
Si algo no se le puede reprochar, o al menos negar, a Yeon Sang-ho, es el intento constante por nutrir el género con ideas de lo más dispares, pero cuanto menos un tanto refrescantes. No, no hablamos de que el coreano esté insuflando otro aire al ‹mondo zombie› o renovando el panorama ni mucho menos, pero sí intenta al menos huir de lo predefinido y calculado, dando margen a un espectáculo que puede sentirse excesivo o puede bordear el ridículo pero no busca acomodo entre el vacío (pero seguro) que provee las veces el género.
Ello no implica que el autor de Train to Busan no haga emerger entre esas ideas una serie de tropos que se antojan contraproducentes en su mayor parte. Pongamos como ejemplo su nuevo trabajo, una Colony que si bien busca construir un universo propio con unas normas que se van deformando paulatinamente, incluso llegando a un punto donde el humor quizá sería un arma mucho más ventajosa dado el terreno en que se mueve el coreano, no escapa por otro lado de corsés autoimpuestos, como en la introducción (prácticamente para nada) de personajes que proveen motivaciones excesivamente estériles y baldías a la narración; por no hablar de esa serie de NPC’s —especial atención a la muchacha cuyo único objetivo parece ser que la descubran a ella y a sus compañeros— que vagan por la trama aportando soluciones para su desarrollo y poco más.
La determinación que supone adoptar decisiones que podrían resultar discutibles pero sin embargo se tornan atrayentes, dotando de un ‹lore› propio a su plaga zombi, pierde enteros al desdibujarse este mediante mecanismos y motivos que nos devuelven a la (común) realidad: Yeon Sang-ho no entiende de mesura, y en ello se desvanecen sus posibilidades.

Y ya no hablamos de mesura teniendo en cuenta un exacerbado sentido dramático que a sus detractores nos escupía directamente de la proyección —y que, al fin, parece haber conseguido controlar—, sino en un sentido mucho más práctico del tema: tanto narrativo como expositivo. Resulta, por ejemplo, inverosímil que una propuesta del calado que nos ocupa se extienda a un metraje tan alargado. No porque su desempeño sea fatigoso ni mucho menos —estamos ante un cineasta que sabe emplear con cierta practicidad sus imágenes y manejar los compases—, sino más bien porque termina restando potencia y, en especial, imprudencia al conjunto.
Es algo que también se refleja en esa carencia casi absoluta de comicidad que permitiría a Colony abordar ciertos aspectos desde una óptica más ligera, desenfadada si se quiere. No se trata ni mucho menos de reclamar que Sang-ho trabaje aquello que se aleja del carácter de su obra, pero sí que despliegue al menos unos rasgos que permitan ir más allá de esa tonalidad que, de tan compacta, termina deviniendo un tanto estéril.
Colony posee, a resumidas cuentas, los ingredientes, pero carece de una mezcla un tanto más temeraria, que desvíe su previsión y conduzca a esas sendas inesperadas y efervescentes que siempre hacen del cine de género un terreno mucho más fértil capaz de transportar una mera (buena) idea a un plano en el que su funcionalidad (o no) es lo de menos; lo realmente importante es que el viaje obligue al espectador a salir de su zona de confort y transforme en emoción aquello que solo parecía otra de tantas representaciones de un universo que, al menos, parece inagotable.


Larga vida a la nueva carne.





