River (Joshua Giuliano)

El arranque de River sostiene, quizá, una de las maniobras más perspicaces del ‹slasher› del s. XXI. Giuliano presenta un escenario mientras las voces de quienes parecen ir a ser las primeras víctimas del ‹psycho killer› de turno mantienen una conversación; poco a poco, y a medida que las palabras se transforman en gritos ahogados por la angustia, descubrimos que hay una discordancia entre sonido e imagen: aquello que simulaba una narración en ‹off› guiada por las voces, se transforma en el espacio donde ha tenido lugar un sanguinario asesinato para terminar engarzando con la resolución de la secuencia de los hechos. Lo que se podría antojar una simple pirueta, uno de esos caramelos formales que tanto gustan a determinados cineastas, pronto cobra sentido: la toma de contacto visual de Carla (interpretada por Jessica Rothe) con el asesino cuando intenta abandonar el barco en el que viaja con sus hermanos, revela una figura de aspecto y movimientos inhumanos. Así, al ocultar sus gestos y acciones en su secuencia inicial, Giuliano añade una incertidumbre que se reforzará cuando los protagonistas descubran la misteriosa figura a la orilla del río.

River emplea, de este modo, sus bazas, pero ante todo no oculta aquello que pretende ser: un ejercicio tenso y cruento en el que el ‹slasher› devenga en puro ‹survival horror› y cada escenario concrete dichas intenciones. El juego del ratón y el gato que Giuliano inicia casi desde sus primeros compases no deja lugar a dudas, dando pie a un film que se mueve con agilidad y va directo al grano. Sí, es cierto, el cineasta no escatima algunas líneas para dar forma a los conflictos emocionales con los que cargan sus personajes centrales, pero estos en ningún momento sirven como delineantes de la acción o otorgan un barniz distinto a sus propósitos: estamos ante cine de género puro y duro.

El camino que siguen siempre esos tres hermanos es el de la supervivencia, sin coartadas ni rodeos. De lo que se trata es de huir de la boca del lobo en la que se han metido accidentalmente, y conseguir salir airosos de una situación que no permite movimientos en falso. En ese sentido, el carácter deshumanizado que otorga el cineasta a su ‹psycho killer›, refuerza una sensación de constante amenaza, de imposibilidad de liberarse de un individuo que podría rememorar en parte esa naturaleza indestructible de la que han hecho gala tantos otros maníacos de la gran pantalla.

La gran virtud del cine de su autor está en que verdaderamente lleguemos a temer por sus personajes —especial mención al que compone un fabuloso Max Mattern— puesto que quienes van en su caza son capaces de desplegar un horror sin paliativos ya desde sus minutos iniciales. Un horror que además amplifica la sensación de vastedad que promulgan tanto ese río en el que quedarán atrapados, como el bosque a través del que iniciarán una escapada cuya violencia no tiene fin ni en aquellos lugares que se pudieran antojar, de algún modo, seguros.

River juega a la perfección con los códigos del género y comprende sus pulsiones: incluso cuando la insensatez parece apoderarse del conjunto, el debutante se desliza con habilidad al ‹splatter› para confirmar que la diversión y la imprudencia no están ni mucho menos reñidas con una tensión que brota como si nada, desplegando así una variedad tonal que no podría tener mejor reflejo que ese último plano tan delicioso como definitorio.

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