Safari (Ulrich Seidl)

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El austriaco Ulrich Seidl tiene una experiencia dilatada en el documental (de hecho, salvo seis largometrajes de ficción, el resto de su filmografía pertenece a ese género) con títulos en los que cuesta discernir si todo lo que aparece en pantalla es real, otorgando una narrativa similar a sus proyectos supuestamente documentales y a los de ficción. Debido a lo absurdo de algunos comentarios de sus peculiares protagonistas, estos filmes parecen coquetear con la ficción, aunque creo recordar haberle escuchado comentar en alguna entrevista la gran duda que surge tras visionarlos, que no interfiere en lo que aparece en pantalla, si obviamos sus simpáticos y artificiales posados acompañados de ornamentos visuales y estilización estética. Su vertiente documental se preocupa de los mismos temas que aparecen en sus largos de ficción, la miseria moral, la alienación y la deshumanización de la sociedad europea, mostrando sin cortapisas los recovecos más siniestros de la psique humana mediante asuntos tan dispares como el intento de inserción en la sociedad de un enano (Einsvierzig),  la rutina de los vendedores de periódicos de Viena (Good News: Von Kolporteuren, toten Hunden und anderen Wienern), la exagerada devoción hacia las mascotas de un grupo esperpéntico de personas (Animal Love), las vicisitudes por las que pasan los habitantes de un pueblo fronterizo entre Austria y la república checa (Loss Is to Be Expected), los matrimonios por correspondencia entre austriacos y mujeres de Tailandia y Filipinas (The Last Real Men), la gente que está enganchada a los parques temáticos (Spass ohne Grenzen), el fanatismo religioso (Jesus, You Know ) o lo que acontece en las parcelas más íntimas del hogar de algunos austriacos (En el sótano).

Como sucede en la mayoría de sus trabajos alejados de la ficción, en Safari nos va presentando paulatinamente a un grupo de variopintos seres humanos. En esta ocasión centra su ácida mirada en los practicantes de esa disciplina tan discutible que es la caza mayor realizada como pasatiempos, desarrollada por turistas alemanes y austriacos (ayudados por guías nativos de la zona y expertos) durante sus vacaciones en Namibia, donde cazan cebras, impalas, antílopes, ñus, monos y jirafas, entre otros. Una actividad a la que ya había dado cobijo con los trofeos que atesora un matrimonio de ancianos (una pareja que vuelve a repetir aquí) en su anterior largometraje, el hilarante En el sótano. Seidl nos habla del poder que otorgan las armas, del racismo y el colonialismo (ya presentes en su anterior incursión en África con la primera película de su trilogía paradisíaca) que trae consigo la caza mayor. Los negros ayudan a localizar a las presas y dan consejos, pero no aparecen en el selfie final. Para ellos queda todo el trabajo sucio tras la muerte del animal, el transporte de sus cadáveres y su despiece. El director europeo utiliza una temática que podría considerarse antagónica respecto a su tratado sobre las mascotas de la inmensa Animal Love (su obra más incendiaria, rodada en 1996) ya que pasa de exponer el aprecio desmedido hacia los animales a centrarse en un grupo humano que demuestra un odio visceral hacia los mismos que deviene en violencia, aunque ninguno de ellos lo reconozca públicamente. Incluso osan efectuar comentarios cargados de cinismo sobre la belleza de las presas muertas, su valentía en lo que para ellos es una lucha justa, o la limpieza del disparo, como si ese nimio detalle disminuyese la barbarie de sus actos.

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Como suele ser habitual, el cineasta austriaco renuncia a aparecer en pantalla realizando preguntas y deja que sean los cazadores quienes se expresen en sus monólogos mirando directamente a la cámara, con sus característicos silencios entre frases cuando no están desarrollando su violenta pasión africana. El autor de Días perros, en todos sus trabajos documentales, muestra desde la distancia, mediante sus planos estáticos y con el sarcasmo por bandera en sus adulterados posados, sin pretender aleccionar ni dar discurso alguno, con una innata capacidad para extraer multitud de lecturas sobre la decadencia del ser humano en las situaciones más inverosímiles, dejando que seamos nosotros quienes saquemos nuestras propias conclusiones, aunque casi siempre (ya sea en ficción o documental) resulte evidente cuál es su punto de vista respecto al tema tratado. La gran novedad de esta incursión viene dada por la presencia de un tratamiento del montaje mucho más ágil y el uso de la cámara en mano, bastante nerviosa (al más puro estilo de los hermanos Dardenne) durante gran parte del metraje, concretamente en las partes que implican el desarrollo de la caza animal.

Safari está dividida en cuatro tipos de imágenes claramente diferenciadas, en los que utiliza diferentes tonos. Durante la mayor parte del metraje, el objetivo se detiene en el rostro de los cazadores, detallando sus reacciones ante la caída de la presa, obviando a los animales a los que observamos desde la lejanía hasta que los cazadores llegan a la pieza (así lo llaman ellos) caída, dotando a este peculiar trabajo de la tensión que suele caracterizar a los documentales televisivos de National Geographic y compañía sobre los animales depredadores acechando a sus víctimas. En sus personales tomas cargadas de simetría pone toda la carne en el asador de la sordidez y el humor siniestro en mostrar los ridículos adornos de la instalación donde ejecutan su sangrienta pasión mientras los cazadores posan mirando fijamente a la cámara o intentan justificar sus tropelías. En los divertidos posados convierte a sus humanos en figuras igual de inertes que las cabezas disecadas de los animales con los que comparten plano. En la parte más cruda del filme observamos a animales agonizando, siendo destripados, despellejados y deshuesados, no de un modo tan masivo ni desquiciante como en La sangre de las bestias de Georges Franju, pero resulta aún más doloroso porque en el filme francés (rodado en 1948) las vísceras eran atenuadas ligeramente por el uso del blanco y negro. Mención especial para una escena de las que perduran por su perturbación, las tropelías que hacen para arrancar el cuello de una jirafa abatida por la familia, de la cual también somos testigos cómo sus intestinos se inflan de un modo exagerado al ser despellejado, casi como si fuese un globo aerostático. En la filmografía de Seidl la violencia suele ser más psíquica que física, pero esta vez la casquería está presente en todo momento, aunque es en el epílogo cuando aparece de un modo más impactante.

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A pesar de ser una de sus obras de ficción con un ritmo más ágil y de las más variadas por los diferentes tipos de imágenes que proporciona, la cinta se resiente ligeramente del uso de un grupo de personajes más reducido que de costumbre y de una temática con menos chicha que en sus incursiones más mundanas, debido a la ausencia del sexo provocador y extravagante (marca de la casa) y del uso de un grupo humano con menos encanto obsceno. Lógicamente, debido a la idiosincrasia de la actividad de estos individuos que requiere de grandes cantidades de dinero, los cazadores poseen un estatus económico mucho más alto que la media habitual de los protagonistas de sus anteriores trabajos al margen de la ficción, en los que, aunque pertenezcan a diferentes estratos sociales, hay un predominio de los más marginales, que suelen comportarse de una manera mucho más desinhibida. Imagino que el pudor que suele caracterizar a las clases más desahogadas económicamente sea el motivo por el cual la mayoría se negase a participar, algo parecido a lo que debió de suceder con Jesus, You Know, cinta con la que comparte el uso de solo un puñado de individuos relevantes. No obstante, Seidl no puede evitar recrearse en algunas situaciones puramente suyas, como la pareja de ancianos, entrados en kilos, aplicándose cremas mientras toman el sol en hamacas, con unas tomas geométricas que remiten a las vistas en Días perros y Paraíso: Amor. El marido del citado matrimonio creo recordar que es el mismo que genera unos ruidos extraños, bebe cerveza constantemente, eructa y ronca mientras espera la presencia de alguna víctima cercana dentro de un habitáculo construido con troncos de árbol para ocultar la presencia humana.

Otra de las constantes de Seidl, la ambigüedad a la hora de exponer los hechos, que para los menos iniciados en su proceder siempre suele dejar algunas dudas sobre si hay repulsa o admiración hacia su cerril grupo humano, en esta oportunidad no está tan marcada. El mensaje implícito en sus duras imágenes resulta mucho más contundente y desolador que el de sus obras documentales anteriores porque el sentido del humor, aunque casi siempre asoma, no tiene una cabida tan agresiva. Sin embargo, hay algunas frases de los cazadores muy irreverentes y plagadas de ignorancia que dan mucho juego cómico, como las de los miembros de una familia al completo (adolescentes incluidos) que justifican sus actos con tópicos universales de los cazadores que hacen referencia a que su hobby controla la sobrepoblación animal o que es positivo para la economía africana, los comentarios sobre el sabor de la carne de los animales del lugar, sus manías a la hora de descartar ciertas presas a las que abatir, sus preferencias a la hora de elegir un arma, el precio que tienen que pagar por cada animal o varias acotaciones marcadas de racismo, entre las que destaca una sobre la complexión de los negros que les proporciona su capacidad atlética. Tampoco tienen desperdicio satírico las ridículas posiciones en las que sitúan a los animales en su lecho de muerte para aparecer en la prueba gráfica de su éxito (la instantánea al lado de su víctima). Unas imágenes macabras que se observan con una sonrisa incómoda que, cuanto menos, ayuda a digerir las luctuosas situaciones exhibidas, pero sin llegar a generar las carcajadas de sus obras más mundanas, aunque resulten desternillantes las desconcertantes imágenes que implican a los negros mirando fijamente a la cámara mientras se zampan unos inmensos trozos de carne y huesos al final de la jornada que reciben a modo de migaja colonialista por los servicios prestados.

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Ulrich Seidl ofrece una obra menos claustrofóbica de lo habitual por el bello entorno de naturaleza elegido (captado por la excelente fotografía de Wolfgang Thale, su fiel colaborador), pero la radiografía que expone sobre las obsesiones decadentes inherentes a la condición humana se percibe aún más aterradora, si cabe. Continúa habiendo una crudeza en su desolador lienzo que acongoja sobremanera por su misántropa y nihilista visión de algunas esferas de la sociedad contemporánea, y una moraleja que resulta implacable una vez más: las mayores bestias salvajes que pueblan nuestro planeta somos los civilizados seres humanos.

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