Así llegó la noche (Ángel Santos)

Tan desapercibido como inesperado, el estreno de Así llegó la noche (2025) supone una nota de entusiasmo para aquel otro cine español que, por azares del destino, consigue asomar la cabeza muy de vez en cuando en la cartelera comercial, sobresaliendo al circuito de festivales en el que se suele concentrar la vida de este tipo de propuestas. Aunque esta vea reducida su distribución a las pocas salas que todavía apuestan por esos márgenes —defendiendo dicho riesgo desde la primera línea de resistencia fílmica—, que esta ausencia de atención mediática no desvíe el interés mayúsculo de una película que cree firmemente en la autenticidad de su relato; concretando un bellísimo acercamiento a unas soledades incomprendidas y unos sentimientos, valga el acento en su redundancia, profundamente sentidos.

Una década después de Las altas presiones (2014), el director gallego Ángel Santos asume con perspectiva y madurez una obra donde vuelve a sumirse en la exploración psicológica de unos personajes frágiles y esquivos. Por aquel entonces, el protagonismo rotundo de Andrés Gertrúdix conducía a un observador —un tipo que trabajaba buscando localizaciones para películas— que regresaba a su ciudad de origen después de muchos años; dando lugar a una serie de reencuentros que, poco a poco, iban descubriendo las pinceladas de un presente marcado por la insatisfacción de lo que quedó inconcluso. Siguiendo un esquema parecido, Así llegó la noche parece replantear ese mismo escenario, presentando a un personaje aislado (Denis Gómez) que es visitado de forma inesperada por una amiga (Violeta Gil) a la que hace mucho que no ve. En ese reencuentro, marcado por la incomodidad, la vergüenza y el amor que se profesan el uno por el otro, la vuelta de tuerca al punto de vista central, delimitado por la repentina y misteriosa desaparición del primero, da pie a la incógnita de un camino imprevisible donde el devenir de la acción queda suspendido a un paisaje costero que parece paralizado en el tiempo.

En sus continuas idas y venidas, el juego de pliegues y rimas sobre unos mismos espacios concentran un portentoso trabajo de puesta en escena. En ese aspecto, la película incide en el descubrimiento de la naturaleza de una población prácticamente desprovista de vida, abriendo el campo y el cuadro cinematográfico para destacar las soledades de los mismos en sus largos paseos sin dirección. Nuevamente, Ángel Santos presenta unos perfiles similares; siempre vinculados al arte —en este caso, tratándose de un escultor y una escritora—, donde el propio proceso creativo toma forma desde el sentimiento frustrado que atraviesan sus diferentes insatisfacciones personales. En la búsqueda de la sinceridad del uno por el otro, la progresiva asunción de la verdad de su estima determinará, a su vez, su consecuente imposibilidad; mostrándose propiamente desde la melancolía que logran transmitir unas cautivadoras secuencias de noche, donde los personajes parecen estar atrapados por la oscuridad, las dudas y el miedo que los envuelve.

Todas estas ideas se expresan desde una sutileza medida con pulso y plena vocación de estilo. En su escritura, la mano en el guión del cineasta Pablo García Canga (Las tierras del cielo) también se hace notar, especialmente en lo que determina encontrar el tono de esa poética sobre lo mundano en la que ambos parecen coincidir y creer. En este afortunado encuentro, la propia palabra y su significancia adquieren una importancia capital, trabajando unos diálogos sumamente cuidados y evocadores que culminan en un último y tendido monólogo —donde regresa al material de partida, el cortometraje Así vendrá la noche (2021)—; discurso que es recitado por el personaje de Violeta Gil y sentencia la importancia de esa intensidad maravillosa a la que muy pocos aspiran llegar con tanta dignidad, dolor y belleza.

Asumiendo su integridad artística, Así llegó la noche es una obra profunda y honesta que se explaya con la solemne convicción de un erudito que profesa su fe. Sin embargo, en este caso, la naturalidad transversal de sus poderosas imágenes a pie de calle conjugan un artefacto íntimo y transparente, explorando el vértigo emocional de sus encuentros y desencuentros con la proximidad de aquel amor lejano que, de una forma u otra, permanece en el recuerdo de todas las cosas que importan de verdad.

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