Le magasin des suicides (Patrice Leconte)

Tras décadas de cine manejándose en géneros de lo más dispares, Patrice Leconte llega ahora con su primera película de animación en forma de comedia negra (género que ya había trabajado en La maté porque era mía Tango) que combina con interés el musical, y cuya premisa reside básicamente en una tienda de suicidios para permitir al cliente escoger el modo más loable de dejar el mundo; desde venenos, sogas de todas las clases y tamaños e, incluso, técnicas ancestrales como el harakiri, la familia Tuvache no tiene reparos en velar por la muerte del cliente, incluso acompañándolo a hurtadillas a su hogar y así asegurarse que el producto vendido no se malemplea o desperdicia.

No parte Leconte de una idea tan arrolladora sin antes haber contextualizado la escena: nos encontramos en una Francia sumida en la crisis cuya primera secuencia en forma de intento de suicidio por parte de un personaje encorvado y ojeroso es evadido por un peatón ocasional que le advierte sobre la multa que puede recibir en caso de suicidarse (incluso sin perecer en el intento), práctica prohibida tajantemente por la autoridad. Aun sin desarrollar ese marco en exceso, sí nos empapamos de la ambientación de una ciudad lúgubre bañada por tonos grisáceos que ya determinan los parámetros de una obra de lo más singular.

Resulta curioso el contraste entre los exteriores de esa ciudad matizada en ocres que se encuentra con el colorido de una tienda donde, precisamente, uno puede pasarse para encontrar cualquier modo posible con tal de perder la vida. Quizá en ese sentido marca Leconte el pequeño rincón en el que muchos encuentran la esperanza de ver satisfechas sus “necesidades” en un panorama que el galo sabe dibujar con el suficiente aplomo como para que el espectador se vea inmerso en la propuesta sin necesidad de mucho más. Es, de hecho, en el diseño de sus personajes y la disposición de espacios, donde mejor definida queda una obra que posee los suficientes alicientes en sus vertientes tanto humorística como musical para que uno se pierda sin excesiva dificultad en ese universo procedente de la novela de mismo título publicada por Jean Teulé en 2007.

Obviamente, el conflicto tenía que surgir en algún momento y es introducido mediante un nuevo retoño que llega a la familia Tuvache: él no cree que la vida merezca ser juzgada con tanto desprecio y sus calurosas bienvenidas a cualquier cliente que aparezca por el comercio sacan de quicio a su padre. Risueño, de mofletes rojizos y con una alegría inusitada en una ciudad tan gris, el pequeño de los Tuvache crece a una velocidad vertiginosa y decide que su camino es otro; a él su hermana le parece guapa y cree que hay tantas otras cosas que disfrutar en la vida, que no le apetece pararse en las lúgubres prácticas de una familia que en el fondo no parece tan cómoda como se podría suponer con lo que hace.

Destaca en Le magasin des suicides también su faceta musical, que generalmente llena de colorido la pantalla (ahí sí que los exteriores de la ciudad cobran vida) y logra enlazar magníficamente varios fragmentos que no solo hacen que la estructura no se resienta, sino además le sientan de maravilla al conjunto. Al otro lado de la balanza, nos topamos con un humor que no resulta tan negro como se preveía (menos viendo el pretexto) y, aunque posee ramalazos que definen en cierto modo la propuesta, nunca termina de ser suficientemente afilada o aguda en su vertiente humorística como para convencer a los amantes de este subgénero (el de la comedia negra). No obstante, funciona con suficiencia como para otorgar esperanzas a los fans del género animado, que en Francia habrán podido encontrar un bastión importante en nombres como los de Sylvain Chomet o Michel Ocelot, y cuando parecía que Le magasin des suicides se encaminaba hacía la curiosidad en cierto modo reivindicable, Leconte remata con una conclusión fuera de lugar que rompe el tono de una obra que, sin demasiados alardes, resultaba compacto, dejándola en una poco remarcable muestra de animación que sólo satisfará a los más acérrimos del género.



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