Tanit (Pep Garrido)

En su debut en solitario, Pep Garrido se ha valido de la excusa de los cuentos infantiles sobre brujas para asumir a través de la mirada de la infancia algunos de los sentimientos más complejos de manejar durante la vida adulta. Los ojos los pone Tanit, la niña que da nombre al film y que, con soltura y una voz tierna, formula preguntas que normalmente no somos capaces de respondernos a nosotros mismos.

Tanit es una historia de descubrimiento con ciertos tintes de fábula sin menospreciar el discurso que una niña pueda aportar al mundo. Mientras la pequeña sigue sus días de colegio y sus paseos con su perro por la montaña, el mundo va tomando una forma demasiado real y cruel a la vez que encuentra un punto de fuga donde descubrir el verdadero mundo que le rodea. Se podría decir que Pep Garrido trata de desmitificar la imagen de bruja que nos venden en la infancia y se perpetúa con los adultos. A través de las historias de sus profesores, de la fantasía de los compañeros de clase y de las obras teatrales en las que participa su tía, Tanit crea una imagen de lo que es una bruja que se descompone al conocer a una anciana llamada Perona que vive sola en el bosque. Nace así una relación que se alimenta de la curiosidad y el respeto que parece poner en orden las necesidades que no consigue llenar con su propia familia, asolada por otros misterios inenarrables que a veces propone la vida.

Pese a que el drama es una constante en el film, no parece que el director desee revolcarse en la tristeza de los acontecimientos, simplemente aderezan la capacidad de Tanit para convertirse en una esponja de conocimiento, quien no pasa por alto nada de lo que le rodea, y que es capaz de plantearse a tan temprana edad lo que implica la vida y la muerte, o las diferencias entre los secretos y las mentiras. No se trata igualmente una visión única desde la perspectiva de una niña, en esta ocasión sí tienen los adultos el derecho a opinar, a aleccionar y a volcar sus conocimientos (y de paso, sus miedos) en sus interacciones con la pequeña. Pero sí nos permiten contemplar cómo se desenvuelve en soledad, cómo aprende a comportarse como un ser social sin perder sus cualidades que la diferencian.

Tanit es todo un reto a la hora de enfrentar el duelo y comprender la necesidad de pasar página. La película mantiene siempre que es posible una escasa distancia, casi intrusiva, del rostro de la pequeña, cuyos ojos escrutan los quehaceres de unos adultos que no encuentran exactamente su lugar, pero que no pueden dejar de ofrecerle un amor incondicional a la joven. Cambia el registro en los encuentros con, como la llama ella, “l’àvia Perona”, cuando la cámara encuentra espacio para las dos, y desde una estudiada distancia ambas crean un vínculo en el que necesitan, en cierto modo, la presencia de la otra para reconocerse y aprender de esa naturaleza que les rodea. Es una forma de enriquecer el vocabulario de Tanit y, de paso, fortalecer su mirada al poder comprender,  aunque sea a muy temprana edad, los misterios que se intentan maquillar y que dan significado a nuestra existencia. Porque un simple cuento de brujas feroces ha sido siempre necesario para poder ocultar nuestros temores frente a lo que la vida nos obliga a asimilar.

Tanit es una película silenciosa, por momentos difícil, pero llena de amor, algo que traspasa la pantalla y nos permite dar el salto junto a la niña a otro plano de aceptación de la no siempre amistosa realidad.

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