La infancia de un líder (Brady Corbet)

Mais le vers entra dans le fruit…
(Mas el gusano entró en el fruto…)

L’enfance d’un chef – Jean-Paul Sartre

La infancia de un líder da buena cuenta del polifacetismo de su director Brady Corbet, quien como actor ha podido trabajar en estos últimos años junto a grandes nombres del panorama europeo como Olivier Assayas, Lars Von Trier o Ruben Östlund, y por su debut como director consiguió hacerse con dos galardones en el Festival de Venecia un par de años atrás, habiendo sido proyectado este en la sección Orizzonti.

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Las imágenes de archivo que dan comienzo al largometraje, de brillante calidad por pertenecer a los negativos recientemente restaurados de los estudios Pathé, sitúan la narración con exactitud. La Gran Guerra ha terminado y en Francia se estudian las duras condiciones de la capitulación germana. El presidente Wilson, figura clave en el papel supremacista de los Estados Unidos tras la contienda, llega a la capital entre clamores de victoria y esperanza de un futuro mejor. Mientras tanto, en un ajado caserón burgués de las afueras, se instala un alto cargo político (Liam Cunningham) al servicio de Wilson junto a su mujer (Bérénice Bejo, de mirada dura, de rasgos helados) y su hijo Prescott (Tom Sweet, gran descubrimiento del filme). El pequeño, carente del afecto paterno por las obligaciones laborales de este y del materno por la frialdad de la mujer al verse confinada en un espacio rural opuesto al cosmopolitismo de su vida anterior, encuentra consuelo y cercanía en la criada (Yolande Moreau) y en su institutriz francesa (Stacy Martin).

El discurso de la película se construye mediante una agresividad progresiva, a lo cual ayuda la división del relato en tres capítulos y un epílogo. Cada capítulo, centrado en un conflicto familiar y sus consecuencias, magnifica el despotismo del niño hacia un entorno que siente como ajeno y hostil, y que funciona como caldo de cultivo para su génesis en tirano. Cabe decir que Corbet no aplica el menor juicio a lo que representa, razón por la que prefiere usar el término líder al de, por ejemplo, dictador, elección que hubiese eliminado el pesimismo de un relato que testifica el fascismo como efecto inevitable del fin de la inocencia en una época de miseria humana y moral ambigua. Ya Haneke habló de ello en La cinta blanca, hermanada conceptualmente con esta aunque los hechos en la cinta del austríaco fueran previos a 1914. Una violencia invisible aunque profética sobrevuela ambos largometrajes, generando un clima turbio e inestable. Corbet la personifica en el niño, espejo de las medidas impuestas en Versailles al imperio alemán, y Haneke, más sutil, la retrataba en el estado de las cosas y en las pequeñas brechas generadas en lo cotidiano. No es por ello casualidad que Haneke aparezca en los agradecimientos finales de la película junto a Sartre (de quien Corbet adapta muy libremente su homónimo relato corto) y Hannah Arendt, cuya teoría sobre el origen de los totalitarismos remite al fracaso humano de cada nueva generación, rechazando todo optimismo histórico-filosófico relativo al progreso.

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La infancia de un líder es tremendamente rigurosa a nivel formal, con excepción de sus minutos finales, ya que su puesta en escena, sobria, está al servicio de una narración en acorde con el lento paso de los acontecimientos. La fotografía, reminiscente de las obras más costumbristas de Visconti, dibuja los fuertes claroscuros en la antigua casa burguesa que contiene tanto lujosas salones públicos como sucios y desconchados dormitorios en las plantas superiores, resaltando que la forja de las dictaduras pertenece al terreno privado.

Es en este terreno por el cual discurre el conflicto principal de la película, la dualidad madre-hijo establecida entre una mujer con un fuerte arraigo hacia la redención católica y un niño que reniega de toda entidad divina hasta el punto de acabar con su progenitora mediante un asesinato literal y simbólico, pues al tiempo que elimina su mayor figura opresora, elimina por igual sus raíces y pasado al igual que hará el nazismo con la humillación otorgada por las naciones vecinas en la capitulación. La negación de Dios en La infancia de un líder («¡Ya no creo más en la oración!») pasa por la duda sobre su naturaleza pues no hay lugar para la salvación religiosa en una Europa asolada por la muerte y la ceniza. Este nihilismo espiritual obliga a priorizar la lógica ante la fe; de ahí la importancia otorgada a las fábulas de Esopo que relee continuamente Prescott, puesto que la reconstrucción tras la contienda bélica es un asunto puramente moral y, en este caso, el joven protagonista representa el proceso de menosprecio hacia la nación alemana que debe ser combatido con la razón y la estrategia. Es justo la fábula del león y el ratón la que, cual discurso ante la multitud, lee el pequeño déspota a su madre para detenerse cautelosamente en su moraleja: No se debe menospreciar al más débil, pues algún día su ayuda puede ser de utilidad.

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