¿Quién no se dejaría embrujar por Veronica Lake?

La temática de la brujería en el cine ha sido una constante a lo largo de toda su historia, trascendiendo su género natural, el terror, para infiltrarse inevitablemente en todos ellos con grandes e inolvidables obras de culto, como Häxan. La brujería a través de los tiempos, de Christensen; Dies irae, de Dreyer; La semilla del diablo, de Polanski; o Suspiria, de Argento, y también joyas malditas como La noche del demonio, de Tourneur, o Me casé con una bruja, de René Clair. Esta última cinta fue pionera en concebir a la bruja y todo su imaginario como un elemento cómico y arcaico, desfasado para 1942 y cuyos despojos solo eran dignos de comedia y desparpajo. El Mal parece adaptarse a los tiempos modernos y, cuando ya nadie temía a las escobas, los gatos negros y las ancianas desdentadas, Clair debió preguntarse cómo hacer de una bruja un elemento inquietante de nuevo, y parece ser que llegó a la conclusión de que más pesa la tentación del amor que la del mal, que más perturbadora es la insinuación que el espanto. En definitiva, pensó: indiferentemente de la edad, sexo o género, ¿quién no se dejaría embrujar por Veronica Lake?
Después de que, en los juicios de Salem, un padre y una hija con poderes sobrenaturales son condenados a la picota, acusados de brujería, sus espíritus quedan aprisionados en las raíces de un árbol por mandato del pastor puritano Jonathan Wooley, no sin antes de que Jennifer, la hija, maldiga a él y a su estirpe al infortunio en el amor. Tres generaciones después, un rayo liberará los espíritus diabólicos de Jennifer y su padre, quienes buscarán atormentar a la descendencia de Wooley, representada hoy por Wallace Wooley, un prometedor político. Detrás de esta entrañable sinopsis se esconden 78 minutos de inocente metraje, de corte prácticamente infantil, que sin reparo bebe de la iconografía clásica de la brujería —desde las escobas hasta los gatos negros— para desarrollar una inocente comedia romántica de enredos donde, a partir de conjugar todo cliché y arquetipo posible del ‹screwball› y la comedia hollywoodense de los 30, nace una cándida cinta que suscita más la sonrisa paternalista ante la glamurosa artificiosidad de sus diálogos, la inverosimilitud del vestuario y la ingenuidad general de los personajes que la carcajada que pudo generar en 1942, pero cuyo sentido del ritmo y la tracción cómica siguen envidiablemente intactos.

No es siquiera necesario nombrar a la inolvidable, aunque olvidada, Veronica Lake y su peinado ‹peek-a-boo›: el rubio mechón que descansaba sobre sus azules ojos, el metro cuarenta y nueve de insinuación y misterio, pero siempre, en la profundidad de todos sus personajes, un candor del que resultaba imposible no caer perdidamente prendado. Repleta de inocente picardía, Lake imprime en cada uno de los planos donde aparece un poso de inconsciente comedia, de elegancia en sus palabras y movimientos que, en diálogo con el neuroticismo de Fredric March, crean un delicioso tándem de opuestos, ese duelo verbal en el que siempre pierde March, pues el torrente de réplicas que los habituales guionistas de Clair ponen en boca de Lake destruye inexorablemente toda contestación racional o esperada y, por extensión, toda seriedad que pueda mantener el espectador.
Además, aun viéndose acotado por el género y las necesidades comerciales de la cinta, René Clair, consciente o inconscientemente, imprime su concepción irónicamente romántica del amor, pues comprende como más digno y significativo contraer matrimonio con una bruja, es decir, con el Mal encarnado, por amor que hacerlo con la hija de un magnate por interés. Resulta más que significativo que un cineasta, y, por añadidura, ‹émigré›, consiga añadir pátinas de discursividad a una cinta tan aparentemente naif e inofensiva, y que, además, lo haga sorteando la concepción cristiana de la brujería y el satanismo en la década de 1940. Me casé con una bruja representa pues una de esas cintas malditas que reivindicar y de las que caer perdidamente enamorado una y otra vez.


Redactor de crítica cinematográfica en Cine maldito y Cinemagavia.





