Hoy en día el cine cae a menudo en la trampa del maniqueísmo, la lágrima fácil o el “panfletismo” predecible. Por eso, películas como Femení, singular de Xavi Puebla, reconfortan. Encontrar una obra que confía plenamente en la inteligencia del espectador es una de esas gratas sorpresas que deja el panorama del cine español contemporáneo. Tras su paso por el Festival de Málaga, la película ofrece un relato incómodo, contenido y despojado de artificios sobre la invisibilidad laboral, las dinámicas de poder de clase y la búsqueda de identidad.
La historia sigue a Nayeli, una joven mexicana afincada en Barcelona que intenta subsistir trabajando como empleada del hogar y cuidadora. Cuando su estabilidad laboral y personal sufre un vuelco inesperado, Nayeli debe navegar por un entorno que, bajo una fachada de modernidad, tolerancia y progresismo, esconde un entramado de prejuicios, clasismo y condescendencia.
A diferencia de otros dramas sobre la inmigración o el trabajo doméstico, el guion (escrito por el propio Puebla junto a Mireia Vidal y Jesús Méndez) no busca construir un relato de victimización absoluta. Nayeli no es una mártir perfecta ni un símbolo abstracto; es un ser humano con ambigüedades, decisiones difíciles y una dignidad interna que se resiste a ser aplastada por la burocracia y la apatía social.
Desde la perspectiva de la realización cinematográfica, el mayor acierto de Xavi Puebla radica en el uso del espacio y la contención narrativa. La cámara de Albert Pascual no persigue el dramatismo efectista. En su lugar, opta por una fotografía naturalista, compuesta por encuadres cerrados que transmiten la claustrofobia emocional de los espacios privados: cocinas impecables, pasillos estrechos y pisos donde el servicio está presente, pero nunca debe ser “visto”.
Puebla demuestra una madurez notable al apostar por el silencio y la observación. En Femenino, singular, la violencia no se manifiesta a través de gritos o agresiones explícitas, sino mediante la violencia estructural cotidianizada: un tono de voz sutilmente imperioso, una mirada de desconfianza o la asunción implícita de que el tiempo de la trabajadora vale menos que el de sus empleadores. La música de Isabel Latorre acompaña con sutileza sin subrayar las emociones, dejando que sea el ritmo del montaje el que sostenga la tensión.
El corazón latente de la cinta es, sin duda, la interpretación de Vico Escorcia. Su composición del personaje de Nayeli es portentosa por su contención. Con gestos mínimos, miradas esquivas y una postura que transita de la sumisión obligada a la firmeza silenciosa, Escorcia sostiene todo el peso dramático del film. Su actuación huye del melodrama tradicional y ofrece una verdad aplastante que incomoda precisamente por su autenticidad.
El elenco secundario actúa como el espejo perfecto donde choca la realidad de la protagonista. Actores consolidados como Nora Navas y Sergio Caballero aportan capas de matiz indispensables. Sus personajes no son villanos de caricatura, sino retratos muy fidedignos de una clase media-alta burguesa que se percibe a sí misma como bienintencionada y justa, pero que es incapaz de reconocer los privilegios y el supremacismo cotidiano sobre los que sostiene su estilo de vida.
Ser sincero con una película implica señalar también sus limitaciones. Es cierto que Femenino, singular se mueve en un registro narrativo tan austero y sobrio que, en su segundo acto, el ritmo puede resultar excesivamente pausado para cierto tipo de público. Quien busque giros argumentales espectaculares o resoluciones catárticas saldrá desencantado: la película aboga por la micro-narrativa y la resolución interna.
Sin embargo, como cineasta y amante del séptimo arte, estoy verdaderamente contento con el resultado de esta propuesta. En un panorama cinematográfico a menudo saturado de producciones ruidosas y fórmulas hiper calculadas, que un director apueste por una obra de 91 minutos tan coherente, honesta y éticamente responsable es motivo de celebración.
Femenino, singular no busca redimir al espectador ni ofrecerle un consuelo fácil al salir de la sala. Es un ejercicio cinematográfico maduro que incomoda con elegancia y obliga a revisar cómo miramos a quienes hacen funcionar nuestras vidas desde la sombra. Una película modesta en escala, pero inmensa en su verdad.









