Crónica de la proyección en el 30 aniversario de Mil gritos tiene la noche

Ayer, con razón del 30 aniversario de Mil gritos tiene la noche, El buque maldito realizó una proyección de Mil gritos tiene la noche a la que asistió una de sus actrices, May Heatherly, y donde también estuvo Cine maldito para cubrir el evento. Así, tras una escueta presentación donde la actriz dirigió unas escasas palabras al público allí presente entre las que destacaron que ese iba a ser su primer visionado de la película, la proyección dió comienzo en una sala abarrotada y con mucha predisposición a pasarlo bien.

Dirigida por Juan Piquer Simón, autor de otros títulos de Fantaterror español como Slugs, muerte viscosa o La grieta, Mil gritos tiene la noche se sitúa como el primer ‹slasher› rodado en terreno patrio. Eso sí, con la particularidad de que fue rodada en inglés y que en su reparto se podían encontrar caras como las de Christopher George (Miedo en la ciudad de los muertos vivientes), Lynda Day George (El día de los animales) o Edmund Purdom (Terror sin límite), hecho este que no era tan extraño si tenemos en cuenta que buena parte de la producción patria de cine de terror de la época se acogía a esos preceptos. También podemos encontrar en el reparto nombres patrios de entre los que destacan el mítico Frank Braña (Perros callejeros) y el joven Ian Sera (Fanny “Pelopaja”), que daría vida al protagonista de la cinta.

Alejándonos de detalles técnicos, en su arranque ya se dejan entrever algunas constantes del ‹giallo› italiano (detalle que no es extraño si tenemos en cuenta que en el guión estuvo Joe D’Amato), y ya sea por ese infante traumatizado —o más bien “psicotizado”— por una muerte escabrosa (que bien nos podría retrotraer al Rojo oscuro de Dario Argento), o por la tesitura de ese asesino engalanado con guantes negros y gabardina que actúa con una contundencia muy ligada al policial italiano que popularizaron Mario Bava y Dario Argento, Mil gritos tiene la noche puede llevar a equívocos ya que, lejos de esas constantes “giallescas”, no hay mucho más y nos topamos más bien con uno de esos ‹slashers› tipo donde, a raíz de una muerte, se empezarán a suceder asesinatos en un mismo lugar (en este caso, una universidad), lo que desembocará en una investigación que, en el caso del film de Juan Piquer Simón, tiene más bien poco de ortodoxa. Quizá ahí es donde comienzan los problemas de una cinta que a nivel de guión posee un desarrollo ínfimo, pues más allá de algún que otro diálogo ciertamente difícil de encajar, relaciones como las del detective con el protagonista no terminan de estar lo suficientemente bien trabajadas como para que el espectador pueda concederle el beneficio de la duda a esa extraña relación que el propio detective parece iniciar de modo un tanto atípico, pues se sucede tras declarar a Kendall como uno de los posibles culpables de los primeros asesinatos acontecidos.

Ante un libreto que incluso reproduce secuencias del más extraño bizarro que traspasan peligrosamente la línea del ridículo (la del profesor de judo, la del amigo con la máscara…), uno debe esperar como mínimo cierta inventiva en la reproducción de esos asesinatos que el cineasta español va dejando caer uno tras otro de modo un tanto rutinario, como si hubiese algún tipo de prisa en dar finiquito a esas escenas o, simplemente, no confiase en ellas como sustento de un trabajo con destellos de un humor bastante cafre y un juego de falsos culpables que funciona en cierto modo, con gracia, pese a las evidentes pistas que se van introduciendo cada vez con menos meticulosidad en la escena.

Pero ya sea porque lo importante de una cinta como Mil gritos tiene la noche no era descubrir quien era o no el asesino, o porque Piquer Simón prefiere recurrir a un pragmatismo no exento de ciertos detalles de la casquería más contundente, la cinta se sigue desarrollando con interés por ver como se desarrolla ese particular juego en escenas concebidas para ofrecer un sello personal a un trabajo que, paradójicamente, lo acaba obteniendo en su segunda mitad. Es a partir de esos instantes cuando asistimos a dos secuencias magníficamente rodadas (probablemente, lo mejor de toda la película), que saben sostener el tempo con una frialdad digna de elogio, se funden con el empleo de una banda sonora que en ellas sí funciona perfectamente (al final, el tema principal y su reiterativa tonadilla terminan resultando agotadores) y culminan con la reproducción de un crímen que, además de poseer recursos visuales más que suficientes, también poseen esa inventiva tan necesaria (e inexistente) en los primeros compases del film.

Finalmente, todo se resuelve con otra artimaña de un guión olvidable, pero que culmina con una secuencia final donde Piquer Simón se destapa definitivamente y demuestra que en Mil gritos tiene la noche lo esencial no está en su historia, ni siquiera en sus engranajes, sino más bien en un destape al que el director sabe recurrir con maña y a una casquería que se reproduce con secuencias más espeluznantes por su propia constitución que por un resultado final que probablemente el cineasta español no pudiese reproducir debido al presupuesto, pero sin embargo están bien reemplazadas por un ingenio que demuestra saber levantar una cinta que sólo podía ser rescatada por los flancos que precisamente ataca Piquer Simón, y que la han convertido en lo que es hoy: un referente patrio de la que se ha llegado a beber más de lo que pudiera parecer y que hace de la primera incursión española en el ‹slasher› algo más digno de lo que a simple vista pudiera parecer.

Tras una proyección donde se sucedieron las risas, los comentarios, y que estuvo marcada por un caluroso ambiente así como la decisión de reproducir el film doblado (hecho este que quizá le añade esa involuntariedad cómica que, más allá del guión, se respira en el film en determinados momentos), le tocaba el turno a May Heatherly, aunque desafortunadamente, y por exigencias del guión, ya no pudimos estar allí. Eso sí, esperemos que la próxima vez haya más y mejor, pues siempre es de agradecer la reivindicación de este tipo de cine con el que, pese a haber marcado precedentes, ya no parece contarse aunque hoy en día el panorama del cine de terror (y, especialmente, del ‹slasher›) sea uno de los más recurrentes en la industria del cine.

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