Conclusiones de Seminci 2019: Programación y encuentro de mujeres cineastas

Ante la programación de un festival al que se acude por primera vez es preferible una actitud de expectativas abiertas. En el caso de la 64ª edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci) el esfuerzo en los apartados de documental y de recopilación de cine español del año parecía suficiente para garantizar junto a algunos títulos de sección oficial una experiencia satisfactoria en general con la selección de sus títulos. La competición enseguida empezó a revelarse en su línea editorial de espacio para el cine social de cinematografías periféricas en general, muy enfocado en cine de mensaje obvio y simplón.

En algunos casos daba para films agradables y bienintencionados cuya protagonista compensaba las carencias globales. Esto sucedía con Arab Blues (Manèle Labidi Labbé) o Adam (Maryam Touzani). En otros el tremendismo melodramático, el tono inconsistente y el manejo de personajes desastroso daban al traste con cualquier buena idea que hubiera detrás, como ocurre con Papicha (Mounia Meddour). La decepción tenía dos claros representantes, primero con la nueva película de los hermanos Dardenne (El joven Ahmed), que fue de lo peor visto durante esos días, y también la muy poco inspirada en su trabajo con la cámara The Father (Kristina Grozeva y Petar Valchanov) a pesar de ciertos elementos simbólicos en su narración y la relación de sus dos personajes protagonistas muy bien trabajados. Aunque difícil de alcanzar la falta de honestidad de El plan (Polo Menárguez), una cinta que provoca verdadera indignación ante su forma de reservarse información, su punto de vista y el tratamiento muy torpe de su discurso expuesto a posteriori en su tramposo final.

Menos mal que entre las películas seleccionadas se pudo encontrar algunas excelentes películas que compensan el desencanto general con la línea de la programación. Entre ellas la más diferente a todas las vistas allí, Echo de Rúnar Rúnarsson. El director de Sparrows (2015) optó por una línea formal completamente disruptiva respecto a sus filmografía anterior, aunque con inquietud temática que conecta directamente con ella en su radiografía social —esta vez llevada a una dimensión general y global de su país—. La vida invisible de Eurídice Gusmão (Karim Aïnouz) con una hermosísima fotografía a cargo de Hélène Louvart (Lazzaro feliz, Alice Rohrwacher, 2018) sería mucho más convencional en su relato de puro melodrama, pero con una sensibilidad extraordinaria.

Entre las películas españolas del año presentes en Seminci, Love Me Not de Lluís Miñarro se lleva la palma como rara avis que desafía cualquier categorización. Para cualquier espectador es de agradecer el intento de sacudir al público y provocar desde un concepto elaborado desde la coherencia. En otras secciones estaba el magnífico documental Silvia (María Silvia Esteve), que a partir del manejo de material audiovisual doméstico y la confrontación colectiva con la memoria construye una doble proyección autobiográfica entre la cineasta y su madre, protagonista de la historia. Y para acabar con la enumeración de lo más destacable, El hombre que diseñó España (Andrea G. Bermejo, Miguel Larraya) supone todo un descubrimiento desde la humildad de su propuesta en cuanto a producción, pero también por el valor divulgativo histórico y biográfico al crear un perfil de un personaje virtualmente desconocido por la mayoría de la población y su increíble influencia en la evolución estética de España durante la Transición y los primeros años de la democracia.

El III Encuentro de Mujeres Cineastas que tuvo lugar en los primeros días de Seminci impulsado por Caimán Cuadernos de Cine en colaboración con la Asociación de Mujeres Cineastas CIMA merece una mención especial. En esta ocasión el evento estaba enfocado al “reto de la primera película” y destaca como una iniciativa muy relevante y acorde a nuestro tiempo de concienciación y lucha contra la desigualdad estructural en nuestra sociedad, que afecta irremediable e innegablemente al cine. Reunió a un grupo de veinte directoras entre las que se encuentran algunas de mayor proyección nacional e internacional del momento del cine español. Participaron Alauda Ruiz De Azúa, Ana Schulz, Anxos Fazáns, Belén Funes, Carla Simón, Celia Rico, Elena Martín, Elena Molina, Irene Moray, Josefina Molina, Laura Ferrés, Laura Jou, Leticia Dolera, Lucía Alemany, María Elorza, Marina Lameiro, Nayra Sanz, Nely Reguera, Pilar Palomero y Concha Gómez.

Sus conclusiones fueron puestas en común en una mesa redonda en la que se leyeron para dar pie a un debate que quizá en alguna ocasión se estancaba por reiterativo, por entrar en callejones sin salida a los que las mismas mujeres cineastas se enfrentan en su día a día sin solución. Porque se trata de problemas que se deben resolver colectivamente y no se puede esperar a que cada persona individualmente sea capaz de superar las trabas, la infrarrepresentación en festivales, el menor presupuesto al que tienen acceso, la peor valoración crítica y la menor visibilidad en los medios. Una mesa redonda por cierto en la que sobraba Carlos F. Heredero y el propio director de Seminci, Javier Angulo, quienes deberían saber dar un paso atrás en el momento adecuado. Su labor dando pie a este encuentro ya estaba reconocida de facto y podrían haberse limitado a presentarla.

De vuelta al desarrollo de la mesa en cuestión, no es fácil abordar problemas tan evidentes en los que la experiencia personal de las mujeres en la industria y las estadísticas refuerzan absolutamente la visión de una situación que desde fuera parece tan desesperanzadora, injusta y hasta trágica. Pero lo cierto es que también las mismas estadísticas ayudan a ver una mejoría progresiva —aunque lenta— con el paso del tiempo y el acceso de más mujeres a puestos de responsabilidad en todos los ámbitos de la sociedad.

Sin embargo, si alguien no estuvo a la altura durante la mesa fueron algunos representantes de la prensa que tuvieron una reacción airada —y poca inclinación a la autocrítica— al señalarse los problemas que tiene la obsesión por hablar de la excepcionalidad de las mujeres cineastas, de tratar sistemáticamente la perspectiva feminista y femenina dentro del cine en sus entrevistas y artículos hasta el punto de eclipsar por completo su trabajo. Además de los guetos que se crean en medios donde en su sección de cultura y cine específicamente escasea el tratamiento del cine hecho por mujeres, que se ve relegado a suplementos de moda o publicaciones femeninas de tendencias. Esto es una realidad incuestionable, contradictoria y paradójica que genera una relación ambigua con la prensa y que las mismas cineastas presentes valoraban así, agradeciendo la visibilidad y la labor de los medios, pero a la vez criticando que también provocaba un efecto nada deseado de reducirlas a los márgenes, a un nicho. Las mujeres cineastas quien estar visibles en los mismos espacios donde los hombres tienen una presencia hegemónica tradicionalmente. Sólo así se puede normalizar su trabajo y darle el reconocimiento necesario y justo que merecen, que pueda servir de motor de transformación social en el cine y de inspiración a muchas otras mujeres.