La más reciente cinta del cineasta sueco de origen egipcio Tarik Saleh supone el cierre de su tríptico de thrillers inaugurado en 2017 con El Cairo confidencial. Las relaciones latentes entre cada entrega van más allá de estar ambientadas todas en la capital de Egipto. Las tres comparten un evidente comentario sociopolítico cosido directamente en la piel de la propia trama de suspense. El papel protagonista del actor Fares Fares en cada una de las películas supone otro elemento troncal de la trilogía. En Águilas de El Cairo, los mencionados rasgos de identidad son más evidentes que nunca, pero palidecen frente a una historia innecesariamente abstrusa y distraída, y una propuesta formal carente de personalidad.

El mencionado Fares Fares resulta ser uno de los puntos fuertes de la cinta con su construcción del personaje que protagoniza la historia. George Fahmy, el actor más famoso y codiciado del país, orgulloso de sus decisiones selectivas a la hora de escoger papeles y su postura contraria al régimen, es tentado, a base de amenazas no demasiado sutiles por parte de las mayores autoridades egipcias, a protagonizar una película sobre el alzamiento de Abdelfatah el-Sisi, el actual líder supremo de la nación. Por supuesto, se trata de una oferta imposible de rechazar. La virtud más meridiana de la historia es el desdoblamiento de la figura del actor como idea. Fahmy es un intérprete delante de la pantalla, pero también lo es cuando miente y aparenta frente a los otros; asimismo, la manipulación y control que se le imparte desde arriba le convierte en una marioneta —una variación en la idea del actor— instrumental para los intereses ajenos. En este constante interpretar, voluntario o forzado, Fahmy se pierde a sí mismo y a su propia autonomía. Sin duda, se trata del concepto fundacional de la propuesta a varios niveles. Saleh visibiliza los hilos que emanan de las puntas de los dedos del poder, capaces de convertir a cualquiera en títere. Por desgracia, la película se hace un lío con tanto hilo, formando continuos nudos y enredos que perjudican el ritmo de la narración, obligada constantemente a desenredarse a sí misma, y las ideas interesantes que se plantean durante la primera mitad, por su falta de evolución, pierden fuelle y se acaban descosiendo con el tiempo.

Pese a una mitad engorrosa, la cinta coge inercia de nuevo en los últimos minutos de metraje con un desenlace, a modo de giro de guion, que ofrece otra capa de significado en las alteraciones del actor como concepto: nadie es quien aparenta ser. Aunque parece que Tarik Saleh tiene las ideas claras, la ejecución final no le hace justicia al potencial de la historia, que requería de una mayor condensación y capacidad resolutiva. La trama se permite largas divagaciones por terrenos que no aportan nada más que un pequeño gag olvidable y el interminable desfile de personajes secundarios episódicos y mal hilados –el hijo de Fahmy es de una rudimentariedad irrisoria– perjudica gravemente la cohesión estructural del relato. Por otro lado, a nivel audiovisual, el cineasta adopta una formalidad impersonal y genérica frente a una historia que exige inventiva y brío.
La frustración que puede suscitar Águilas de El Cairo proviene del desaprovechamiento constante de ideas que suscitan un gran interés. La disparidad entre el posible potencial de la cinta y su ejecución final hace que su tibieza y habilidad para tomar constantemente senderos erróneos sea aún más palmaria. El resultado, desgraciadamente, es un thriller soso y cajonero, que en otras manos con mayor pulso y desde otra mirada más inspirada, habría brillado con mucha más fuerza.







