Lo mejor de 2018 por… Rubén Redondo

Este curso de 2018 ha sido sin duda uno de los más sugerentes y atractivos desde el punto de vista cinematográfico de estos últimos años, con la presencia de no menos de tres o cuatro películas que muy claramente tienen toda la pinta de convertirse en clásicos súbitos y que por tanto perdurarán en la memoria cinéfila en un horizonte mucho más lejano que el acotado al ejercicio de su estreno. Sin duda un hecho este, la presencia de productos con resistencia al olvido, que un servidor venía echando en falta en las cosechas del último lustro. A esto se une la ingente cantidad de estrenos que ha sufrido la cartelera española (con no menos de ocho o diez estrenos por semana) con un término medio tan enriquecedor como perturbador, puesto que resulta imposible a no ser que tu vida esté dedicada exclusivamente al visionado de películas poder saborear todas y cada una de las propuestas interesantes que se exhiben en pantalla grande.

La globalización ha hincado el diente también en la oferta cinematográfica, tanto en lo que se refiere a estrenos como en la despensa de clásicos ocultos de todos los rincones del mundo, por lo que las nuevas generaciones de cinéfilos no podrán morirse nunca a gusto, pues será imposible visualizar la inmensidad de obras cuanto menos buenas que se ofrece el universo fílmico, algo que puede llegar a crear una drogodependencia grave y severa o al menos obsesiva. Pero miremos el lado bueno. La diversificación a la que estamos asistiendo en la actualidad robustece la longevidad del arte cinematográfico, ya que en cualquier momento podemos emocionarnos con dramas de altura, aderezar nuestra adrenalina con una inyección de cine de acción o de terror e incluso cultivar nuestro lado más soez con el visionado de ese trash enfermizo que todos escondemos en nuestro trashtero favorito.

Incluso se ha abierto una nueva alternativa que ha trastocado los cimientos de la exhibición clásica. En este sentido, la consolidación de las plataformas digitales como Filmin a nivel nacional y sobre todo Netflix en el internacional han dinamitado las fórmulas de exhibición de un modo demoledor y en mi opinión definitivo. Y es que el único método de poder contemplar a un módico precio la descomunal cantidad de películas que aterrizan en cualquier parte del mundo parece que se arriba a lo que proponen estas plataformas: la posibilidad de ver las películas más interesantes de cualquier parte del mundo con el solo hecho de pulsar un botón en tu casa. Y para más INRI, con un poder económico sin precedentes en el caso de la compañía estadounidense, capaz de fichar a los más grandes nombres del panorama cinematográfico para sacar adelante proyectos que hoy en día serían inviables a través de una metodología clásica de producción en estudios convencionales.

El futuro se avecina fascinante y en estos momentos la cara de la moneda parece que caerá del lado de estas nuevas plataformas y fuentes de negocio de entretenimiento hogareño. La distribución en sala no obstante ha vencido en años pasados otros cataclismos que vaticinaban su extinción, por lo que quizás mi augurio caiga en saco roto, esto es algo que solo el tiempo podrá dictaminar. El poderío de Netflix se siente en mi TOP, que contempla tres producciones de la empresa americana. Algo que este año ha sido natural con motivo del menor tiempo disponible que he tenido para deleitarme con el cine, y que creo que en el futuro va a ser mi tónica habitual por razones que aquí no vienen al caso.

En lo referente a películas que no he podido incluir por unas causas u otras en el top, destacar una joyita de la Disney que ha pasado prácticamente desapercibida y que al no pertenecer a la onda de la web no he podido incluir: Christopher Robin, una fábula que bajo el paraguas de cine familiar esconde en su ser una parábola bastante ácida y apocalíptica acerca de esta sociedad del consumo y el capital que ha arrinconado a la fantasía como medio de afrontar la existencia, con guion para nada desdeñable de Alex Ross Perry. También me encantó la última locura de Tom Cruise, uno de esos últimos artistas con aura de leyenda del viejo Hollywood, esa Misión Imposible: Fallout en la que se nota la mano de un Christopher McQuarrie del que espero pueda ser el heredero de mi añorado John McTiernan. Me gustó mucho ese Splielberg de Los archivos del Pentágono en plan maestro reformador de esa narrativa setentera y ochentera de la que fue partícipe. Asimismo disfruté de un espectáculo palomitero y sublime con ese Infinity War que devuelve el especial halo que contenían las superproducciones de acción hollywoodiense. Desde otro enfoque, Los Increíbles 2 también fue un plato de exquisito gusto, tanto como esa resurrección del terror setentero de Un lugar tranquilo. Y para terminar este repaso previo al top, me gustaría acordarme de dos propuestas tan radicales como maravillosas. Clímax o Gaspar Noe desatado, y ese extraño documento recuperado que es Al otro lado del viento, un montaje que transgrede los límites del cine alzándose como un pergamino que permite observar el genio para la composición barroca que ostentaba el maestro Orson Welles a través de un experimento que pudo haberse convertido en una obra maestra y que por diversos motivos ha quedado para la historia como un conjunto de escenas sin mucho soporte narrativo en una deriva lineal  y que sin embargo quedan grabadas en la memoria.

Sin más aquí va mi top.
 

10 — La forma del agua (Guillermo del Toro)

Haber ganado el Oscar ha restado simpatía por este maravilloso film para aquellos cinéfilos que odian todo lo que huele a reconocimiento por parte de una amplia mayoría. En mi opinión Guillermo del Toro ha rodado su obra maestra, sin lugar a dudas su mejor película desde El laberinto del fauno. Un cuento de hadas en el que los príncipes son monstruos y las princesas mudas y desaliñadas. Un canto en favor de la fantasía en estos tiempos en el que el realismo y la fatalidad parecen ser las sendas que marcan todos nuestros caminos. Porque esta es una película para adultos filmada por un niño grande que nunca ha perdido su pasión por el cine y su fantástico universo. Existe una mirada tierna y hasta cierto punto infantil en cada palmo de La forma del agua. Una mirada limpia, cargada de piedad y belleza, totalmente apasionada por lo que ofrece a su público. Un enfoque que hace creíble lo increíble, donde los deformes son la última esperanza de un mundo destruido por almas negras que visten traje y gomina destruyendo todo atisbo de amor y solidaridad. Como en las buenas películas de Guillermo, la esperanza se halla en el margen, en lo diferente, en esa quimera que muestra que la salvación se encuentra en los que el sistema ha señalado como perdedores, y eso es sin duda algo hermoso por lo que merece la pena apostar.

 

9 — El repostero de Berlín (Ofir Raul Graizer)

Película amarga y silenciosa que bajo su atmósfera de cine intimista y melancólico, encierra una bonita historia de pérdida y amores imposibles. En mi opinión ha sido una de las sorpresas del año, no por lo que cuenta (pues la trama resulta algo convencional y por tanto no deja margen para mucha sorpresa), sino por como lo cuenta. A través de una sensibilidad extrema en el que cada sonido o gesto tiene un sentido y un porqué, de forma sugestiva y sensorial. Todo ello gracias a una pareja protagonista que desprende una química extraña que atrapa, destacando una Sarah Adler descomunal. Y apoyada en la contención, pues la trama se prestaba a adornar el envoltorio con alguna secuencia tórrida o subida de tono, algo de lo que huye su director con mucho acierto. Por tanto, para quienes busquen un drama intimista y bonito contado más por imágenes que por palabras, esta es una película que resultará un dulce gozoso, eso sí, marcado por la tristeza que brota a lo largo de todo el relato.

 

8 — Mandy (Panos Cosmatos)

Poco más que añadir a lo que indiqué en el top general sobre esta rareza absolutamente genial. Cosmatos vuelve a retornar a sus parajes y obsesiones visuales y narrativas. Mandy es un aparatoso cuelgue de psicotrópicos y sobre todo una de esas películas de venganzas que marcan la diferencia respecto a la ingente cantidad de serie Z y convencionalismo que afecta a este subgénero. Secuencias cargadísimas y exageradas, surrealismo, sangre, violencia, sátira, Grindhouse, chute de metanfetaminas, salpicaduras de sangre, histrionismo, exceso en todos los sentidos y un Nicolas Cage convertido en el maestro de ceremonias absolutamente fuera de sí como nos gusta verle a sus fans. ¿Qué más se puede pedir?

 

7 — El apóstol (Gareth Evans)

Primera de las incursiones de Netflix en mi top. Cinta extraña y compleja realizada por uno de los maestros del cine de acción contemporáneo, el británico Gareth Evans. El autor de The Raid apuesta por una especie de intriga muy en la línea de algunos clásicos el cine británico de los setenta con un reverso de cine de terror de sectas que a veces parece perder el rumbo. Sin embargo la máquina funciona en todos los sentidos gracias a un pulso firme de ritmo amorfo que ofrece siempre una vertiente a la que agarrarse, haciendo partícipe al espectador del calvario al que se enfrenta el protagonista, una especie de Jesucristo apóstata con el que es imposible no identificarse. El tedio que conquista la primera mitad de la cinta explotará en una traca final de pura violencia, sangre, gore y adrenalina al más puro estilo Evans, quien a pesar del riesgo sale totalmente airoso demostrando que se eleva como uno de los más sólidos narradores del cine de género actual.

 

6 — El reverendo (Paul Schrader)

La vuelta de Schrader al cine de sus orígenes. Un cine comprometido socialmente. Técnicamente impecable en cuanto a composición de imágenes, en esta obra con un cierto regusto pictórico sacro. Un cine protagonizado por seres situados al margen de la sociedad, castigados por un suplicio terrenal que trasciende a límites metafísicos. Aquí nos hallamos con un Travis Bickle vestido con sotana. Con un american gigoló que ha abandonado los clubs de alterne para refugiarse en una iglesia que hace más la funciones de museo que de culto religioso. Con un George C. Scott que busca en su vecina recién enviudada su última bocanada de amor. Un personaje enfermo vencido por la aflicción y la derrota que como en todas las grandes obras de Schrader derrite cierto aire trascendente y de desesperanza acerca del oscuro destino que espera a la deshumanizada raza humana.

 

5 — The Night Comes for Us (Timo Tjahjanto)

Nuevo aporte de Netflix. Esta cinta es un goce para los que amamos al cine de acción. Hacía mucho tiempo que no me entusiasmaba tanto con una película de acción como con esta. Aquí el argumento es lo de menos. Sí, hay mafias, venganzas, asesinos a sueldo y toda la parafernalia habitual del género. Aquí lo que mola son las ostias. Un recital de ostias como nunca he visto. El nivel de ostias es de otra dimensión. Ostias como panes que se reparten a diestro y siniestro. No hay apenas diálogos, sí un infinito de ostias, sangre, piernas y brazos dislocados y partidos en dos, y una pelea final tan delirante, sanguinolenta y cómica como los mejores gags de Buster Keaton. Si quieren ver ostias sin parar, aquí está su película.

 

4 — Dogman (Matteo Garrone)

Matteo Garrone es uno de esos últimos mohicanos que le quedan al cine italiano con mayúsculas. Con Dogman nos reencontramos con el Garrone más esencial y cristalino. Como Schrader, Garrone retorna a las obsesiones que mejores resultados le han dado. Su fascinación por el mundo marginal y criminal y sus monstruos de carne y hueso. En Dogman a través de una historia de dos seres físicamente y psicológicamente opuestos. Una trama de amistades traicionadas, suciedad y venganza que se gana el cielo gracias a esa atmósfera fea y cargadísima que impone Garrone. Filmada con garra y sabiduría, dejando un poso muy amargo merced a una concepción que vira sobre pivotes de bestialidad y demolición. Un relato de perdedores que se apoya en la épica de la derrota del western para deleitarnos con su realista y visceral descripción de las cloacas de la condición humana. Sin duda la interpretación de Marcello Fonte merece todos los epítetos y elogios habidos y por haber.

 

3 — Roma (Alfonso Cuarón)

Quizás la película más aclamada de este curso 2018. Una de esas obras que sabes que permanecerán como clásicos que revisarán las generaciones venideras. Mucho se ha hablado de este film. De su portentosa arquitectura cinematográfica que juega con maestría con el espacio y el tiempo. De esa descripción nostálgica y autobiográfica de la infancia de Cuarón y por tanto de la familia mexicana en los años setenta. Este es un film inmensamente bello, de esos en los que apenas pasa nada destacable o llamativo. Porque se fundamenta en la verdad. En los recuerdos de su creador. Porque la vida es eso, son momentos sin brío ni pimienta en su inmensa plenitud. La vida es hastío complementado con ciertos pasajes agradables. Y Cuarón filma eso. Se ha comparado la cinta con Amarcord de Fellini o con Fanny y Alexander de Bergman. En mi opinión la película que mejor se adapta comparativamente a Roma es El Sur de Erice. Merced a la composición de la imagen y al lenguaje narrativo gráfico que poseen ambas obras. Y por ese ritmo pausado en lo que aparentemente nada sucede, pero todo acontece sin que nos demos cuenta.

 

2 — Burning (Lee Chang-dong)

Otro regreso esperadísimo. El del coreano Lee Chang-dong que no ha defraudado para nada. Un cineasta diferente, subversivo e inteligentísimo, con una capacidad única para convertir historias mínimas en odiseas divergentes y terriblemente poéticas. En Burning adapta un relato corto de Murakami para ofrecer un thriller intimista, hermoso, retorcido, lento y escalofriante. Una obra que recorre terrenos pantanosos y escarpados desde una aparente distancia, sustentada en una fotografía portentosa adornada con una banda sonora que penetra en los sentidos. Del mismo modo que la trama planteada por Chang-dong, no apta para todos los paladares sin duda merced a su impactante frialdad y por esa tendencia a la narración elíptica que vierte sus principales núcleos sobre el dolor existencial y esa rabia infectada de odio que sustenta a esa juventud oriental algo desorientada, lanzando igualmente una parábola sobre el devenir de una sociedad coreana inmersa en turbios paisajes.

 

1 — Cold War (Pawel Pawlikowski)

Para mí la mejor película del año por muchos motivos. Una cinta que expira ese cine pretérito de las dos geografías que han formado a su director como autor: el cine clásico francés de los sesenta y la nueva ola polaca de los sesenta y setenta. Podría dedicar muchas palabras de amor por esta obra maestra, pero creo que no sabría expresarlas tan bien como mi compañera Elisenda Frisach en este maravilloso artículo que escribió en nuestra página de Cine Maldito. Que sus palabras sean las mías y de paso sirva para rendir homenaje a los redactores y compañeros de esta web que con sus magníficos escritos siguen demostrando que el cine es el arte más grande jamás creado.

 



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