La mujer sin nombre (Haifaa Al-Mansour)

Aunque Haifaa Al-Mansour lleva años concentrada en otros formatos, la directora siempre ha estado interesada en reclamar un lugar especial para sus personajes femeninos consiguiendo dar forma a una realidad social. Un toque que no pierde en La mujer sin nombre, donde busca nuevas perspectivas para devolver cierto empoderamiento femenino a una sociedad anclada en el pasado.

Es cuanto menos curiosa la presentación de la historia, con una joven que va narrando alguna de esas estrambóticas historias de ‹true crime› mientras se maquilla, algo que podemos ver desde el móvil de Noelle, la protagonista, que repite los consejos de belleza mientras no se pierde nada del apasionado mundo de los delitos imposibles. En su afán por modernizar el formato y comprimir un interés actual y prácticamente universal —y para esto nos vale tanto los vídeos de mujeres narrando historias a los Carles Porta o los de otras ‹influencers› poniendo capas de pintura en sus caras con estilo—, los planos aberrantes nos indican que algo no funciona a la perfección en el universo de Noelle, una joven mujer divorciada que trabaja ayudando a informatizar los datos policiales. Estamos ante la mujer de Emiratos Árabes idealizada, que ya no necesita un hombre, que tiene su propio trabajo en un mundo de hombres, que conduce su propio coche y se muestra proactiva. Todo muy moderno hasta que situamos el lugar en el que se encuentra más allá de su figura y comienza a resaltar la diferenciación fatídica ya no solo de clases sociales, también de género.

El cadáver de una joven, una ‹Jane Doe› en medio del desierto, se convierte pronto en la obsesión de Noelle, quien necesita dar nombre y un final digno a ese cuerpo sin nombre. Todo sororidad. Empieza así una carrera de fondo para la directora, que se debate entre una versión ‹amateur› de investigación privada y un drama social y costumbrista, donde pronto sale a la luz las actitudes machistas en las que el control de la vida de las mujeres es una virtud poco grata que, en cierto modo, va tomando protagonismo. Con la sibilina elección de una adolescente como víctima, gran parte del reparto es por necesidad femenino y se vuelve más angustioso el reflejo en estos personajes de esa necesidad de autoridad masculina para que todo fluya. Aunque los hombres sean poco más que invitados y puro reflejo de la soberanía dictatorial en la pareja, las mujeres que aquí aparecen prolongan esas actitudes.

No conforme con ello, poco a poco va generando un fondo para su protagonista, quien conoce de cerca el sentimiento de pérdida y de sometimiento, algo que confirma ese revulsivo libertario en su actitud. Por lo demás, La mujer sin nombre se va transformando en una película convencional, sin grandes sobresaltos, que sabe seguir todos los pasos para contentar tanto a los que buscan suspense como los que se han acomodado en el drama personal. Vamos siguiendo las pistas, las imágenes que nos invitan a sospechar de lo que nos rodea y la forma de incrustarlo con acierto en el lugar en el que todo ello ocurre, porque Haifaa Al-Mansour se niega a que la película pase por una simple colección de errores que conviertan la historia en uno de esos ‹true crimes› que rellenan horas y horas en las plataformas y redes sociales. Pero no es la última palabra de la directora, que se atreve con un giro final con el que recomponer la imagen completa y, de paso, descomponer las expectativas del espectador, y eleva eso de desearle la muerte al patriarcado. La mujer sin nombre pasaría desapercibida si no fuese por esa carga social que ralentiza la acción y, aunque todavía no sepa encajar lo que busca transmitir su mensaje final, la revolución femenina va tomando forma cada vez con más voces.

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