Una de ‹exploits› burocratizados
Abrir una película con su protagonista, Adria Arjona, exhibiendo puntería en un páramo desierto y luciendo un arsenal digno del ejército americano al completo invita a pensar que vamos a asistir a un espectáculo adrenalínico. Si a eso le sumamos una presentación con Dan Stevens y Rebecca Hall como nazis trabajando en experimentos secretos para crear supersoldados, a uno no le queda más que frotarse las manos y esperar una cinta que, quizás no sea un ejemplo palmario de guion excelso, pero que se verá sin duda compensada por el espectáculo más cafre y molón posible. Lo que viene a ser una reedición de lo que Adam Wingard nos ofreció, por ejemplo, en The Guest.
Cierto es que desde entonces su filmografía no ha sido precisamente un paradigma de calidad, pero uno no puede más que pensar en esa mezcla de John Carpenter y Soldado universal, ver esos elementos repetidos en Onslaught y prepararse para un rato, si no memorable, sí disfrutable en grado sumo. ¿El resultado final? Poco menos que decepcionante.
El arte de desaprovechar las oportunidades
La palabra que mejor describiría el desarrollo del film es “desaprovechado”. Wingard parece querer autosabotearse a cada momento, desaprovechando todas las oportunidades que la película le brinda. Arjona acaba siendo más una madre coraje que una guerrera implacable. Su capacidad de combate termina lastrada por ‹flashbacks› y traumas absolutamente innecesarios, siendo más un soporte de los secundarios que la acompañan que una verdadera heroína de acción. ¿Las armas expuestas en el inicio? Mero ‹atrezzo›.
La subtrama nazi y sus personajes son reducidos a pocas frases sin mucho sentido para pasar a ser eliminados sin más. Por no hablar de la agencia encargada de encubrir el asunto, que podría ser amenazante y acaba siendo conducida por un personaje intrascendente y prescindible por su carácter mal definido.
Supersoldados de pacotilla y problemas de ritmo
Capítulo aparte merecen los supersoldados, quizás los elementos clave del film. Presentados como prácticamente indestructibles y con aspecto de protagonizar un ‹slasher›, acaban por ser despachados con una facilidad insultante. Peor aún: dada su presentación, casi resulta ofensivo el modo en que son eliminados por un grupo de supervivientes que no son precisamente una élite militar.
Quizás todo ello es producto de un ‹timing› poco acertado a la hora de desarrollar trama y personajes. Si bien es cierto que Wingard se toma su tiempo en presentar a sus personajes —cosa que no es mala ‹per se›—, esto acaba por derivar en una necesidad de acelerar demasiado las cosas, de no dar tiempo a construir un tercer acto a base de tensión y violencia crecientes. En su lugar, parece que se necesite que todo pase en ese tercer acto de manera acelerada para compensar la morosidad en el ‹tempo› de sus dos primeros tercios.
Entre Carpenter y Joe Begos, pero sin alma
Wingard, además, se queda también a medio camino entre una propuesta “carpenteriana” en la puesta en escena y una imagen que podría ser deudora de Joe Begos. Una idea que podría haber funcionado de maravilla para dotar a la película de ese punto de locura gore salvaje de la que finalmente solo da muestras en momentos muy puntuales, y casi más como una concesión a la audiencia que como algo planificado estéticamente.
Así pues, Onslaught se siente como un producto filmado con el piloto automático, con una cierta desidia en cada uno de sus elementos. Lo peor es que también en cada uno de ellos se atisba lo que podría haber sido poniendo, simplemente, un poco más de amor en el proyecto.









