Después de las ciudades (Xacio Baño)

«La ciudad es a veces paisaje, a veces habitación» decía Walter Benjamin y así lo refleja Xacio Baño en su último largometraje presentado en el Festival de Rotterdam, el de Málaga y en el D’A de Barcelona, más recientemente. En Después de las ciudades el director cartografía la memoria, pero no de forma oficial, ni universal, sino desde la perspectiva sentimental de muchísimas postales y cartas reales que se remontan a cien años de antigüedad sobre la ciudad de Santiago de Compostela. Nos hallamos ante un ensayo que disecciona la ciudad gallega a través de la caligrafía con sello personal que se muestra como el refugio identitario de tantas personas en aquel presente anónimo para trascender públicamente, construyendo un sentimiento colectivo con el sumatorio de todas.

Una caligrafía pretérita y manuscrita que deja su huella física y emocional en cada microhistoria, en cada viaje. En cada reflexión e intimidad perteneciente a alguien con un destino, que el director recupera bajo su faceta de coleccionista de la emoción y rastreador de la capacidad depositaria de memoria viva que conservan los paisajes urbanos. Baño establece un paralelismo visual entre las calles de la ciudad y los renglones de las cartas, sin recurrir a la clásica imagen perfecta soleada y bien encuadrada, sin aglomeraciones (ya bastante comunes). Recurre a las que se deducen de esos extractos deviniendo en sombrías, más anecdóticas, enfadadas y exaltadas trasponiendo su trazo a formas visuales. Tal como ha realizado muy recientemente Lucía Seles sobre ciudades como A Coruña o Montevideo en Gallega invernal y Nocturnos de Montevideo de mí misma, respectivamente, existe otra interpretación de la percepción arquitectónica y sensación en la visita que escapa de lo habitual, de lo que se considera bello o susceptible de acudir con urgencia.

Santiago de Compostela posee un casco histórico en la actualidad que ha perdido su idiosincrasia invadida por miles de visitantes en masa que han transformado su esencia. Xacio Baño siente la necesidad apremiante de enamorarse de nuevo de esa ciudad en la que ha vivido muchos años cambiando su perspectiva y, para ello, se basa en la mirada y la escritura de muchísimas postales que compraba y coleccionaba durante largo tiempo descartando las que se adentraban por otros derroteros. Y lo hizo a través de un viaje sin orden, sin pautas, por impulsos. Frente a lo digital que tanto impera en aplicaciones que permiten inmiscuirse en las ciudades de manera virtual, el director se apoya en las voces del presente que leen cada postal, cada línea emotiva y nostálgica, cada palabra que obtuvo una respuesta volatilizada a la que ofrece una segunda oportunidad para transformar la visión de Santiago en sus lazos pasado-presente.

La memoria es algo intangible, inasible. Por eso la imagen que vemos se nos manifiesta con sus bordes difuminados, a veces oscura, abstracta, debajo de esas letras manuscritas que se superponen con una grafía diferente reflejo del estado de ánimo del remitente.

Vemos en este ensayo fílmico postales del pasado como las de una pareja vestida con traje típico gallego con rostro enjuto y serio que invita a saber el antes y el después, el porqué de esa foto —ya antes vista en su corto Platónico, platónica (2024)— y qué tipo de relación mantenía la pareja. También vemos a unas porteadoras de la época y nos preguntamos qué sería de su vida. La imagen estática siempre sugiere, nos interpela en una época en que no había apenas cámaras de fotos, ni los miles de móviles que fotografían Santiago.

El director ya recurrió a la arqueología de la memoria en la imagen en Eco (2025), Non te vexo (2023) con las fotografías recortadas o descartadas o en Augas abisais (2020) en su rastreo de las huellas de la Guerra civil. Pero donde insistió más en el análisis del pasado mediante el uso de cartas fue en Eco y en Augas abisais, cerrando la trilogía con Después de las ciudades. En esta última crea formas visuales complejas superponiendo postales, introduciéndose en Google Maps o el juego GeoGuessr, así como en programas de borrado de turistas para “mejorar” una postal de la Plaza de España de Sevilla. “Camina” por la ciudad avanzando a golpe de cursor del ordenador manifestando las distintas y extrañas formas de captar una ciudad desde la distancia de forma más superficial y nada sensitiva, pero también curiosa.

El producto de este juego relacionando imagen y escritura —con grafología incluida— resulta sugestivo en sus primeras apariciones, aunque a lo largo del metraje cae en la reiteración y falta de tono en algún momento, lastrando una idea de base muy interesante. Por ello constituye un estímulo cambiar a otras formas narrativas del paso del tiempo como crear mapas con sellos de todas las épocas que nos hablan de la historia del país, así como cuando nos indica que las ciudades se recorren (con esos viajeros que rompen la cuarta pared), que se necesita habitarlas días para poder pintarlas o escribirlas en el escaso espacio de una postal que condense una emoción.

Y nos tenemos que hacer una pregunta: ¿Quién se halla más a sí mismo? ¿El que viaja más lejos? ¿El que es viajero recurrente? ¿O la monja de clausura que habla pausadamente en esta película, a la que cada día le parece distinto?

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