La noche devora el mundo (Dominique Rocher)

Recuerdo cuando las películas de zombies eran una vía de escape de la realidad: ver mentes vacías manejarse en un mundo al acecho, donde podía interesar el punto de partida de los no-muertos, la supervivencia de los vivos o los relativos lazos que se generaban entre estas dos separatistas tribus urbanas. Realmente para conseguir que una película de zombies sirviera como momento zen era necesaria esa clasificación «serie B» o «serie Z» en la que «boom» explotaba una cabeza o «raaarg» te mordían una mano y se lo ocultabas al resto de supervivientes para joderles la vida creyendo inocentemente que para tanto no es el rasguño. La intención era llegar al nivel encefalograma plano mediante el revulsivo de una desmedida acción por medio de asesinos de avance lento y ataque letal.

Pues eso, zombies.

Con el paso de los años, utilizas una lupa que detalla el cine a nivel microscópico y te das cuenta que el zombie —o la infección rabiosa, hay un debate intenso sobre si se debe o no separar términos— ya no sigue el proceso «mueres, vuelves, matas». Bueno, puede que los zombies sí, no hay vía de escape ni prosperidad en esto, pero los cineastas, que también han crecido viendo esas películas y desean revolucionar conceptos, confían en el reflejo para armar verdaderos simposios sobre el hombre, su comportamiento y la sociedad que generan.

Desde el tratamiento político de una catástrofe insólita que condena a la humanidad, hasta el tipo que se pierde por el bosque en busca de un supuesto campo de refugiados idealizado donde no hay peligro posible, cada nueva película quiere experimentar, a partir de un elemento clásico del cine de género, una reflexión en voz alta sobre la vida, la muerte y nuestra reacción a lo extremo o diferente. Y algunos resultados son hasta sorprendentes.

La noche devora el mundo se encuentra entre esos zombies de diagnóstico divergente que generan una historia humanista donde indagar sobre el verdadero monstruo. Es muy significativa su escena inicial, Dominique Rocher se ampara en la noche para construir una cúpula de cristal alrededor de Sam, su protagonista, uno de esos momentos en que queda clara la desubicación del sujeto en la multitud, ese instante en el que la soledad es una barrera protectora. Corte al día. Paredes blancas salpicadas de sangre, restos de una masacre o de una fiesta demasiado intensa. Pero Sam está solo, sin cúpula de cristal, sin desprecios. Solo paredes blancas, sangre y el adiós a todo lo demás.

Con un simple puente entre escenas, el paso de unas horas desconocidas para nosotros (y sin necesidad de conocerlas en profundidad), Rocher se abandera ante el relato de zombies consecuente con el individualismo. Anders Danielsen Lie actúa frente a la barbarie que le rodea con esa intuitiva necesidad de seguir adelante… pero puertas adentro. A Sam le relacionamos con el mundo que acaba de quedar obsoleto a partir de sus actos diarios, que se van sucediendo en un escenario acotado como es el edificio donde se quedó atrapado, bloqueado, pero tremendamente luminoso. Hay viveza en la construcción de sus escenas, que van desde las tareas básicas de supervivencia a la evolución psíquica del personaje. Y ahí es donde el director se siente más libre.

Los zombies son el elemento secundario en esta ocasión, son el reverberación espontánea de los pasos que da Sam, una conexión que se reafirma en los cruces entre Denis Lavant (el zombie atrapado por el hombre atrapado) y el protagonista, una especie de palco terapéutico al estilo pelota Wilson de Náufrago, la salida recurrente en la que darle una expresión externa al personaje para concebir su evolución. Parece inevitable que un único personaje tenga permiso para utilizar el soliloquio sin necesidad de mostrar una incipiente locura, para que los de la cuarta pared no nos sintamos igualmente solos, y la salida elegida por Rocher es, con cierto ingenio, evolutiva.

Porque La noche devora el mundo tiene mucho de intimista y minimalista, algo que se enfrenta a la petición básica de sangre y vísceras para muchos de los que se acercan a los zombies, y que ofrece con su superviviente un interesante seguimiento de alguien que aparentemente se maneja bien solo, aunque no te obliga a conectar con su drama interno, dando la libertad de pensar «pues ahora te apañas tú solo». Queda expuesta una intención de generar capas, ya sea el manejo en solitario ensimismado en la propia creatividad, el ‹background› zombie, o las escasas pero violentas interacciones de ambos estadios. Pero lo que queda de la película es una ratonera lujosa y entretenida a la que le falta dar una vuelta más para que esa claridad visual empaste con la dejadez humana, una vez teníamos más que claro el mensaje.