Cuando crees que quedan pocos caminos por los que reinventar el espíritu del terror, llega alguna mente joven que consigue evolucionar el discurso sin dejar de acudir a las grandes ideas del pasado. Ese es el caso de Luis Calderón quien, a sabiendas de que el ‹slasher› patrio se quedó un poco huérfano desde el ‹boom› de inicios de este siglo, busca una relectura de sus normas para estilizar el mensaje en su debut con La casa en el árbol.
Nos podríamos perder en un mar de referencias que construyen la estructura de la película, pero lo que debemos hacer es perdernos en ese bosque norteño en el que encontramos una casita de madera donde cimentar nuestro apego por Ale, su protagonista, quien nos sirve de guía en una noche de sangre y dolor.
Calderón dibuja una nueva perspectiva para la clásica ‹final girl› y aunque no sea una idea novedosa, otros han caído en la tentación de situar al género en un necesario y sorpresivo giro final, sí que lo hace con unos matices estudiados a conciencia, donde sus preguntas sobre la identidad van más allá de las problemáticas comunes que afronta el terror, germinando aquí una semilla que invita a la reflexión desde su inicio. La casa en el árbol no quiere pasar por ser una colección de luchas brutales llenas de violencia, quiere que su idea sobreviva a lo festivo y se ve condicionada por un drama superlativo que construye un personaje no tan fiel a las superheroínas que gritan y sobreviven al malo, es una que cuestiona los límites de la toxicidad masculina propia del género, algo siempre afectado por el punto de vista seleccionado.
Hay dos vías que se cruzan en el film, algo sugestionado por el ahora tan adorado “terror elevado” donde fusionar lo afectado, lo realmente dramático con lo brutal, pero también un pasión por lo gráfico que tanto amaban los franceses cuando les dio por cargarse los límites visuales y las líneas argumentales con el extremo. De hecho, hay una película muy concreta en la que no puedes dejar de pensar mientras revisas mentalmente la experiencia de La casa en el árbol que siempre es una gozada referenciar. Dicho esto, no es tan malo como parece sobre el papel que alguien asuma el reto de llevar su fanatismo por el terror a la gran pantalla si sabe unir los puntos, y entre las vías cruzadas, puedes intuir a la primera cuál es el punto al que quiere llegar la historia de Ale o puedes dejar que te estalle la cabeza ante la sorpresa de su última parte, y en ambos casos te permite revisitar alguna escena que podría quedar fuera de lugar y que queda justificada por muy atronadora que parezca. Sandra Escacena, que se postula como nueva reina del terror patrio, se deja la piel en esta versión de Ale que padece por el amor ajeno más que por el propio en esta historia donde las máscaras ofrecen muchas lecturas, cuando romper las reglas establecidas por el ‹slasher› —el sexo, las drogas, el retorno sobre sus pasos— son más una declaración de intenciones como revulsivo que un ‹check› que cumplir para ser fiel al género.
La casa en el árbol sabe buscar su lugar en el mundo y, aunque imperfecta, tiene una esencia propia que se debe experimentar, es más, se descubre a sí misma como una película que quiere añadir matices en diferentes visionados, un atrevimiento que pocos se atreven a tener a estas alturas del relato. El nervio y el drama son el combustible perfecto para parar un (mal) rato junto a esta superviviente.









