La Europa con la que sueñas no existe.
Tenía ganas de ver la nueva del bueno de Komandarev, un cineasta al que comence a seguir la pista con su obra Destinos (Directions, 2017), donde seguíamos un conjunto de relatos morales en un día a través de la historia de distintos taxistas que patrullaban la capital búlgara. Me pareció tan sencilla como excelente.
Ahora tenemos la oportunidad de disfrutar de Made in EU (2025) donde, si bien cambia radicalmente el enfoque de cómo rodar si lo comparamos con algunas de sus obras más conocidas, como la mencionada Destinos o Rounds (aquí con policías patrullando la ciudad en vez de taxistas), sus intenciones y reflexiones siguen igual sobre el estado comatoso del país.

Made in EU nos pone tras la pista de Iva, una mujer de mediana edad que trabaja en una fábrica (por llamarlo de alguna forma) de ropa por un sueldo miserable y con condiciones curiosas, en plan 10 horas al día más dos horas extras y esas cosas que se quitaron en Europa con bombas, sangre y diálogo hace 100 años. De hecho, su hijo, que solo sueña con largarse de ese lugar de provincias de Bulgaria, se lo reprocha, aunque sea la madre quien aporta el sustento para vivir los dos. Y, de pronto, ¡achúuus!, llega el COVID. Y la primera enfermita oficial es nuestra Iva. Y bueno, nosotros ya sabemos que va a acabar contagiado hasta el apuntador, que habrá fallecidos, que se harán cuarentenas de casi dos semanas y que no saldremos mejores, sino más bien encabronados y echándole la culpa al vecino del quinto o abrazando la conspiración “judeomasónica” de turno.
Lo que ocurre es que, a los ojos de las compañeras de Iva y de todo el pueblo, quien ha traído el COVID es ella, y la culpable de todos los males y azotes divinos, también. Hasta su hijo le echa en cara su supuesto fallo de cara a la sociedad y la poca responsabilidad que muestra. El único aliado resulta ser el médico que atiende a Iva, viejo amigo del marido fallecido en la mina tiempo atrás. Una palabra, mina, que resuena sombría por toda la cinta, como única posibilidad laboral para los hombres, y que causa más espanto que otra cosa.
La verdad es que narrativamente la cosa es sencilla. Y la caída en desgracia del individuo ante la gente, la masa o el pueblo no tiene tanta soltura, o será que ya lo hemos visto muchas veces y conocemos todos los lugares comunes de este tipo de historia. Tampoco descartaría que haya eliminado de mi cabeza todo recuerdo sobre la pandemia y el confinamiento, y de pronto ver algo parecido en pantalla (créame, en Bulgaria y otros muchos países, las medidas fueron mucho más laxas) me causa… me causa rechazo y ganas de seguir olvidando ese período. Envidio a quien disfrutó del confinamiento, pero para mí fue penoso.

Por suerte, Komandarev y su co-guionista, Simeon Ventsislavov, son quienes son y siguen insistentes con el diagnóstico de Bulgaria, la zona del este y su opinión crítica sobre nuestro mundo. La obra continúa teniendo ese punto de cerveza amarga con efecto retardado. Como decía, es posible que a muchos no les convenza la narración de los acontecimientos o de los sucesos del COVID y tal, yo incluído. Pero donde me gana la obra no es en lo que sucede, sino en esas charlas que no parecen hacer avanzar la trama (spoiler tonto: sí lo hacen) que tienen los personajes en un balcón.
Es curioso, sus responsables me ganan cuando vuelven al modelo de conversación entre personajes como en Destinos o Rounds, obras en donde en ocasiones la cámara estaba como poseída, moviéndose y haciendo barridos por todas partes sin salir de un coche. Aquí el tempo es diferente, pero esas conversaciones están ahí. Y esas conversaciones son derrotas explicadas a los personajes y a nosotros.
Es la derrota de un país que salió del comunismo a la libertad, pero también al salvaje turbocapitalismo, y en el proceso la gente, la masa, el pueblo, acabó decepcionado, sobre todo cuando descubrieron su nueva posición en una Europa que era invocada casi como salvación moral y nacional. Son el extrarradio. La mano de obra barata. Los inmigrantes que al menos no son marroquís. Decid gracias y a coser esos trajes ‹made in EU›.

Me gusta especialmente una frase que dice el médico, algo como: «Creímos en el comunismo, pero descubrimos que era mentira. Luego llegó el capitalismo y resultó que lo que decían los comunistas sobre ello sí era cierto».
Y no es que sus responsables puedan ser acusados de nostálgicos del comunismo (spoiler: sí, les han acusado de ello). En Destinos, esa película que no me canso de mencionar una y otra vez —a ver si la veis en Filmin— se cargan las tintas contra ese comunismo de partido que controlaba la vida de la gente, la masa y el pueblo para, de un día para otro, pasar a ser el demócrata total de toda la vida y, de paso, con el rollo de las privatizaciones, pues me lo acabo llevando calentito para casa.
Pero volvamos a Made in EU. Como decía, me gusta cómo se desgranan las ideas. Que sí, el director coge a sus intérpretes y, cual marionetista, les hace decir las palabras que él quiere. Y esto, mal llevado, es un desastre, pero a mí me gusta ese médico fumando un cigarrito con el hijo de Iva, diciéndole que no existen emigrantes felices, que se lo piense dos veces antes de largarse de ese pueblo. Me lleva a un tempo tranquilo, a un escenario de derrota; en definitiva, me habla de Europa. De la que he soñado todo este tiempo. Pero es cierto. Esa Europa nunca existió. Lo triste es que acabaremos echando de menos incluso lo que no fue real.






