La noche está marchándose ya (Ezequiel Salinas, Ramiro Sonzini)

Más allá de la cinefilia

Quizá cuando pensamos en la relación entre el cine y el trabajo precarizado dentro de una ficción nos venga demasiado rápido a la cabeza Cinema Paradiso, filme que pese a sus excesos melodramáticos ofrece una sentida representación del oficio de proyeccionista. Los casos que exhiben esta relación son numerosos en la historia del cine y por descontado del documental, pero pocos de ellos desprenden el sentimiento entrañable de La noche está marchándose ya. En ella, Pelu, un proyeccionista treintañero, sobrevive a duras penas con un sueldo muy bajo que le reporta su cineclub municipal, hasta que cuando pierde su empleo se ve obligado a quedarse como sereno nocturno y a vivir dentro del cine, en discreta compañía de las películas que revisa cada noche.

La mirada de Ezequiel Salinas y de Ramiro Sonzini se vuelca en acoger y en encarnar una demanda popular que, en los tiempos farsescos de la inteligencia artificial, reclama un retorno a lo común, a lo convivencial y a lo palpable. Más allá de la evidente perspectiva de denuncia de una crisis económica y de valores generalizada —reflejo del delicado estado de salud de la política argentina—, la película, por sí misma, es un modesto canto al desengaño y a la resistencia. Incluso a la esperanza, pese a lo lastimosa que es la circunstancia del comercio mercantil de cuerpos en plataformas como OnlyFans. Nuestra época se dirige hacia delante sin frenos, obnubilada por los sueños de un progreso que se perdieron hace tiempo. Desde esa óptica se comunicaba con nosotros Tsai Ming-liang en Goodbye Dragon Inn, directamente emparentada con La noche está marchándose ya.

Salinas y Sonzini nos recuerdan, pues, que el amor y la conciliación no se pueden perder por este ciego camino del progreso. Las imágenes que confeccionan portan impreso un espíritu intemporal que avizora lo eterno, en el que las horas no pesan y la exigencia del deber no asfixia al individuo. Es la magia de la cámara que recorta la realidad para (re)ofrecérnosla de otro modo que antes no habíamos sabido apreciar. A la vez, lo que se retrata es profundamente triste, y el blanco y negro que lo embadurna no se vanagloria de su propia estética, sino que nace de la necesidad. El montaje y el diseño remiten también a la economía de medios de Robert Bresson, cuya humildad sigue y seguirá siendo un ejemplo paradigmático para los cineastas en formación.

¿Hay que oscilar entonces hacia nuevas formas de cinefilia, más comprometida, más real, menos mitificada? Quizá desde siempre el cine lleva inherente el imperativo de reflexión sobre su propio lenguaje, y a día de hoy esa disyuntiva se hace especialmente evidente, en un momento donde abundan las imágenes, se desprestigia la palabra y se perfeccionan los múltiples canales de difusión de ambas. La pregunta “heideggeriana” por la técnica, como Salinas y Sonzini han interiorizado desde el corazón, debe responder a la circunstancia de cómo se puede reconstruir la humanidad en medio de nuestros climas de aceleración. Y el núcleo de la humanidad puede latir en un microcosmos como el cine de nuestro barrio, allí donde los vínculos se pueden tejer sin recurrir a mediaciones digitales. En el fondo se trata de creer en el cine como ser en el mundo, como testimonio de lo irrecuperable y como flujo de la vida que pasa, para hacerla, como mínimo, menos sufrible.

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