Forastera (Lucía Aleñar Iglesias)

Antonia y su familia pasan las vacaciones de verano en la casa del pueblo de su abuelo en Mallorca. Se trata de un hombre de edad que no demuestra interés por lo que le rodea salvo cuando se trata de su esposa, ya fallecida. Su nieta adolescente parece recrear inconscientemente tanto gestos y expresiones como similitudes en su voz que en ocasiones recuerdan a su abuela para los demás. Un vestido rojo, un perfume y una pose delante del espejo son suficientes para confirmar ese vínculo, más allá de la muerte, con su memoria. Esa memoria invoca el pasado en Forastera (Lucía Aleñar Iglesias, 2020) a través de la construcción de una extraña relación entre nieta y abuelo, en la que el juego de la mímesis por parte de ella con la ausente se carga de ambigüedad por momentos —e insinúa, quizá, la posible existencia de un elemento de origen sobrenatural en el relato—. La directora fija de fondo el paso del tiempo y cierta bidireccionalidad en la influencia de nuestro legado como motivo recurrente, que transmite con sus planos sostenidos y lentos zooms, abriendo o cerrando el encuadre sobre la joven actriz Zoe Stein.

Hay tanto de nosotros en nuestros antepasados como de ellos en nosotros mismos. Su reconocimiento forma parte del desarrollo de la identidad —influida por la crianza y la educación, pero también por ambientes, personas y lugares preexistentes—. Aleñar revisita, eludiendo la mitificación, esos lapsos de transcurso del tiempo de la adolescencia enmarcados en la calidez de una atmósfera densa típicamente estival y los rayos del sol bañando los cuerpos y los rostros. El paisaje, la naturaleza, el agua y la despreocupación por el mañana. Ese contexto da pie a la introspección de Antonia mientras pasa el rato con sus amigos en el río o come sola en el jardín, incapaz de mantener una comunicación con un hombre mayor a cuya cotidianidad le falta lo más importante de su vida. La transformación deliberada de la protagonista busca un efecto en el otro que no espera para sí misma: la presencia de su abuela y de su pérdida se hacen corpóreos en ella cuando imita su forma de hablar mientras acompaña a su abuelo realizando las tareas domésticas o echando la siesta. En los pequeños detalles de la rutina y en los antiguos espacios Antonia también recupera a su abuela y su recuerdo.

Apoyada en su actriz y su expresiva mirada, la perspectiva de la directora provee a sus imágenes de una extraña delicadeza y sensibilidad. La inocencia de Antonia en su juego explicita también los límites éticos de su propuesta, que nunca transgrede. La belleza de la intimidad y la cercanía que se forjan entre dos generaciones y personas distantes —estableciendo lazos de afecto y complicidad imposibles bajo circunstancias normales— no se dejan arrastrar por el morbo de la emotividad o la muerte. Forastera se rinde a la celebración de la vida planteando mecanismos de lucha contra el olvido, la preservación de la identidad y la importancia de las relaciones con nuestro pasado a partir del reconocimiento del fuera de campo y los espectros que lo habitan, reapropiándose de ellos. Algo que se expresa visualmente de manera definitiva en una escena en la que nieta y abuelo van a alimentar a una pareja de burros de los que no hay ni rastro. Antonia resuelve la situación alentando hasta lo que puede la fantasía que ha fabricado. La búsqueda de esos animales —que se escapan a la percepción de ambos— se intuye como la ejemplificación de la clave de su narrativa. El silencio y el vacío que dejan los que no están se pueden siempre superar a través de las experiencias compartidas de quienes los sobreviven.

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