Dos jóvenes corren por las calles de Nablus (Cisjordania). Les seguimos, cámara en mano, con la imagen traqueteando con el mismo ritmo frenético que llevan ellos. Es solo un juego inocente hasta que deja de serlo, hasta que los sonidos y la polvareda de una protesta les envuelven. Uno de los jóvenes, Noor (Muhammad Abed Elrahman), no duda en levantar el puño para sumarse a los gritos por una Palestina libre. Pero ¿a qué precio?
Así comienza Todo lo que fuimos, escrita y dirigida por Cherien Dabis, cineasta que vuelve al largometraje después de trece años dedicados a la ficción televisiva. Esta secuencia es el corazón de la película, el punto de partida para reconstruir la historia familiar que llevó a Noor hasta ahí. Recuerda en esta estructura a la excelente novela Los amigos de mi vida, de Hisham Matar (2024): la violencia inesperada de una protesta se convierte en el evento definitorio de una vida y, por metonimia, de todo un país. Además, la dimensión intergeneracional de Todo lo que fuimos adquiere, en su escala épica, una vocación también literaria, y esta se ve reforzada por la voz narradora de la madre de Noor, Hanan (la misma Cherien Dabis).
El relato de Todo lo que fuimos es en lo esencial clásico, incluso estrictamente convencional, y esto sirve un doble propósito. Por una parte, aunque la cronología se quiebra en ocasiones para saltar entre las tres generaciones, la narrativa mantiene una lógica causal nítida entre todos sus sucesos. Y esta coherencia es parte integral de lo que Dabis quiere contar: a saber, que hay un hilo que une la Nakba de 1948 y el presente sin solución de continuidad. Por otra parte, esta narrativa aspira a ser accesible y disfrutable para el gran público, y a generar una empatía directa por sus protagonistas incluso en los espectadores más reacios. Para ello no duda en recurrir al código melodramático, reconocible en el uso emocional de la banda sonora o en los diálogos que explicitan los conflictos internos de los personajes. Esto se intensifica en el último tercio del film, cuando Hanan y su marido se enfrentan a un dilema moral de hondo calado dramático que convierte en carne y hueso el conflicto político. En ello, Dabis evoca al dramaturgo Wajdi Mouawad, y en particular a su obra Todos pájaros.
Si la película se sirve del registro melodramático para mostrar los conflictos familiares y los pone en escena con funcionales plano-contraplanos, crea sus imágenes más destacables cuando se aleja de sus personajes y los pone en relación con su espacio. Por ejemplo, el avance de la Nakba se muestra fundamentalmente desde el interior de la casa familiar, y basta un plano fijo para grabarla en nuestra memoria: la familia al completo, abrazada en el centro de su salón y enmarcada entre dos columnas, mientras a través de las ventanas se cuelan la luz y el estruendo de las explosiones. Los protagonistas se convierten en una presencia minúscula e indefensa ante un invasor incomprensible.
Todo lo que fuimos se estrenó en el festival de Sundance 2025 y ha tenido un extenso recorrido por festivales, respaldada además por la producción ejecutiva de Javier Bardem y Mark Ruffalo. Es una buena noticia ahora su distribución en salas, donde cubre el espacio de la ficción histórica convencional y de vocación popular con un relato mucho menos transitado en el cine comercial: la historia reciente de Palestina.









