El camino – Yol (Yilmaz Güney, Serif Gören)

Al impacto que genera la revisión de una obra tan dolorosa y compleja como es Yol , cinta ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes, hay que sumar la presencia al final de la película de unos títulos de crédito que lanzan un emocionante grito de agradecimiento a todos los participantes en la misma, títulos que profetizan la inmortalidad de los protagonistas y técnicos que hicieron posible la producción de la cinta mientras la película siga viva en la memoria de los cinéfilos que se atrevan a contemplar el sufrimiento que desprende esta obra. Este hecho tan singular es una clara muestra de que nos encontramos ante algo más que una simple película y del padecimiento que debieron soportar los profesionales que tomaron la valiente decisión de arriesgarse física, psíquica y políticamente para sacar adelante un proyecto que traspasaba los límites de la irrealidad cinematográfica para trascender sobre las fronteras de la propia vida.

Para comprender el significado de Yol es esencial acercarse a la biografía de su  alma mater y padre espiritual: el director, productor, actor y guionista turco Yilmaz Güney. Éste dirigió la película desde la cárcel, dando instrucciones desde la distancia a su colaborador Seif Gören, el cual se encargó de hacer el trabajo de regidor de campo hasta que el propio Güney logró evadirse de prisión y de Turquía para culminar el montaje y la producción de la cinta en Francia. ¿Quién fue Yilmaz Güney? Algunos críticos consideran a Güney el Clint Eastwood turco a colación de la re conversión que tuvo Güney, al igual que Eastwood, el cual dejó de ser un popular actor especializado en cine de género y acción para mutar en un cineasta de profundo activismo e intimidad a finales de los sesenta/principios de los setenta.

Cineasta comprometido, dice la leyenda que de etnia kurda, crítico, reformista, siempre del lado de los desfavorecidos y de las causas perdidas, revolucionario y marxista, su sensibilidad y beligerancia chocó contra el orden establecido en la Turquía de los setenta lo cual provocó que pasara buena parte de su vida en la cárcel. Así su primera estancia en prisión data de 1961 inducida por la realización de un corto tildado como subversivo por las autoridades turcas. Después de filmar la que es considerada su primera obra mayor (La esperanza -Umut-) fue encarcelado de nuevo tras dar cobijo a unos anarquistas y tras ser liberado en 1974, nuevamente dio con sus huesos en prisión acusado de asesinar a un juez tras una trifulca nocturna bajo los efectos del alcohol. Tras este suceso Güney permaneció de manera más o menos continuada en presidio dirigiendo sus obras en colaboración con otros cineastas como Serif Gören o Atif Yilmaz. Mientras acababa la filmación de Yol, Güney logró escapar de su cautiverio exiliándose en Francia, país en el que solo pudo residir un par de años ya que en 1984 el director kurdo/turco fallecía de un cáncer de estómago que aniquiló súbitamente a un joven y rebelde autor que iba a iniciar su carrera sin los muros opresores de la censura que imperaba en su patria de origen.

Tras esta breve aproximación a la personalidad del autor de la obra toca definir los límites y cualidades de esta obra cumbre del cine de los ochenta. ¿De qué va Yol? A grandes rasgos es una road movie existencialista que sigue los pasos de unos prisioneros, de identidades divergentes aunque más próximas de lo que parece intuirse en un primer momento, que gracias a una indulgencia penitenciaria gozarán de una semana de permiso para poder viajar a sus hogares de origen sitos en la región de Anatolia, lugar históricamente convulso morado por un crisol de etnias y testigo de los más sanguinarios genocidios, para reencontrarse con sus familias, las cuales prácticamente se han convertido en un ente extraño para los prisioneros dado el distanciamiento físico e incluso ético que ha generado la obligada separación. La ubicación de la historia en una región tan primitiva y áspera como es Anatolia logra el efecto de distanciar la mitificada idealización de modernidad y progresismo que el europeo ostenta de la Turquía circunscrita a la ciudad de Estambul.

Güney opta por dotar a su cinta de un salvaje realismo de fábrica, retratando con total naturalidad la forma de vida de la Turquía profunda, tradicional, supersticiosa y arcaica, poseedora edificios urbanísticos y humanos destartalados y obsoletos. Güney fotografía sin pudor a niños piojosos y desnutridos fumando como carreteros, plasma los odios viscerales que emergen de entre los componentes de una misma familia que no perdonan la afrenta de un acto de cobardía de consecuencias fatales protagonizado por uno de sus miembros, penetra en  sucios y lascivos  burdeles y denuncia la crueldad e intolerancia imperante en la Turquía presa de miedos y tradiciones que es habitada por lugareños de rostros curtidos por el trabajo rural y el odio racista en contra de las minorías revolucionarias tanto a nivel político como ideológico.

La película comienza con una extraña atmósfera carcelaria. Los carceleros —los cuales son descritos sin el habitual sentido crítico de otras cintas de Güney— cantan los nombres de los prisioneros que han tenido la suerte de recibir una epístola de sus familiares. Mientras esto sucede, la cámara se fija en una serie de reos que con nerviosismo y esperanza mantienen la expectativa de que el gobierno vuelva a conceder permisos penitenciarios para así poder visitar a sus familias. Dice la leyenda que Güney se granjeó la confianza de las autoridades turcas para lograr su cooperación en la filmación de la película, urdiendo el engaño de hacer creer a los mandos policiales y militares que iba a filmar una película indulgente con los métodos carcelarios turcos. Esta licencia inicial termina en el momento en que la magistratura concede la potestad de abandonar el arresto carcelario a cinco prisioneros, con la condición de que informen en todo momento de su ubicación a las autoridades responsables de su custodia. Una vez abandonada la vigilancia carcelaria los ex cautivos emprenderán en principio un esperanzador viaje de reencuentro consigo mismos y sus familias.

Lo que iba a ser un viaje placentero y alegre, poco a poco se va tornando en un desolador y amargo itinerario hacia ninguna parte, en el que el miedo, el desencanto y la insatisfacción ganan la partida a la primogénita ilusión. La acción se centra sobre todo en el éxodo de tres personajes: un prisionero político kurdo que anhela retornar a su país de origen para presenciar el avance de las legítimas reivindicaciones de los de su estirpe, un padre de familia que trata de recuperar el perdón de su mujer, hijos y familiares los cuales le culpan de provocar la muerte del hermano de su esposa tras participar ambos en la comisión de un robo en el que resultó muerto su cuñado  y por último el de un joven casado con una mujer acusada de prostitución que se verá obligado por su familia de sangre y política a buscar a su cónyuge para  limpiar el nombre de su linaje a través de la encomienda del más aberrante de los actos conforme mandan las tradiciones ancestrales arraigadas en el alma de la Turquía más primitiva.

Las rejas físicas de la cárcel que inicialmente habitaban los protagonistas se muestran como un espacio en el que cabe más libertad y alegría que en la sociedad despojada de rejas físicas, pero ataviada de rejas in-habilitadoras de libertad más agónicas que las de las prisiones turcas: las de la intolerancia y la brutalidad extrema, que igualmente impiden a los ciudadanos moverse con libertad por los campos y ciudades desprovistos de verjas, pero gobernados por tales inmoralidades.

Los trayectos vitales que expone la cinta sirven a Güney para dibujar la opresión reinante en la sociedad turca en tres esferas diferentes: la violencia política profesada en contra de los kurdos, el trato degradante e insensible al que están sometidas las mujeres las cuales carecen de posibilidad de perdón ante el machismo y la demolición de las relaciones familiares progresistas y humanas motivada por el odio y la incomprensión de los miembros más insolidarios y recalcitrantes del ente doméstico. Anatolia aparece como una población ofuscada en sus propias tradiciones e incapaz de iluminar el futuro con la luz de la compasión y el humanismo.

Película poética que atiende una activa denuncia en contra de las injusticias aceptadas por gran parte de la población y que añade a su excelente dialéctica y guión una impecable factura técnica. En primer lugar hay que resaltar la genial música intimista que hipnotiza y engrandece las escenas de mayor intensidad sentimental. Del mismo modo la cinta es fotográficamente espectacular y diversa: en los primeros compases nos deleitaremos con fastuosas tomas en tren de los campos abiertos de Anatolia. En la siguiente parada nuestra atención se fijará en ciudades pobladas de harapientos niños de etnia kurda, mujeres ataviadas con y sin pañuelo musulmán, sobrepobladas de coches y suciedad gracias al empleo de tomas cenitales en las que se da rienda suelta a la improvisación impostada de los actores con los paseantes reales al más puro estilo de la «Nouvelle Vague». Finalmente la película culmina con una bellísima exposición pictórica de parajes nevados, agrestes y montañosos en los que el cámara consigue inducir espejismos fotográficos aprovechando las níveas brumas del paisaje culminada con una feroz congelación de un inocente personaje que agrietará un poco más el frío corazón del inductor de este vergonzoso acto.

Sin duda Yol debe ser una película de cabecera para los amantes del cine realista, nihilista,  pesimista y severamente atroz. Su aparente frialdad y sobriedad encierra una feroz declaración en favor de la justicia y la dignidad. Se trata de una película triste y amarga. Si consigue captar la atención del público desde el primer momento, el espectador embaucado por ella correrá serio peligro de terminar el visionado de la cinta con una sensación de vacío interior y abatimiento del que puede ser complicado librarse. Este es un riesgo que merece la pena correr. ¿O es que solo nos gusta sufrir con Michael Haneke y su Amor? Mi recomendación es que acudan a la cita que les propone Yilmaz Güney con la mente en blanco y sin dejar que mis sensaciones y palabrería les contamine su entrevista con esta obra maestra del cine mundial que seguro no les dejará indiferentes.

9 comentarios en «El camino – Yol (Yilmaz Güney, Serif Gören)»

  1. Con relación a la reseña de Yol, El Camino, con la coincido plenamente, es de juzgado de guardia que en nuestro pais nadie la haya editado en DVD con unos subtitulos en castellano.

  2. Quiero verla en francés o español no lo encuentro …como sera posible. Excelente tu critica, no hay otra manera de ver esta tremenda obra magistral, que con los sentimientos y todos los sentidos. gracias

    1. Hola. Creo que en español no se ha llegado a editar la película. Por ejemplo, en España ni siquiera está lanzada en DVD o Blueray, algo incomprensible para una película de esta categoría. Gracias por tus palabras. Sin duda, El camino es una de esas películas que marcan para siempre una vez vistas. Un abrazo.

    1. En circuitos comerciales es una quimera localizarla. En amazon hay un DVD pero con subtítulos en francés, o sea, que si no aprendemos la lengua de Moliere, imposible visualizarla por medios legales. Esperemos que alguien apueste por recuperar esta obra maestra para no tener que esperar a reposiciones en filmotecas. Siempre queda la única opción que nos dejan en estos casos tan flagrantes: acudir a otros circuitos alternativos. Un abrazo.

  3. No es complicada conseguirla con subtítulos en español, editada no está pero se encuentra por la red. Esta peli tiene un gran doblaje en castellano, lo mejor es localizar el vhs de la época, que m,antenía dicho doblaje y ripearlo a CD… es lo que yo hice.

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