«Me dijo: ¡vive, vive, vive!
Era la muerte»
Jaime Sabines
La paradójica dependencia entre el impulso irrefrenable de la vida y la cercanía implacable de la muerte, que Jaime Sabines capturaba en estos versos, ha sido objeto de no pocas investigaciones artísticas, ahora y siempre. En 2026, hemos visto ya Tres adioses, donde Isabel Coixet retrataba el redescubrimiento de los pequeños placeres de una mujer ante su diagnóstico. Y ahora Aina Clotet vuelve a la misma cuestión en Viva, esta vez en el momento de recuperación. Ambas cintas ponen en el centro a personajes femeninos que toman agencia sobre su realidad y sus cuerpos para reclamar su identidad; pero lo hacen con propuestas cinematográficas bien diferentes. Si la de Coixet era una búsqueda reposada de la belleza, la de Clotet es una propuesta tan enérgica como desigual, inconstante pero que captura el caos que es la sustancia misma de la vida.
Viva gira en torno a Nora (la misma Aina Clotet), una mujer de 40 años que ha superado recientemente un cáncer de mama e investiga en un centro médico cómo alargar la vida. Y su protagonismo es total. El uso recurrente del primer plano y una profundidad de campo muy restringida así nos lo recuerdan. También el mundo alrededor de Nora sirve de vehículo expresivo para su estado mental por medio de imágenes-metáfora, que de tan expresivas caen a veces en lo obvio: la llegada de un metro estruendoso interrumpe un beso para indicar la inminente crisis de una relación, o un sistema de riego a punto de desbordar escenifica cómo la situación está llegando a su límite.
Pero además la subjetividad de Nora marca el tono de la película, que se va transformando con ella. Nora está atravesando una crisis vital y, según la vamos conociendo a través de sus decisiones, se revela como caótica, imprevisible, a menudo cuestionable. La acompañamos en su montaña rusa emocional mediante cambios constantes en el género de la película. Comedia romántica, comedia negra, drama, incluso conatos de terror… Todo cabe en Viva, y estas transiciones por momentos funcionan con sorprendente libertad creativa; en otros se tropiezan sobre sí mismas, dejando que el tono se escape sin control.
Como nos recuerda Anna Bogutskaya en su libro Unlikeable Female Characters, nos siguen faltando más personajes femeninos que escapen de la prisión de oro de lo agradable y cuestionen (y transijan) los límites sancionados por las convenciones del género; pero para ello necesitamos de actrices dispuestas a asumir el riesgo de encarnar estos papeles. En este caso, Aina Clotet hace suya a Nora y la interpreta sin tapujos, sin ironía y sin concesiones. Ya que todo en la película está moldeado de acuerdo al punto de vista del personaje, Clotet se ahorra buscar la simpatía del público desde la interpretación, y dota a Nora de una complicada humanidad propia que la hace sentir —disculpen el facilísimo juego— viva. También cabe destacar el trabajo de Marc Soler como Max, el jovencísimo amante de la protagonista, que sortea los estereotipos gracias a un cuidado equilibrio entre la picardía y la ternura. El trabajo actoral es la mayor virtud del largometraje y lucha por sostener un guion con irregularidades, haciendo creíbles acciones endebles sobre papel.
No son pocos los altibajos de Viva, y a lo largo de sus 113 minutos de metraje alcanza momentos de genialidad y otros de dispersión. Su condición de debut se revela en sus limitaciones; pero de la misma forma apunta a una mirada directorial prometedora que vive, vive, vive.









