El anfitrión (Miguel Ángel Jiménez)

Recuerdo en mi infancia cuando en las revistas del corazón o suplementos de periódicos que alguien dejaba a mi alcance dedicaban periódicamente el titular “la trágica vida de Athina Onassis”, que seguía con todo tipo de información sobre su árbol genealógico y las traumáticas muertes de toda su ascendencia. El caso es que al contenido general poco caso le hacía, pero siempre me paraba a condensar la información, capítulo a capítulo, donde se hablaba de yates, Maria Callas, accidentes, drogas, socialité y muchas otras cosas bonitas que sonaban a imposible.

Veía hoy la arrogancia de Marco Timoleon anunciando que esa noche lo iba a cambiar todo desde su isla griega en propiedad donde estaban a punto de llegar los barcos de los invitados y no he podido evitar el “flashazo” de las revistillas donde asomaban fotos de Aristóteles Onassis, y he pensado que las casualidades existen hasta en mi cabeza. Fin de la película, búsqueda de los orígenes del film y beatificación de Panos Karnezis, el que comenzó toda esta historia en su libro The Birthday Party, y que no utilizó tan rimbombante nombre para su protagonista por casualidad. Que en 1975 todavía existiera Onassis da sentido a esta película, nada que ver con mis conexiones neuronales.

Pero volvamos a Willem Dafoe, que comienza el film desnudo, de espaldas al mundo, coronando sus negocios sin el menor decoro, regando su éxito diario con algún buen licor. Esta declaración de intenciones visual es solo el principio de un día (y su noche) interminable donde encontraremos al hombre empachado de poder queriendo controlarlo todo. No es solo la opulencia, el desmadre y la sinrazón que ofrece el dinero lo que quiere retratar Miguel Ángel Jiménez en El anfitrión, solo hay que fijarse en su hija Sofia, cuando también desnuda, mostrándonos a su vez su torso tumbada al sol, consigue ejercer exactamente el mismo control que su padre aunque sea a pequeña escala, en un acto revolucionario y a la vez meditado, que le otorga el mismo placer. Victoria Carmen Sonne es en consecuencia la réplica ideal para Dafoe, una actriz que rasga sus cuerdas vocales y se deja llevar con facilidad a los bajos fondos humanos en todas sus interpretaciones.

El cumpleaños que invoca el título es el de Sofia, el verdadero dolor de cabeza de Timoleon que, como buen navegante, desea controlar hasta las últimas consecuencias y esta velada sirve de excusa para volver a dominar su propio universo. A partir del guion se toman sus licencias a la hora de adaptar la novela homónima en la que se basa y se olvidan del uso de ‹flashbacks› cuando son capaces de exprimir al personaje en su estado actual, azotado por la vida con la muerte de su primogénito, hastiado por la relación con la madre de sus hijos y capaz de dominar y manipular al resto de súbditos con la simple oferta de pan y circo. Esto es algo que nos llega desde las múltiples conversaciones con diferentes tonalidades que mantiene con aquellos que le rodean, ya sean desde la confianza o desde la superioridad moral, reforzando la imagen del magnate como único hito del film. Todo esto se podría resumir en dos escenas: el momento en que el padre le regala a su hija un unicornio, mostrando delante de todos sus invitados que él puede ofrecerle hasta lo imposible; y el baile tradicional que comienza en solitario alrededor de la cámara, como si estuviese solo en el mundo, para luego apreciar que todos le rodean jaleando el espectáculo. El dominio está ahí, en su cabeza sí es algo real.

Por otra parte, El anfitrión tiene esos detalles deslumbrantes, pero lo verdaderamente ecléctico y ostentoso no es quizá tan llamativo como debiera. No deja de ser un pulso familiar en la alta sociedad, donde no encaja del todo la época en la que transitan los hechos, ni el desmadre consigue abrirse paso para llamar la atención. Eso sí, padre e hija son dos preciosas preciosas pulidas hasta la astilla a las que acompaña, permitidme que la idolatre un poco, la siempre maravillosa Emma Suárez como arma arrojadiza de Timoleon. Se adereza todo ello con las conspiraciones que ignora el propio líder de masas, que obcecado con dominar algo en concreto, se rodea de fallos en el sistema, algo que nos lleva  (y seguro Miguel Ángel Jiménez también se topó con ellas en su día) a esas revistas llenas de fotos robadas pagadas a precio de platino que crearon el mito de multimillonarios griegos con islas en propiedad para que ahora fantaseemos cinematográficamente con sus trapos sucios. Porque El anfitrión nos enseña que el sueño endemoniado de una vieja gloria solo funciona revolcándose en su propia miseria.

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