Hay una flagrante contradicción en Splitsville, una que, sin remedio, condiciona toda la película: el tremendo contraste entre el tono de lo que explica y el contexto en el que se aplica. Pero antes de analizarlo, pongámonos en situación o, como mínimo, tratemos de entender qué (y cómo) nos quiere contar Michael Angelo Covino en su film.
Splitsville no deja de ser una comedia romántica al uso, con sus enredos, malentendidos e idas y venidas, con la particularidad de que, lejos de poner el foco en adolescentes emocionalmente inmaduros, opta por una exploración de la edad adulta, con sus complejidades y también con las dudas que generan las nuevas formas de relación. Concretamente, en lo que se refiere al tema de las relaciones de pareja abiertas. Y aquí es donde el film empieza a hacer aguas. No tanto por su posicionamiento al respecto —que ya de por sí se siente cómodo bailando entre dos aguas—, sino por mostrar un desconocimiento del tema basado en tópicos y sin profundizar lo más mínimo.
Aquí es donde aparece la contradicción a la que nos referíamos al inicio: el entorno donde sucede la acción quiere representar a unos personajes, como mínimo, sofisticados y cuya extracción social indica un cierto grado de sensibilidad. Pero, en lugar de esto, encontramos un despliegue de gags reiterativos, con un humor que desprende “cuñadismo” por todos los poros y, por si fuera poco, unas reacciones que distan mucho de la madurez para caer en un infantilismo caprichoso.
No es descartable que esa sea una de las intenciones del film: mostrar la fragilidad de lo intelectual frente a lo emocional en cuanto a la libertad sexual se refiere. Pero el resultado nunca consigue que empaticemos, sino que genera una tirria progresiva hacia unos personajes y un mundo que se antoja más propio de una burbuja irreal que de una realidad a investigar.
Claro está que, ante este alud de gags y arquetipos, el film encuentra momentos de genuino divertimento que arrancan más de una sonrisa e incluso alguna carcajada momentánea. La duda está en si realmente el humor funciona o si es más bien una cuestión de vergüenza ajena. Sea como fuere, esto no basta para que consigamos tomarnos en serio nada de lo que ocurre. Y es que no se puede confundir el crear una comedia con reducir las cosas a la banalidad más absurda.
Así pues, no hay duda de que Splitsville bebe de muchas fuentes, fundamentalmente del ‹slapstick›, pero nunca consigue ir más allá de ser un divertimento endeble y cuyo posicionamiento ideológico y moral es tan tibio como, finalmente, cobarde. Un canto un tanto rancio a una cierta libertad entendida como coartada temporal de la inseguridad, y a la poligamia como vía de escape a problemas de autoestima en lugar de un modelo con el que se pueda estar o no de acuerdo, pero que es tan válido como cualquier otro.
En definitiva, Splitsville acaba siendo víctima de su propia indefinición. Lo que podría haber sido una sátira afilada sobre las grietas de la monogamia tradicional se diluye en un mar de tópicos que confunden la libertad con la falta de empatía. Al fin y al cabo, la película nos deja con la sensación de que, bajo su fachada de modernidad y sofisticación, solo late un vacío emocional disfrazado de comedia, tan olvidable como los caprichos de sus protagonistas.









