Los misterios del tiempo.
No hay nada como atravesar el océano acompañados por Mark Jenkin. En esta convulsa trilogía sobre lo indómito del agua afrontamos Rose of Nevada con una historia donde los hombres rudos son los que antes se quiebran.
A un pueblo de ambiente gris y pobreza financiada el mar les devuelve un barco perdido muchos años atrás. Como parte de las supersticiones asociadas a los marineros, es lógico que la historia se centre en esa necesidad de volver a los tiempos de riqueza a los que pertenecía ese barco, que vuelva a zarpar con otra tripulación y nuevos vientos, en busca de alimento y de regenerar su cuaderno de bitácora.
Jenkin, hombre de pocas palabras, busca con la franqueza de sus imágenes y la reverberación de movimientos rellenar esos vacíos lingüísticos. Rose of Nevada es contemplativa, sosegada, capaz de vulnerar la realidad a través de sus pocos personajes y esa imagen velada por el sol y saturada por la sal que domina su fotografía. Cuenta en esta ocasión con dos protagonistas antagónicos y complementarios. George MacKay y Callum Turner aceptan el reto en el que estar lo suficientemente necesitados en vida como para echarse a la mar sin más conocimientos que sus vivencias cerca de él. Son detalles los que nos invitan a pensar en un pasado y un presente para ellos, algo apenas anecdótico para lo que propone realmente el film, pues, en su afán por desmoronar las líneas temporales y los eventos canónicos, el director nos sumerge en una especie de vacío existencial en el que retomar la fantasmagórica existencia del barco y no de los hombres que trabajan en él.
Sí, es de nuevo el tiempo y lo absurdo de su linealidad lo que inspira a Jenkin a hablarnos de lobos, de locura, de reiteración, de familia y de terror en una claustrofóbica interacción con un barco pesquero que siempre vuelve al mismo puerto aunque no parezca real para todos los que bajan del mismo. La historia se va dilatando y extremando para los dos personajes, que aceptan esa especie de destino de forma totalmente distinta, enfrentando la necesidad de dejarlo todo atrás con la necesidad de recuperar lo perdido, dos miradas opuestas a un mismo reto que destilan el sonido de una canción triste, llevando la euforia a la rabia, la satisfacción a la desesperación, combinando esa rutina infernal de subir a un barco y robarle el alimento al agua en busca de una ligera esperanza que cambie en cierto modo el destino de los tres tripulantes.
En esta ocasión parece que Rose of Nevada es, dentro de la parafernalia temporal en sí, más lineal, más accesible. Los designios de alguna deidad maldita siguen de cerca a los habitantes de esta realidad paralela, pero su historia es más cercana, sin perder un ápice de sorpresa por poder congeniar con los estímulos que nos rodean. Jenkin consigue hacer brillar a sus meditados personajes, les ofrece un espacio en el que competir con todos aquellos objetos que les rodean, ofreciendo un valor único al lugar y a la necesidad de pertenecer a él. Es arrebatadora la forma en que, más allá de hablar de lazos familiares y profesiones anacrónicas, Jenkin se anime a generar una crítica social a partir de esos terrenos que no están anclados al pasado, solo pueden sobrevivir en ese único apartado, condenados a desintegrarse si ese pasado muere, negando la prosperidad si los engranajes no saben continuar en el ayer. Dentro de ese folklore propio que ha creado en el norte del Reino Unido, donde las rocas son escarpadas y los fantasmas huelen a espuma blanca, Rose of Nevada se rinde ante un juego de identidades irónico y delirante que compite con la rutinaria pesca en alta mar, sin respuestas, solo la confianza de sobrevivir a un nuevo amanecer.









