Omaha es una de esas películas que tienen la capacidad de sembrar la duda. Por un lado, cumple de sobra su objetivo, que no es otro que dejarte roto emocionalmente ante la dureza de lo expuesto; pero, por otro, una vez digerida, queda una duda flotando en el aire respecto a su honestidad.

¿Estamos, pues, ante una delicada pieza de drama familiar o ante una muestra artesana de deshonestidad pornográfica? Aunque nos referiremos a ello más tarde, quizás es su cierre el que abre una ventana a la respuesta.
De lo que sí no cabe duda es de que Cole Webley sabe perfectamente lo que quiere y cómo filmarlo. Su película, concisa y directa, pero con una sensibilidad cercana a lo que podría ser una obra de Sean Baker sobre la América profunda, nos lleva de la mano en un viaje familiar dramático hacia un destino incierto. Ya no tanto por la ubicación, Omaha, sino por el porqué de esa elección.
Los motivos del viaje se mantienen en un segundo plano, sin necesidad de mucha explicación. Solo sabemos que hay un desahucio y un padre angustiado por mantener en secreto el evento. Es en este tramo donde el film tiene su mayor capacidad de sutileza. Solo está la incertidumbre de los niños, las miradas acongojadas del padre y la angustia de que cada kilómetro y cada dólar gastado son una cuenta atrás hacia algo terrible.
No faltan, por supuesto, los momentos más poéticos —más geográficos en cuanto a la conexión entre paisaje, sentimiento y música— como en cualquier ‹road movie› que se precie. Lo interesante no es que esté bien filmado, sino que incluso en la belleza persiste de fondo esa angustia que convierte la alegría infantil en algo ominoso. No son momentos de celebración, sino el preludio de una tormenta que llegará más pronto que tarde.

Al aterrizar en Omaha descubrimos el desenlace que se intuye durante todo el metraje, y es ahí donde llega la duda. A pesar de seguir estando filmado con delicadeza, hay ciertas explosiones dramáticas que se sienten demasiado agolpadas, como si la preparación paulatina del evento hubiera estado contenida solo para que su volcánica explosión fuera más dura, cuando ya lo es por sí misma.
Y aquí llega el dilema. La no exposición de los motivos y del porqué del destino podía dar un aire misterioso y, a la vez, hacer de la cinta una exposición brillante tanto de la responsabilidad paterna —aunque eso signifique un sacrificio tan plausible como emocionalmente devastador— como de un subtexto sobre la pobreza y cómo un país supuestamente avanzado puede dejar en la estacada a sus ciudadanos más vulnerables. Pero con el último plano explicativo en forma de cartel, todo esto se desvanece. Se deja atrás cualquier atisbo de sutileza o posibilidad de interpretación, y se asesta un puñetazo discursivo que suena más a populismo que a denuncia. Un último golpe emocional que parece forzar al espectador a empatizar (y a indignarse más) cuando con lo visto era más que suficiente y mucho más orgánico.
Ello no es óbice para reconocer las virtudes de una película bien articulada y narrada, con una aproximación tan íntima y realista a los personajes que supone una experiencia inmersiva más cerca del documental que de la ficción. Webley se postula, pues, como un buen narrador y mejor director de actores, sacando partido a una historia mínima que, paradójicamente, adolece de necesitar un punto más de desarrollo y uno menos de sobreexplicación final. Y aunque la duda respecto a su autenticidad moral sigue ahí, también es cierto que su poso dramático no se diluye.







