Su propio infierno (Nicolas Winding Refn)

Si Nicolas Winding Refn es considerado un cineasta eminentemente visual no es solo por su predilección por la imagen —desde elementos tan primordiales como la puesta en escena, la iluminación o el color—, sino por el modo en cómo cada representación es capaz de fagocitar el núcleo del relato y dar pie a composiciones atmosféricas tan extrañas como fascinantes. No obstante, y si una cualidad había sobresalido en el cine del danés, era su habilidad por retratar escenarios de la más variada índole —del barrio en Pasadena donde se hospedaba Jesse, la protagonista de The Neon Demon; al Bangkok luminoso y repleto de neones de Solo Dios perdona; pasando por los indómitos parajes de su Valhalla Rising; o hasta por las celdas y áreas suburbanas de Bronson— y dotarlos de un carácter que encajaba a la perfección con sus barrocas construcciones.

En esa vorágine de luz y de color, el cineasta hallaba los motivos desde los que hacer fluir un cine adherido a lo irreal en más de una ocasión, conformando la esencia de un universo que tenía en su fluencia y cohesión uno de los pilares articulares de su obra. La imagen no funcionaba tanto como parapeto sino como eje vehicular de una crónica en torno a la que se deformaba la realidad llegando a introducir una pulsión genérica que actuaba como espejo de dicha distorsión. Ni siquiera eran necesarios elementos propiamente vinculados al cine de género para desarrollar unos estímulos que, aunque conocidos en la obra de Winding Refn —ahí están sus primeras incursiones en submundos criminales—, alcanzaban una mayor amplitud desde el despliegue de esas atmósferas que terminarían siendo definitorias en el cine del danés.

Su propio infierno extrapola todos esos elementos a un escenario que, si bien se antoja reconocible, casi como una extensión recargada de su microcosmos, no detenta sus mismas virtudes. El hecho de que en ella el autor de Drive parezca entregado a lo que antaño se conoció como cartón piedra, dota de un patente artificio a su puesta en escena, exterminando la posibilidad de forjar una ambientación inmersiva. Sí, nos queda claro que estamos ante una misteriosa urbe futurista; que un despiadado asesino aterra a sus habitantes; y que una ambigua relación familiar se cierne sobre el camino de la protagonista. Pero no deja de ser una estéril exposición cuyas intenciones desarticulan por completo cualquier atisbo de sugestión. La capacidad de insinuación brilla por su ausencia —hecho que se deduce de un exceso verborreico que parece delimitar y encorsetar las posibilidades del film—, la complejidad se confunde con una suerte de ininteligibilidad que ni siquiera resulta frustrante, y cada pasaje evoca los males de una imagen abocada al peor de los vacíos. Winding Refn cae en una anodina teatralidad forjada desde una escenografía acartonada, pomposa y que (casi) nunca fluye como debería.

Uno podría pensar que el danés ha extraviado las aptitudes de un cine que, gustase o no, tenía ese aliento enardecedor que no se puede atribuir a cualquiera, pero lo peor de todo es que demuestra que aquí más bien lo que hallamos es un infértil ensimismamiento. En primer lugar, puesto que ni siquiera sus imágenes tienen la suficiencia para lograr una reacción en el espectador, sea cual sea; y, por otro lado, puesto que hay pasajes en los que se puede advertir que su talento sigue intacto: véanse las secuencias que corresponden al personaje del soldado K, veladas por la bruma que invade las calles, en las que late un cine mucho más penetrante y poderoso, testimonio fehaciente de que la autoindulgencia y el talento no suelen estar reñidos, incluso cuando buscan huir a toda costa de catálogos y definiciones.

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