El balcón de las mujeres (Emil Ben-Shimon)

En un barrio antiguo de Jerusalén, las visitas a la sinagoga de sus vecinos, cada semana, son un acontecimiento. Todos se visten de gala y llevan cazuelas con comida para compartir juntos la festividad. No importan los olvidos de última hora de algunos fieles. Tampoco que las mujeres deban ocupar un altillo precario, desde el cual observan la ceremonia, segregadas de sus compañeros masculinos. Hasta el día en que el balcón postizo cede por el peso de las ocupantes y cae sobre el piso inferior.

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El punto de partida para el primer largometraje dirigido por Emil Ben-Shimon muestra un planteamiento que pide un drama a voces, pero escoge la comedia como tono y género, al menos en apariencia. La razón de esta mezcla es el principio del film, una secuencia en la que la luminosidad, el colorido de los vestidos, los trajes del grupo de vecinos y amigos que se dirigen al templo para recitar en armonía las oraciones. La sucesión de personajes que se van uniendo en el recorrido por la calle, está bien punteada por la banda sonora musical. Son momentos en los que se presentan con breves pinceladas los rasgos característicos de las mujeres y hombres, su situación personal, además de sus relaciones. El quiebro viene marcado con la incorporación de David, un rabino ortodoxo partidario de la separación de sexos en los oficios, bueno, más bien a la desaparición total de la mujer, en esa actividad religiosa. La apariencia educada, segura y bondadosa del sujeto lo convierte en un malvado de manual que resulta desproporcionado con el propósito humorístico de la cinta. De este modo las situaciones progresistas que se plantean sobre la integración de ellas en la comunidad sagrada, choca con un tratamiento más propio del drama mafioso, que de la comedia costumbrista.

En la actualidad podemos ser conscientes de un crecimiento de la comedia coyuntural, esto es, de una variante que se extiende por la cinematografía de varios países, más atenta al desarrollo de tramas que surgen de una situación social contemporánea e inmediata. Para situarnos en esta premisa podemos comparar ejemplos norteamericanos como El becario de Nancy Meyers y, por repetitivo que resulte, Los becarios de Shawn Levy. En Europa los modelos se encuentran a montones. Podrían servir la variante de chistes regionales como las de Bienvenidos al Norte, Bienvenidos al Sur, Bienvenidos a Grecia y el díptico —por ahora— de Ocho apellidos vascos y su secuela. Es una comedia válida como entretenimiento en determinadas situaciones y diálogos, pero que tal vez envejezca pronto.

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Esta subtemática de la risa más preocupada por la idiosincrasia, la actualidad y el localismo, traiciona la vocación de universalidad y lo atemporal que permanecen en las buenas comedias clásicas. Porque si regresamos a ellos, a los clásicos, en el caso de Berlanga partía de sucesos muy ubicados en la posguerra y la segunda República española, acotada en ambientes provincianos como pueden ser esa playa norteña de Novio a la vista o ese pueblo entregado de ¡Bienvenido Míster Marshall!. Pero el reparto coral en plena sintonía, sumado a una ironía que se ha ido transformando en mensaje o denuncia, según la década en la que hayamos revisado las dos obras, convierten en comedias globales a dos trabajos comerciales de su época. Lo mismo que sucede con los largometrajes de Billy Wilder, por citar a otro canon del género que planteaba la denuncia desde la inconsciencia de la carcajada.

Tras este largo paréntesis, volvamos al film para dejar claro que, aunque El balcón de las mujeres discurra por terrenos propios del sainete y la comedia amable, que se beneficia más de las escenas que se desarrollan con la aparición de las mujeres, mucho más afinadas, inteligentes y propicias a crear situaciones de humor, que los inoperantes maridos o el ladino David. Un contraste entre la comedia y el drama en el que vence una visión machista que no castiga cierto extremismo religioso, ni la resignación femenina. Resulta más interesante ser testigos de una historia narrada en un país como Israel, en pleno siglo veintiuno, con la consistencia formal de un teleobjetivo que reencuadra a una comunidad detenida en el tiempo, enmarcada en una zona hebrea que parece congelada también en el pasado. Con destellos al fondo del plano de vehículos, edificios modernos y figurantes vestidos con ropas actuales. O esa secuencia de amor nocturna, una visión limitada por el horizonte de un muro que rodea la ciudad y nos recuerda dónde viven los personajes.

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