Sergio Oksman… a examen

La llegada de Una película de miedo a la gran pantalla nos hace centrar la mirada en uno de esos autores habitualmente situado en los márgenes. Destacado por su labor en el terreno documental, Sergio Oksman no es un cineasta para el que existan líneas disuasorias o etiquetas; y es que no es necesario adentrarse en uno de sus trabajos más destacados hasta la fecha, aquella Una historia para los Modlin que le llevaría a alzar el Goya en su categoría —según la Academia, cortometraje documental, designación con quien escribe estas líneas se permite discrepar—, para percatarse que la mirada del hispano-brasileño escudriña ámbitos que para nada se limitan a reproducir los estilemas y características del citado género.

Es precisamente al inicio de esa pieza donde la voz en ‹off› que componía el esqueleto central del cortometraje afirmaba haber encontrado una caja con recuerdos de la familia Modlin y, a falta de información, ir a reconstruir su historia con total libertad. Un detalle, un pequeño matiz, que otorga en cierta manera cuerpo a la obra de Oksman. Porque el cine, desde sus relatos, no depende sino de la perspectiva, de las voces escogidas para dar forma a cada pedazo de historia.

La Historia, esta en mayúsculas, es otro de esos conceptos en los que parece interesado el realizador. De la crónica, ficcionada o no, de los Modlin, a esa vocación por ser una persona distinta tras la que decidió ocultarse en algún momento Ernest Hemingway después de ver a un hombre que había sido arrollado en los Sanfermines, y escribir un artículo donde afirmaba ser él, tal como el propio Oksman narraba en Notes on the Other. Todo envuelto bajo la mística de esos instantes recónditos, desconocidos para el gran público, que no acapararon grandes focos pero constituyen una perspectiva desde la que cuestionar el ejercicio memorístico y conferir un nuevo significado incluso a aquellas estampas anónimas.

La de Emmy B. es otra de esas crónicas desconocidas desde la que en su debut, La esteticién, el cineasta ya indagaba sobre algunos de sus temas recurrentes. No estamos ante una obra abordada desde los rasgos del documental más clásico; como el propio Oskman reconoce al inicio del film en una llamada realizada a la protagonista del mismo, decidiría permutar su estructura para buscar una un encaje menos clásico, alejado de los cánones del género.

La esteticién se desarrolla así mediante distintos segmentos en los que su disposición queda al desnudo: no nos encontramos ante una entrevista al personaje al uso, sino más bien ante un autor que decide desposeer todo su armazón de cualquier atisbo de lirismo. Todo se desliza de las palabras de la protagonista en un montaje donde no hay lugar para adornos: seguimos los testimonios de Emmy B. desde las indicaciones y pautas del director, que incluso en algunas tomas nos muestra las interioridades del rodaje, el ficcionamiento de distintas escenas y toda aquella tramoya que uno no espera encontrar en un film. La ausencia de banda sonora desplaza esa sensación de falsa poética a la que algunos documentales acaban accediendo en busca de una emoción fingida.

Son, en ese sentido, las palabras de la protagonista aquellas que obran como vehículo único desde el que ir descubriendo unos recuerdos sobre los que la memoria puede y debe ser cuestionada/interpelada. Esa narrativa inusual en torno a la que La esteticién va componiendo un retrato, en ocasiones construido desde una extraña dramaturgia, muestra a un cineasta interesado en aquello que cuenta, pero asimismo en los procesos, en lo que sirve para interrogar los cauces de una naturaleza esquiva que en sus manos no hace sino lanzar preguntas ante lo que podrían parecer certezas.

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