Good Luck (Ben Russell)

Si bien Good Luck ha destacado como una de las películas más aclamadas por la crítica que ha asistido al Festival de Locarno, la misma se ha ido de vacío en lo que a galardones se refiere. Quizás el punto débil de este fascinante documental sea su dualidad. Filmado en 16 mm y fragmentado en dos partes muy diferenciadas la una de la otra. Podemos afirmar que Russell ha moldeado un conglomerado formado por dos películas distintas que muy bien podrían haber derivado en dos films absolutamente independientes. Este hecho genera, en mi opinión, una sensación fallida. Porque igualmente el interés que despierta ambos segmentos resulta radicalmente encontrado. Una primera parte hipnótica, magnética, asfixiante y magistral. Tremenda. De obra maestra. Y una segunda más convencional y plana que no aporta nada al envoltorio de una primera hora que se queda grabada en la memoria.

Ben Russell, un prestigioso documentalista norteamericano afincado en Surinam, arranca muy fuerte su propuesta. Empleando un estilo muy propio e identificable con su autor. Basándose en el silencio y en unos portentosos planos secuencia que quitan el hipo. Así, un plano fijo y silente mostrará el contorno de unas montañas sitas en Serbia donde se ubica una mina de cobre propiedad del Estado balcánico. La cámara se halla en las ruinas de una especie de chamizo del que surgirá una banda de música que compondrá una crepuscular melodía. Al acabar la función, uno de los músicos reflexionará sobre los cambios ligados al paso del tiempo así como de la decadencia que parece apresar al desértico lugar que habita. Acto seguido la cámara se asentará en los vientres de la mina. Captando a través de varios planos fijos de en torno a dos minutos de duración los rostros de los mineros que laboran en sus profundidades. Rostros claros, contundentes, serenos, ascéticos, estables y duros fotografiados en blanco y negro y manchados por unas intencionadas marcas de acetato que otorgan a la imagen una señal pretérita. Las tomas de las caras de los protagonistas anónimos servirán a Russell para introducir unas transiciones de montaje que separan las escenas pintadas con su cámara. Este vector como he comentado se eleva como prodigioso. La cámara de Russell adoptará la figura de un minero más, introduciéndonos en su forma de vida y trabajo de un modo enigmático que funciona.

En este sentido un plano secuencia en el que no aparecerá ningún tipo de diálogo seguirá los pasos de un grupo de mineros que caminan con dirección al ascensor que los transportará a las diversas galerías de la mina de cobre. Sin mediar palabra y gracias a un plano secuencia de unos veinte minutos de duración en el que no se atisba corte alguno, Russell mutará en un minero más. Escoltando a sus compañeros. Montando en el montacargas que viajará hacia las profundidades de la tierra. Como si de una película de ciencia ficción apocalíptica se tratase, poco a poco, a medida que el elevador baja a velocidad de vértigo, la sensación de agobio y la claustrofobia se irá apoderando del espectador. La imagen se oscurecerá. Alumbrada con la tenue luz de las linternas sitas en los cascos de los mineros. Descenderemos con una cuadrilla de veteranos trabajadores a una galería oscura. La luz se apagará. En algunos minutos la pantalla será un espacio negro en el que solo se escuchan los pasos de los camaradas. El aire empieza a escasear. La incomodidad a acrecentarse. Russell lo ha logrado. Nos ha mostrado las rígidas condiciones ambientales que cortejan a los profesionales de la minería.

Las escenas insertadas a continuación resultarán asimismo increíbles. Observaremos a un par de mineros trabajar una pared con un poderoso taladro. El ruido emergerá como ensordecedor obligando a taparnos los oídos. También contemplaremos a un joven machacar con un martillo manual una pared, terminando exhausto empapado de sudor como expone el primerísimo plano de su rostro captado por Russell. Y a continuación, tras estos actos de trabajo cotidiano, la cámara se asentará en un lugar de asueto y reposo. Ofrecerá una imagen poética e idílica. La de los mineros conversando sobre sus familias y pequeños hechos sin importancia. Acerca de la televisión, insertando algún comentario político. Hombres recios a los que no parece afectar nada. Que han asumido la aspereza de su quehacer diario. A los que ya no les da miedo nada. ¿Quién podría trabajar en una mina con miedo? Estampas a las que ya no les ilusiona la esperanza de un futuro mejor, puesto que el presente ha absorbido cualquier conato de fe. Y tras estas pequeñas reflexiones (uno de los puntos magistrales del film), la cámara volverá a levantarse para iniciar otra vez la rutina. De nuevo partiendo de demoledores planos secuencia muy alargados y compactos. La técnica utilizada por el director americano es inflexible. Plano secuencia tras plano secuencia, creando así un espacio temporal inapelable y parsimonioso. De modo que sin que nos demos cuenta, habrá pasado una hora finalizando esta primera parte. Un capítulo que parecerá rodado en tiempo real. En una única jornada en la que hemos experimentado el dolor y la pasión del trabajo minero.

Así se iniciará la segunda parte. De un modo abrupto. Con un plano que pintará a un buscador de oro furtivo acicalado con un detector de metales que recorre los montes y paisajes de la jungla de Surinam. En este tramo viajaremos hacia una ilegal mina de oro llamada Kiiki Neigi. A diferencia de su compañera de trayecto, aquí no seremos partícipes de la vida en un mundo subterráneo y desconocido. Sino en un universo terrenal a ras de suelo, pero escondido de las miradas controladoras de policías y gobernantes. La luminosidad que aporta el paisaje natural del entorno alumbrará nuestros sentidos. Y el estilo empleado por Russell se transformará. Los interminables planos secuencia serán demolidos. Aquí la cámara se mueve mucho más juguetona. Empalmando planos más cortos y condensados en el tiempo. Conjugando la técnica cinematográfica clásica derivada del plano contraplano, que tejerá como un minúsculo grupo de trabajadores drenarán con la ayuda de un rústico motor una charca con la confianza de hallar oro en su fondo. El trabajo será más anárquico. Menos sujeto a normas y procedimientos reglados. También se incluirán esos planos fijos de la tez de los trabajadores captadas en blanco y negro. En este sentido mucho más espontáneas, juveniles y risueñas que la de sus colegas serbios. Igualmente seremos partícipes de los juegos de los mineros. Divirtiéndose dando patadas a un balón o toqueteando una consola. O simplemente caminando entre los árboles y senderos de la selva. El silencio será marca de la casa. Solo empañado por esas conversaciones de tasca dialogadas al final del día que nos descubrirán a unos jóvenes convertidos en viejos. Pero que sí tienen sueños. Con la ilusión de dar estudios a sus hijos para que no tengan que sufrir el calvario de sus progenitores. Con la esperanza de huir de un hábitat hostil que endurece el alma. De la soledad del aventurero. Y con buen humor. Soltando de vez en cuando unas risas tímidas pero verdaderas. Cantando canciones tradicionales cuando el trabajo ha dado sus frutos.

El punto menos atrayente de este segmento es su estilo más convencional. La descripción del trabajo mediante pequeños planos cortados súbitamente quita esa sensación de agobio conseguida en el primer tramo. También el hecho de no saber exprimir todo el jugo que otorga la apuesta por la evocación de la existencia en tiempo real. Aquí hay tres jornadas claramente delineadas por sus días y noches. El contenido laboral descrito decae al ser menos fascinante y más rutinario. En este sentido, conforme avanza el metraje se iza una impresión plana que no parece aportar nada nuevo. Solamente la de representar la prueba de los efectos que el paso del tiempo, la monotonía, la incomunicación y el territorio inhumano infiere en el alma humana.

Esto es Good Luck. Una travesía a través de dos zonas opuestas una de la otra pero vinculadas por el espíritu de unos hombres que no temen a nada, ni siquiera al combate directo con la naturaleza. Sótano versus pasillo. Encierro versus libertad. Asfixia versus oxígeno. Vista lunar versus selva arbolaria. Blanco versus negro. Soledad con soledad. Resistencia con resistencia. Desengaño con desengaño. Toda una pieza de arte y ensayo que seguro disfrutarán aquellos que deseen dejarse llevar por las poderosas y formidables imágenes coloreadas por Ben Russell.



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