Holy Motors (Leos Carax)

Una sala repleta de espectadores, un cineasta que busca desesperadamente un orificio en la pared y, al encontrarlo, observa desde la platea el interior de esa sala. ¿Declaración de intenciones o mímesis del espectador dentro de la propia pantalla? Mímesis representada en un personaje, el interpretado por Denis Lavant, quien escenifica en esta Holy Motors el gran escenario del arte y, concretamente, la representación.

Tras sumergirnos anteriormente en el universo Carax, que ya había dejado trabajos tan potentes como Mala sangre o Los amantes del Pont-Neuf, ahora nos encontramos ante una de sus obras más subversivas y complejas. Es en Holy Motors donde se replantea las barreras que delimitan el cine y la realidad a través de la figura de un maravilloso Lavant, que se mueve entre espacios y personajes dando pie a esa reflexión que atiende al límite marcado entre lo ficticio y lo real acogiéndose a esa citada representación en la que el galo se atreve con todo; no sólo nos habla sobre barreras, también ironiza acerca de un arte cuya expansión parece tener cada vez más recovecos y dejar lecturas que directamente rebasan la intencionalidad artística en sí.

Especialmente lúcido se muestra Carax en dos de los mejores episodios del film. En el primero de ellos, Lavant entra en un edificio donde se enfunda un traje de captura de movimiento y a través de ese simple gesto desarrollado en forma de curiosa ‹performance›, el galo reflexiona en torno a las barreras de un cine que parecía que con el digital ya lo había dicho todo y en el que, sin embargo, encuentra posibilidades a explotar. Por otro lado, el fragmento que el protagonista comparte con Eva Mendes nos sigue hablando de barreras, pero en este caso sobre esas barreras que es peligroso traspasar debido a que banalizan y desdibujan la obra artística en sí. Ya no se trata tanto acerca de cómo queda de corrompido el acto por si solo, sino de la acción que nos lleva a esa obra.

Sorprende y dota de coherencia al film que Holy Motors se mueva entre espacios industriales; específicamente de uno de ellos sale una multitud de limusinas que parecen contener el arte envasado más que nunca y en las que encontramos personajes como el interpretado por Lavant (también se corresponde con ello la figura de Kylie Minogue) realizando interpretaciones a medida para cada uno de los productos en que participan, logrando reforzar esa sensación de arte embalsamado, al gusto del consumidor y que, especialmente, uno no sabe deducir dónde se escinde de la auténtica realidad.

No obstante, la lucidez que atañe al subtexto queda reflejada además en el aspecto formal, puesto que Carax lo moldea a su antojo convirtiendo cada segmento en una pieza singular cuyo único nexo es esa limusina que actúa como elemento transmutador para con el personaje interpretado por Lavant, que adquiere distintas identidades según el rol que le toque jugar. También posee un rol en tal juego el espectador, como su prólogo advertía, en el que se introduce intentando discernir si los episodios que va recorriendo Lavant son ficticios o reales. Es ahí donde el cineasta francés redondea un discurso que incluso posee su contrapunto (el tiroteo en la terraza de un restaurante) en una secuencia donde ni siquiera el protagonista alcanza a comprender qué espacio debe ocupar en este universo y ofrece más aristas a un film en el que, pese encontrar distintos capítulos, podemos percibir un tono que equilibra una propuesta que bien podría haber sido dispersa debido a su propia naturaleza.

Holy Motors es un punto de madurez en la carrera de Leos Carax donde, además de reflexionar sobre los límites del propio arte, demuestra que para él no existen en el suyo, el cine, y pone el listón a una altura que ni el propio Lavant supera con una interpretación digna de elogio, donde deja entrever en esas caracterizaciones las propias posibilidades de un celuloide que, por desgracia, no para de repetirse que parece muerto. Por si alguna duda había quedado, el propio Carax niega rotundamente.

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