Krzysztof Zanussi… a examen

Krzysztof Zanussi fue uno de esos nombres que engalanaron con letras de oro el cine polaco de los años setenta y ochenta. Superviviente de una generación irrepetible, su cine no es apto para todos los estómagos. Y no porque sus imágenes o historias generen repulsión, sino por su estilo eminentemente empírico y filosófico. Y es que el Zanussi además de cineasta es un reconocido filósofo y matemático, hecho que queda patente en los guiones de sus tramas, siempre marcados por un aura trascendental y metafísica que deja marcada a fuego el alma de quien se deje conquistar por el peculiar estilo narrativo ejercido con mano maestra por el autor polaco.

Quizás el hecho que caracteriza a los filmes realizados por Zanussi sea su fascinación por tratar de hallar una explicación al sentido de la vida a través de la formulación de complejas hipótesis deductivas, hipótesis que no siempre encuentran una respuesta a tan complicada pregunta. La soledad experimentada por quien se plantea estas cuestiones también está presente en las historias de este cineasta, así como afrontar de frente los misterios que encierra la muerte, una sombra que suele acompañar con total naturalidad a los personajes esbozados por la privilegiada mente del polaco.

Asimismo, si bien Zanussi no es un cineasta puramente político, si que se observa un retrato crítico y bastante pesimista de las corrupciones e incoherencias existentes en la Polonia comunista de los setenta y ochenta, radiografiando a través de metáforas implementadas en medio de los enredos por los que discurren sus personajes la peste y descomposición practicada por los burócratas y simpatizantes del régimen comunista (etapa más creativa y de mayor esplendor de Zanussi), dejando tras de sí esa sensación de opresión y carencia de libertad que sufría la mayor parte de la sociedad polaca.

De entre las muchas películas que me fascinan de la magnífica y honesta filmografía que adorna la carrera cinematográfica del maestro, creo que El factor constante es una de las piezas que mejor describen su forma de entender el séptimo arte. Si bien, la primera película que pude ver de Zanussi fue La estructura de cristal, otra de sus obras clave, ésta es a mi gusto una película tan magistral como primeriza, de esas que dejaban claro que detrás de la cámara había alguien que iba a llegar lejos en esta profesión, poseedor de un método único e irrenunciable, pero que en mi opinión aún dejaba en la superficie todo el arsenal filosófico y metafórico que posteriormente se iría robusteciendo con el paso de los años en la carrera de Zanussi. Es por ello que he elegido esta otra película, igualmente magistral e imperecedera, para protagonizar esta sección semanal que repasa a través de una película maldita y emblemática la trayectoria del director de la semana.

También la he elegido porque es una película que me toca muy de cerca. Una de esas cintas que duele recordar. Y digo recordar porque he sido incapaz de volverla a ver por temor a acabar devastado por su grafía y ética, pues los hechos narrados por Zanussi se me hacen demasiado familiares y dolorosos. Estas son las películas que jamás pasarán de moda. Aquellas que tocan temas universales que afectan al ser humano desde los albores del alumbramiento de nuestra especie. Aquellas que saben afectar los sentimientos y emociones del espectador, haciéndole partícipe de las miserias y bondades que atraviesan los personajes del relato.

Aquí Zanussi nos narra la historia de un joven polaco llamado Witold (Tadeusz Bradecki) que empieza a recorrer los caminos de la madurez debiendo superar dos traumas, uno pasado y otro presente. Ambos dolorosos y plagados de martirio y sufrimiento. El pasado consiste en el recuerdo de su padre, un alpinista que falleció en una expedición llevada a cabo en los años sesenta en el Himalaya y que dejó huérfano a Witold cuando éste solo era un infante. El presente radica en la enfermedad incurable que padece la madre de Witold, la persona que crió y enseñó los misterios de la vida al joven Witold y que ahora se enfrenta a un destino fatal e imposible de salvar.

En medio de este viaje, Witold despertará a la vida entrando a formar parte de una empresa multinacional polaca que le permite visitar a destinos remotos como India y así poder tocar con la punta de los dedos su deseo de superar el reto que le atormenta: poder vencer a esos picos del Himalaya que se tragaron el alma y cuerpo de su progenitor. Todos estos anhelos irán disipándose poco a poco, y sin que Witold casi pueda percibirlo. Primero con el fallecimiento de su madre, presa de una administración burocrática que ofrece cuidados paliativos a cambio de sobornos, dejando al enfermo a su libre tortura si no hay dinero negro de por medio. Segundo, con el choque que se producirá entre Witold y su superior, un hombre corrupto, sombrío, renegado y déspota que hará caer en desgracia a Witold en la empresa donde trabaja. Finalmente, por esa carencia de libertad y opresión que se deja sentir en el ambiente de la Polonia de finales de los setenta. Un país frío, congelado por sus tormentos pasados, triste merced a sus calles desangeladas y ausentes de cualquier calor humano. Un nación presa de su desgracia que en lugar de aplicar la solidaridad, ejecuta la tiranía y el despotismo contra sus ciudadanos y semejantes. Un factor que permanece constante haciendo variar la miseria y el vacío en un sentido directamente proporcional.

El factor constante es una película dura y muy amarga. Una cinta que ofrece un retrato cristalino de la caída a los infiernos de un joven cuyas aspiraciones de libertad y crecimiento se ven abocadas a un pozo negro, del que resulta imposible escapar, de una forma escalofriante. Pues no se observa que nadie dé un empujón a Witold hacia ese pozo en el que acaba atrapado. Ya que Witold acaba cayendo al mismo por su propio peso. A través de una mano invisible e imperceptible que termina derrotando a todo joven con ganas de salir adelante y acabar con los martirios que lleva en su mochila. Es la historia de como la pasión juvenil acaba siendo devorada por Saturno de forma natural, mediante el ejercicio de un poder omnisciente que brota desde todos los puntos existentes en la estructura social polaca.

Y Zanussi no se puso ningún tipo de censura para describir el llanto de toda una generación agotada y desfallecida ante la falta de expectativas y oportunidades que ofrendaba la nación polaca administrada por el comunismo. Mostrando con toda serenidad las paradojas morales existentes. También las flores esquizoides de unos jóvenes que miraban con envidia a los países occidentales, pero que igualmente sentían que esta mirada podría suponer una traición a sus raíces carcomidas por los sufrimientos vividos durante la II Guerra Mundial. Y como toda buena película de Zanussi aquí también se siente su filosofía marcada a través de la esperanza de Witold de ir al Himalaya a escalar esa montaña que mató a su padre. Una alegoría (la montaña como fin y reto de libertad del hombre capaz de vencer a la naturaleza) que será bruscamente quebrada por la abrupta y terrible escena final con la que culmina la cinta, una imagen que demuestra que las montañas más insalvables son las que atraviesa el hombre en su triste realidad ajena a la esfera de los sueños inalcanzables.

Recuerdo que cuando acabé de ver El factor constante, hace aproximadamente 3-4 años, yo estaba en una situación personal muy compleja y cercana a la experimentada por el protagonista de la historia. Como él, fui huérfano de padre a muy temprana edad, teniendo que luchar contra el trauma que ello supone. También estaba pasando por la experiencia de ver consumirse a la persona que me crió y supo hacerme madurar. Si bien yo aún tenía la esperanza que el final de mi realidad fuera diferente al que rubricó Zanussi para Witold y su madre. Sin embargo, el final real fue igual que el de ficción. Para mi suerte, el destino que me esperaba después fue radicalmente diferente al que le esperaba a Witold. Quizás, porque tenía en mente esta película, y que sabía que no podía acometer los mismos pasos que Witold, debiendo despojarme de mis traumas, sin olvidar nunca de donde vengo.

Estas enseñanzas filosóficas son las que hacen que el cine merezca la pena no solo como medio de entretenimiento sino como instrumento de filosofía. El factor constante es por ello una película importante para mí. Una obra empapada de aflicción y angustia existencial. Una película que ofrece un tono muy similar a las películas que Kieslowski rodó en los ochenta. Una oda acerca del calvario y suplicio por el que transita un alma limpia y bondadosa que simplemente aspira a ser feliz sin dañar a los demás que será aniquilada por los avatares del destino y por una sociedad impía donde la única manera de sobrevivir es el soborno y el culto al poder. Toda una pieza esencial que contiene los mejores ingredientes del cine de Zanussi.

Un comentario en «Krzysztof Zanussi… a examen»

  1. Excelente tu crítica a » el factor constante» Una maravilla como analizas esa extraordinaria pelicula de Zanussi. Yo la vi ( al igual q otras de él) cuando se estrenó aquí (era entonces una persona joven ) y quedé totalmente impactada por todo lo que aborda ( temática, estética etc)como muy bien señalas vos. Saludos Ana

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