Vivimos en una constante dramedia, más oscura que luminosa, y algunos directores saben exprimir en un sentido alegórico la forma en que comprendemos esos altibajos. Hay una distancia enorme en cómo Fernando Eimbcke concebía la adolescencia en Temporada de patos y cómo aborda el dolor en la niñez en Moscas, y esa madurez que se aprecia en su discurso se solapa con su pausada forma de narrar, sin oprimir los acontecimientos, simplemente manteniéndose cerca de la acción. Porque cuando nada pasa, todo cambia.
En Moscas encontramos tres personajes que asumen el drama de formas muy diferentes. Nos acercamos a Olga, una mujer que vive sola y no necesita de nadie para mantener sus estrictas rutinas. Es ella quien alquila una habitación a un hombre que tiene un familiar ingresado en un hospital cercano, arrojando esas necesidades de control al nuevo inquilino, desconociendo que el hombre lleva adherido un niño, al que no le queda otra que ser una sombra.
Moscas es una película de desequilibrios, al menos en lo que se refiere a la intensidad de sus protagonistas. En un principio seguimos el perfil de Olga, en silencio y llena de metodismos, viendo pasar la vida al ritmo que se agota el tiempo, dando a entender que su hastío forma parte de un duelo interno. Pasamos a padre e hijo, que mantienen la vigorosidad que necesita un niño aunque mamá esté enferma, aunque no la pueda ver. Cristian, el hijo, descubre otro mundo donde adaptarse en los alrededores del hospital, donde todo es nuevo y emocionante, ya sean unas pegatinas o una máquina recreativa. Ese ánimo incontrolable de Cristian se contrapone a las evidentes dificultades de su padre, y con apenas apuntes ilustrativos nos ofrecen una visión imperecedera del amor incondicional y de la necesidad como forma de vida. El drama flota alrededor de los protagonistas, pero no es algo evidente ni subrayado, formando parte del ahora, como un segundo plano con el que mantenerse alerta.
Pronto Eimbcke toma la decisión de acomodar la cámara a las andanzas de Cristian, que ante la soledad, sabe buscar en su inocencia la forma de sobrevivir a una situación tan complicada. Mientras para él lo único importante es hacerle llegar a su madre algo que puede necesitar, para nosotros es el preámbulo al dolor, así que el director aprovecha para consentir los ritmos de un niño en la antesala del duelo. Desde el punto de vista del infante, encontramos otros matices en los personajes que le rodean, sin necesidad de aferrarse a la lástima o al simplismo, se desarrolla una elaborada red en la que entender mejor a Olga y aprender de la vida al ritmo de Cristian. No hay grandes pretensiones en Moscas, pero sí una cálida inmersión en el dolor ajeno y la resistencia ante él a cualquier edad. Hay algo de belleza en esas competiciones en la máquina recreativa, siendo el lugar elegido al que volver una y otra vez como vía expiatoria de la realidad, algo que nos transporta a un terreno conocido, que intentamos esquivar, pero que nos devuelve un poco de realidad al mirarlo de cerca. Moscas es sencilla, y sabe aportar una dosis muy medida de ternura a la hora de contemplar los acontecimientos, donde la vitalidad de los más pequeños tiene todo el peso del universo, donde la supervivencia tiene algo de cotidiano y se consigue sobrellevar. Hay belleza en estas imágenes grisáceas, en este mundo triste y audaz.









