
De planos mayormente estáticos —sobre todo cuando nos encontramos a bordo de ese vehículo que emerge como centro de la acción— y estructura (cuasi) imperturbable, London nos sitúa a bordo del trayecto realizado por Bobby, que viaja semanalmente de Viena a Salzburgo con el cometido de visitar a un viejo amigo. Brameshuber resigue ese recorrido en el que el protagonista va recogiendo a distintos pasajeros con los que contacta a través de una aplicación. Los diálogos, calmos, en consonancia con los ritmos de un itinerario que se extiende durante kilómetros y horas de ruta, se van desentrañando descubriendo distintas historias que ponen el epicentro tanto cuestiones socio-políticas que atañen a los distintos pasajeros, como un marco afectivo que se despliega desde lo memorístico, de un recuerdo que surca inhóspitamente algunos de los pasajes, pero también desde el viaje emocional emprendido por Bobby, siempre pendiente de cuantos relatos le rodean, pero pocas veces interpelado acerca de la situación personal que le lleva a realizar dicho viaje a menudo.
El cineasta austriaco traza así las líneas maestras de una película episódica —como ya sucedía en la Coffee and Cigarettes de Jarmusch, que condensaba la acción en un único espacio— que en realidad no lo es —por cómo conectan y se despliega cada crónica sobre la anterior, más allá del evidente vínculo común con su protagonista—, y cuya alma de ‹road movie› sirve para dar forma a ese ámbito afectivo desde el cual iremos conociendo la historia de Bobby y sus distintas aristas.

El pragmatismo de cada plano, que atiende, paciente, a los distintos retales desde los que se ensambla una narrativa prácticamente despojada de todo artificio, encierra las virtudes de un film que sabe cómo capturar una desnudez contenida en el testimonio de Bobby en última instancia.
A caballo entre ese conato de ficción que rodea aquello que atañe al personaje (o persona) de Bobby Sommer (y es que, en efecto, él “trabajó” en un museo) y un acercamiento que en cierto modo podría conectar con una veta documental sugerida pero no desarrollada (del todo), London aplica preceptos de ambos formatos dando pie a un film cuya desembocadura, más allá del arco dramático del protagonista, no sigue un cauce conciso. Porque, en efecto, puede que los distintos relatos confluyan entre ellos, dibujando los meandros de una Europa en constante movimiento, cuyo flujo da pie a retratos dispares, pero cada pequeño retal se mueve con independencia, impeliendo a Bobby a evocar épocas pasadas o a confrontar el presente, descubriendo un mosaico de lo más sugerente.
London privilegia en ese aspecto la búsqueda de un espacio desde el que sus personajes puedan tomar voz. La narración fluye a través de sus testimonios, y el cineasta deja que todo se mueva a su ritmo, casi sin interceder, minimizando la función del montaje —que, en el interior de ese vehículo, apenas se limita a compaginar tres planos— y dejando que cada crónica sea aquello que otorgue cuerpo a la obra.

Mediante ese sencillo dispositivo, Brameshuber logra que aniden en el film tanto una mirada que se desplaza por el Viejo continente desde las distintas crónicas de sus personajes como un estado emocional que toma cuerpo gracias al propio hilo narrativo de su protagonista. Puede que, con ello, London se proclame como una propuesta que se delimita desde los pequeños gestos, una cotidianeidad en ocasiones no buscada que sin embargo define algo mucho mayor, encontrando su particular sino y logrando contener más poso de al que a priori parecía destinada una cinta tan sugerente con tan (en apariencia) poco.

Larga vida a la nueva carne.





