Sesión doble: Recuerda mi nombre (1978) / The Whole Shootin’ Match (1979)

Nuestra sesión doble regresa al cine independiente norteamericano de nuevo con dos nombres a reivindicar: por un lado, el de Alan Rudolph, que a finales de los 70 dirigía Recuerda mi nombre, protagonizada por Geraldine Chaplin; y por el otro el de Eagle Pennell, que sólo un año más tarde dirigía su inspiracional The Whole Shootin’ Match.

 

Recuerda mi nombre (Alan Rudolph)

De fondo, dos constantes alimentos psicosociales que forman parte de la cultura popular estadounidense. Por una parte, la cantante de ‹blues› Alberta Hunter con la voz rota y el corazón vapuleado cantando sobre amor y pertenencia; por la otra, la televisión reproduciendo programas de opinión donde insisten sobre la noticia de un millón de muertos en un terremoto en Budapest, destacando esa pasividad masiva ante algo que atañe a un lugar que los televidentes son incapaces de situar en un mapa.

Solo es Alan Rudolph alimentando un universo propio de mujeres lastimadas e imperfectas, algo así como un homenaje a las ‹femme fatale› del cine negro con una compleja vida interior. Ya no solo me refiero al icónico personaje de Emily, o una brutal Geraldine Chaplin que es capaz de llevarte a la compasión y al odio con suma facilidad; también está Barbara, cuya inocencia es puro reflejo del pasado enigmático de Emily.

Rudolph nos presenta sus constantes pero derriba la narrativa a través del misterio. Seguimos a Emily, aún un personaje sin nombre ni voz, paseando como un cervatillo asustado por las calles de algún lugar de California, y sabe mantener esa debilidad pese a sus oscuras gafas de sol, a su ruda vestimenta, a su seguridad a la hora de conducir. Solo una mujer que se planta y espera alrededor de Neil, el tipo que trabaja en la obra, que parece feliz con su mujer Barbara y que presiente un fantasma acechando su tranquilidad. El director no busca palabras, busca expectativas, esas que van construyendo un relato alrededor de la intriga, del comportamiento errático de unos y otros, de esa delgada línea que se construye en la intimidad y que se quebranta fácilmente cuando alguien sabe seguro que es invisible para el resto de la sociedad, como un terremoto a miles de kilómetros.

En sintonía con la música quebrada, Emily va destruyendo muros a su paso, una persona de pasado oscuro, del que apenas conocemos una unión no confirmada (más allá de un anillo de bodas en su mano derecha) con ese hombre al que vigila de cerca. Hay rabia y sentimiento en esa mujer, una que se mueve con libertad alrededor del matrimonio sin ser plenamente vista mientras ella lo decida así. Tiene su morbo la idea de elegir un verdadero matrimonio, el de Anthony Perkins y Berry Berenson —uno al menos criticado en su momento—, para representar el papel de una pareja construida a partir de las mentiras del hombre, un personaje que solo exuda culpa y amor propio a cada paso que da, siendo el único que no nos ofrece medias tintas o una evolución que deseemos contemplar. De la observación de Emily nacen nuestros recelos e intrigas, algo que va alimentando poco a poco una caótica historia autodestructiva y bella dentro de su negrura. La modernidad se evapora al ritmo de los cigarros que encadena con gusto la protagonista, de elegancia innata, y pese a esa actualidad en la que parece anclado el entorno de la historia, los clásicos toman las riendas como un homenaje eterno o una interpretación libre por parte de Alan Rudolph, que sabe dictaminar un final impropio pero necesario para hacer justicia a esas mujeres de vida complicada. Toda una joya a reivindicar que se crece en sus altibajos y que cuenta con Chaplin como la aliada perfecta.

Escrito por Cristina Ejarque

 

The Whole Shootin’ Match (Eagle Pennell)

El primer largometraje de Eagle Pennell se centra en los personajes de Lloyd y Frank, dos viejos amigos y compañeros de trabajo que viven en un pueblo de Texas y sueñan con hacerse ricos, pero pasan el tiempo entre ideas de negocio pasajeras, inventos que no resultan y una cotidianeidad de alcohol y salidas nocturnas. Lloyd, el más creativo de los dos, es quien tiene las ideas, mientras Frank compagina las aventuras junto a su amigo con una vida familiar desestructurada, haciendo miserables a su esposa e hijo. Los días transcurren hasta que una de las ideas de Lloyd parece, por fin, tener éxito.

Realizado con apenas treinta mil dólares, The Whole Shootin’ Match se convirtió al instante en uno de los mayores hitos del cine independiente estadounidense, y su influencia directa tuvo resultados tan dispares como el Festival de Sundance, que Robert Redford creó inspirado por su visionado, o la carrera completa como director de Richard Linklater. Es, asimismo, notable su parecido con el cine de Jim Jarmusch. Por todos estos motivos, resulta llamativo comprobar que no solo Eagle Pennell aparece como un nombre semiolvidado en la historia del cine, sino que la propia película no ha mantenido esta posición a lo largo de las décadas, siendo a día de hoy relativamente desconocida.

Y es que, incluso al margen de estos méritos nada desdeñables, el debut de Pennell es una muy buena película que, con una fotografía notable en blanco y negro, una puesta en escena austera pero eficaz y unas excelentes interpretaciones naturalistas, realiza una exposición muy interesante de la vida de personajes de la clase baja estadounidense, lejos de la glamurización típica del cine; y, de paso, del carácter fuertemente aspiracional inherente a la idea de un progreso o una mejora en sus vidas, la búsqueda constante de un “pelotazo” que resuelva de repente todos sus problemas a través de una chispa de genialidad individual. Lloyd y Frank están ambos atravesados por esa quimera, y sus frustraciones constantes ante los fracasos ahondan aún más en la sensación de estancamiento de sus vidas; siendo particularmente notable en Frank, que abandona emocional y casi presencialmente a su propia familia.

Se podría decir, en cierto modo, que la cinta alinea estos deseos y aspiraciones imposibles con la infelicidad de sus protagonistas, ya que su búsqueda constante de un progreso que no se da, agrava la insatisfacción que sienten con sus trabajos y sus relaciones cercanas, pero este no es el tipo de historia que quiere aleccionar sobre nada, ni colocarse por encima de las emociones y las decisiones de sus personajes. Pennell empatiza, en un enfoque emocional clásico, con los perdedores de su película, y hace que el espectador los vea y viva a su mismo nivel. Por ello, la narración es ante todo natural y cercana, y los momentos de grave tensión emocional aparecen dentro de un continuo lógico que los hace si cabe todavía más efectivos.

La urgencia temática de The Whole Shootin’ Match, sin embargo, no puede negarse, y tampoco la capacidad de su director de acercarse de manera fidedigna a una realidad reconocible, que en la superficie ya es lo suficientemente emotiva, pero que carga con muchos de los problemas estructurales de fondo de la sociedad estadounidense, que afectan muy especialmente a las clases menos favorecidas y con menos expectativas reales de prosperidad económica, y que en este trasfondo expone, sin convertirlo en un tema de discusión dentro de la propia cinta, un modelo social estructurado en torno a la figura volátil del sueño americano y del individuo como único garante de su propio progreso. Como muchas grandes obras del cine independiente, más cercano en recursos y circunstancias vitales a la gente de a pie, su marco es más de un reflejo que de un análisis o de una lección moral, y como tal el resultado es tan auténtico y pertinente hoy como hace cincuenta años.

Escrito por Javier Abarca

 

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