El Impostor (Bart Layton)

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Hagamos un pequeño ejercicio. Enumeremos las, por ejemplo, cinco frases más manidas que se nos puedan ocurrir. Entre las clásicas «no eres tú, soy yo», «te juro que es la primera vez que me pasa» o «te quiero, pero como amigo» seguro que se cuela la gran estrella, recurrente hasta el límite en los comentarios de sucesos estrambóticos: «la realidad supera a la ficción».

No soy muy aficionado a emplear frases hechas en el día a día, pero el caso de El Impostor ejemplifica a la perfección el «bigger than life» tomando como base una rocambolesca historia real sobre suplantación de identidades que derivará en terrenos más escabrosos e insospechados de la mano de la mentira, y jugando constantemente con qué es real y qué es fruto del engaño.

Si argumentalmente El Impostor se mueve entre esos dos mundos —realidad y falacia—, su director Bart Layton juega hábilmente con esta dicotomía a nivel formal. De este modo, la historia de Fréderic Bourdin cabalga a medio camino entre el biopic documental —emplea recursos de archivo, entrevistas…— y la ficción más clásica, utilizando la reconstrucción de pasajes de la historia del protagonista con actores y una planificación digna de cualquier thriller al uso. Así, Layton consigue de manera acertadísima transmitir las dudas y las máscaras de los personajes al espectador por medio del lenguaje. ¿Es en serio real todo lo que nos están contando?

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Esta gran virtud formal de mezclar narrativas que posee el filme puede resultar incómoda de buenas a primeras. Los compases iniciales de El Impostor consiguen desconcertar y hacernos dudar de la verosimilitud de los eventos que se narran —cosa que, por ejemplo en Catfish, no sucede tan patentemente— por la manera tan poco orgánica de traducirse en pantalla. Por suerte, esta sensación se diluye de manera progresiva gracias a la brillante gestión de la intriga, brindándola con un goteo constante que, conforme las revelaciones van teniendo lugar, logra que las mandíbulas del respetable se vayan desencajando progresivamente.

Pensándolo fríamente, pocas cosas malas puedo decir sobre El Impostor y su fantástico juego de máscaras. El limbo genérico en el que se encuentra —su base es la del documental, pero su espíritu es el del thriller de intriga más enrevesado— resulta de lo más atractivo; los actores cumplen a la perfección sus roles, encabezados por el debutante Adam O’Brian en el papel de Bourdin —que le ha otorgado varios premios y nominaciones—; y la historia resulta lo suficientemente atrayente como para que la cinta cobre interés por si sola e impida que dejemos de prestar atención por un sólo segundo. Todo son virtudes.

¿Quieren ver un documental impactante, manipulador y cuyo desarrollo les vaya dejando cada vez más y más boquiabiertos? Vean El Impostor. ¿Quieren ver un thriller intenso, hábil, repleto de intriga y que nada tiene que envidiar a sus competidores de más renombre dentro del género? Vean El Impostor.

Pocas veces habrán disfrutado tanto siendo engañados —o no— dentro o fuera de una sala de cine.

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