halla de nuevo el equilibro perfecto entre drama y humor negro, sin explotar el sufrimiento de sus personajes ni reírse de ellos, observándoles siempre desde cerca y demostrando por qué su autor es, tal vez, el cineasta que mejor ha empleado la animación para hablar de la enfermedad mental y de la marginalidad, en un camino narrativo que con frecuencia hace reír y llorar pero que, en su final, deja un poso de plenitud y, sobre todo, de pleno respeto hacia Grace y su identidad; llena de aristas incómodas, caricaturizada, pero, al mismo tiempo, real. Elliot logra siempre que su plastilina se vea tan grotesca en apariencia como profundamente humana, y este regreso tan ansiado de su cine y su particular visión es, sin duda, la mejor noticia para la animación en años. [Javier Abarca]

 

2 — A la deriva (Jia Zhangke)

Cada vez es más evidente que China será la mayor potencia mundial del siglo XXI. Jia Zhangke, cuyo debut como cineasta prácticamente coincidió con el cambio de milenio, ha documentado el avance vertiginoso del país asiático hasta la actualidad. A la deriva es un ejercicio de montaje retrospectivo articulado a partir de escenas de películas anteriores, material inédito y nuevas filmaciones, conformando un recorrido transversal por las múltiples transformaciones que afectaron a China, su propia mirada como cineasta y el cine como medio en general. En el epicentro, Jia teje, mediante conexiones abstractas, una trama de amor y de búsqueda entre sus eternos protagonistas, movidos por la corriente, en un tránsito, o trance, perpetuo. Existe entonces un gran contraste entre un mundo en un cambio constante y unos personajes que, pese a su incesante movimiento, se encuentran paralizados. El progreso sin fin lleva a una deriva interminable. Este ‹leitmotiv› del cineasta, adquiere en A la deriva una perspectiva y distancia que solo sirve para corroborarlo y potenciar su carácter inevitablemente melancólico. Cuando el cine se canibaliza y retroalimenta para sobrevivir, Jia Zhangke piensa y resignifica sus propias imágenes, conjugando a la perfección sus tendencias más teóricas y retóricas con su pulsión más emocional y sensorial. [Carles Verdaguer]

 

1 — The Mastermind (Kelly Reichardt)

Atravesado por la insatisfacción de ser alguien o algo más, los caminos del sinsentido y la validación personal de James ‘JB’ Blaine —un miserable pero siempre entrañable Josh O’Connor— hacen de The Mastermind uno de los títulos más significativos del momento presente. Sin grandes alardes o conclusiones precipitadas, la observación político-social de Kelly Reichardt traza un paralelo temporal donde advierte de los peligros de unas viejas y nuevas individualidades dolidas, retratando a estos perfiles limítrofes marcados por el egoísmo inducido de saberse merecedores de aquello que creen que les pertoca. Su desenlace, tan anticlimático como oportuno, reafirma el absurdo de una película coherente a la ambición ridícula de su protagonista, en un discurso distendido que se refleja en un porvenir convulso y deprimente. En otra lectura, también pertinente y precisa, los interrogantes que propone elevan el film en calidad de alegato artístico, espacio donde se debate interiormente mediante su mera exposición y razón de ser y que hacen de esta una obra mayor en la filmografía de la directora. [Victor Dalmau]

 

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